De un tiempo a esta parte tenemos el “¡Qué grande!” hasta en la sopa. Hazañas deportivas,  conquistas amorosas, todo el que consigue algo meritorio “es un grande”.

Ha ido calando en nuestro lenguaje y aunque cada vez me chirría menos -fruto de la repetición- sigo frunciendo el ceño cada vez que lo oigo.

Creo que la primera vez que lo escuché fue en boca de Boris Izaguirre en Crónicas Marcianas. Era el Boris desatado con su spanglish de burgués venezolano. De hecho apostaría a que nuestro “grande” es una burda traducción del “great!” usamericano.

No siempre está tan mal usado, por ejemplo en esta conversación ficticia que sintonicé  a las 8:24 de la mañana:

-¿Te has enterado de que los Lakers han ganado  la NBA?
-¿Sí? ¡Qué grande Pau Gasol!

Creo que no hay nada que hacer ante esta invasión. Los periodistas deportivos, siempre ávidos de adjetivos inanes,  ya lo usan con asiduidad,  y ante eso no hay nada que podamos hacer. Quién sabe si mutará en algo peor.

Todavía recuerdo cuando criticaba a los que se despedían con un “¡venga!”, que es una de las formas más absurdas de poner fin a una conversación. A los pocos meses me despedí de un amigo de esa manera. Al percatarme sentí un escalofrío en la nuca y una sonora colleja.

Era mi yo del pasado que volvía para vengarse.

No sé mantener conversaciones intrascendentes. Es un hecho. Cuando coincido con alguien con el que no tengo demasiada confianza es un sinvivir, rebusco en mi memoria intereses comunes y no encuentro ninguno, o cuando lo encuentro ya nos hemos despedido. Asumo que el problema es mío, porque me siento estúpido hablando del tiempo, del siguiente pueblo en el que son fiestas o de “ese chico de tu edad cuya esquela viene hoy en el periódico”. Son temas de conversación importantes o socorridos para mucha gente, pero que a mí no me interesan en absoluto.

conversaciones

No os penséis ahora que no disfruto hablando de banalidades, mi problema es que mis temas banales no son mayoritarios. Si a eso le unimos que me falta esa habilidad social para llenar los silencios con naturalidad, podemos asegurar que no soy el conocido idóneo para encontrarte cada seis meses en el autobús. Si por casualidades del destino coincidimos en el mismo espacio-tiempo, por el bien de ambos huye de mí, haz como que lees el periódico, finge una llamada de móvil o un infarto y evita mirarme. Si no tienes más remedio que saludarme e intercambiar unas palabras ten paciencia. Piensa que yo lo estoy pasando tan mal como tú, o incluso peor.

Otro día hablaré de mi incapacidad para hablar de temas trascendentales. Eso sí que tiene miga.

Esta pintada puede ser obra de una persona práctica, que puede enseñar la misma pared a su esposa y a su amante, o incluso a su madre. Podría ser su autora una pintora pudorosa, que no quiere comprometer a la persona querida, quizás porque ya esté emparejada o porque sabe que nunca se atreverá a confesarle su amor. También ha podido ser realizada por un indeciso, que está deshojando la margarita y espera decantarse por una persona para completar su declaración de amor en una nueva línea.

te-quiero

Es posible que en el trozo de pared desconchada, a la izquierda del texto hubiera escrito un “Ya No”, fruto del abandono o la infidelidad.

O tal vez la haya hecho una persona generosa, sabedor de que cada viandante que lo lea pensará en alguien especial, y le hará más llevadero ese lunes  a las ocho de la mañana.

El caracol terrestre detesta los cambios, no en vano lleva 500 millones de años sin hacer reformas en casa. Por eso un grupo de ellos, se dedica con nocturnidad a destruir toda la publicidad que prometa modificaciones o alteraciones (aldaketa significa “cambio” en euskera).

caracolada

La imagen fue captada por una cámara nocturna Aikon 18 con un gran riesgo para el fotógrafo, quien, al ser descubierto, salió por pies dejando un inquietante rastro de babas a su paso.

Todo bloguero, en algún momento de su vida, escribe una entrada en la que habla de la piratería y pone a parir al canon, a la SGAE, a la ministra y a todo lo que se mueva. Estos suelen ser algunos de los argumentos:

- El canon es un abuso y un robo, y pagarlo me legitima para bajarme todo lo que me dé la gana.
- La banda ancha en España es de las más caras de Europa.
- Las discográficas nos han estado timando durante años vendiéndonos su música a precios abusivos.
- Según la legislación española la copia privada no es delito, así que no estoy haciendo nada ilegal.
- Las grandes compañías no han sabido adaptarse a las nuevas tecnologías.

Todo esto es cierto y lo suscribo de cabo a rabo. Ahora vienen las preguntas incómodas:

- ¿Si no existiera canon seguirías bajándote series, música, pelis y software?
-.

- ¿Si nuestra conexión a internet fuera la más barata de Europa seguirías usando el emule y el utorrent?
- Por supuesto.

- ¿Si los discos se vendieran a un precio que consideraras justo lo comprarías o te lo descargarías por la cara?
- Por la cara.

- Si mañana cambiaran la ley y fuera delito usar programas de intercambio de archivos, ¿dejarías de utilizarlos para bajarte pelis y música?
- No.

- ¿Pagarías  50 céntimos por descargarte una canción?
- No.

- ¿Pagarías 1 euro por bajar al disco duro el último capítulo de tu serie favorita?
- Nones.

- ¿Pagarías 1 céntimo por algo que puedes conseguir gratis?
- No.

Esta es la clave de la cuestión. Cuando uno se acostumbra a conseguir algo gratis luego es casi imposible convencerle de que lo pague. Podemos discutir durante horas sobre leyes y ética, pero al final este tema se basa en la aritmética y en la comodidad.

Hubo un tiempo en el que ver algo escrito en el reverso de la tapa de un yogur era sinónimo de premio.  Hubo un tiempo en el que las tapas de los yogures no se destrozaban al quitarlas.

yogur
Hubo un tiempo… ¿recuerdas?

Acaba de caer sobre mí la madre de todas las granizadas, así que creo que estoy con el estado de ánimo idóneo para hablar de políticos.

A pesar de mis dudas, Patxi López acaba de ser investido lehendakari. Encarna Patxi como nadie el político de perfil bajo que tan de moda está últimamente. Donde digo Patxi podría decir Basagoiti o Ibarretxe. Pasaron de la universidad a la carrera política y comenzaron a subir todos los escalones, en las juventudes del partido, como concejales o alcaldes y más tarde como parlamentarios. Funcionarios de partido.

Al final del camino llegan a dirigir más por eliminación que por capacidad de liderazgo o por unas ideas innovadoras. Han sobresalido tan poco en su carrera política, evitando decir nada incómodo públicamente, que no tienen prácticamente enemigos. Ese es su mayor mérito, ven como los rivales dentro de su propio partido van cayendo en luchas internas, desgastados, mientras ellos, mediocres entre medianías, esquivando puñales y apuñalando silenciosamente, tienen el camino expedito hacia el número uno.

Ninguno demuestra tener carisma, ni una gran cultura, ni ser un gran orador, ni tener facilidad para los idiomas, ni siquiera cierta gracia para pinchar a sus rivales. Los mismos sosos con distintos trajes. Cuando les hacen una pregunta todo el mundo sabe lo que van a responder antes de que lo hagan, y ellos cumplen con el guión establecido sin ningún esfuerzo. Tras tantos años politiqueando  han llegado a confundir lo que realmente piensan con lo que deberían decir, y muchos llegamos a dudar de que a estas alturas piensen algo por sí mismos.

Andar en bici, coleccionar vinilos o jugar al golf. Filtrando estas aficiones pretenden que los veamos como personas normales, como uno más. Yo no quiero que el lehendakari sea mi vecino de abajo. Quiero alguien diferente, con personalidad propia, que destaque entre los demás, que me mienta pero con arte, que no me haga buscar el mando a distancia cuando aparezca en la pantalla.

¿Es mucho pedir?

Hoy me ha dicho mi madre que en una noticia del periódico recomendaban cerrar la puerta de casa con llave cuando estás dentro. Se ha dado el caso de unos ladrones que trataron de forzar la puerta de una vivienda cuando el dueño se encontraba en su interior.

Cumplir esa recomendación, cerrar con llave y echar el pestillo, no me supondría un gran esfuerzo ni afectaría demasiado a mi calidad de vida pero ¿dónde está el límite? ¿Cuál es la probabilidad real de que alguien intente robar en mi casa estando yo en ella?

Seguramente es más probable que la gripe porcina se convierta en un grave peligro para mi salud. Puedo evitar desde hoy mismo el trasporte público para ir al trabajo, no ir mañana a Illumbe a ver al Bruesa ni cenar en un restaurante. Podría comprar una mascarilla y ponérmela al salir de casa, y de esa manera disminuiría el riesgo de contraer esa enfermedad. Estas medidas afectarían a mi calidad de vida, pero ¿para qué quiero calidad de vida si corro el riesgo de morir tosiendo y moqueando?

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Los medios de comunicación nos alarman constantemente y en nuestro interior se instala el miedo y la ansiedad se dispara: los vientos huracanados, la mochila abandonada en una esquina del vagón, el último virus informático que borra el disco duro, el violador que echa droga en tu bebida, los despidos masivos, el cáncer de piel si no usas crema solar, el meteorito que algún día acabará cayendo, el ratón dentro de las Ruffles, la falsa revisión de la caldera, los secuestradores de niños en los centros comerciales, etc.
No digo que todas las informaciones que recibimos sean exageradas o estén pensadas para provocar el pánico. Lo que ocurre es que muchas de ellas actúan sobre mecanismos primarios que nos impiden ver las cosas con un mínimo de objetividad.

¿Cuál es la responsabilidad de los medios? ¿Sabemos diferenciar las verdaderas amenazas del alarmismo? ¿Debo echar la llave mientras duermo?

Tras recibir bastantes críticas por mi anterior entrada, donde se me ha tildado por escrito y en persona de tramposo, sensacionalista, tocomochero y otras lindezas, he decidido esta vez, y sin que sirva de precedente, apostar por la sinceridad.

Este texto que estás leyendo es un petacho, es la clásica entrada para desviar la atención y solapar un último escrito que consideras flojo o donde te han dado cera. Es una falta de respeto hacia mis lectores. Es un despropósito y una pérdida de tiempo. Es un sufrimiento innecesario, una idea equivocada contada de forma errónea. Un intento de ser original cayendo en lo obvio. Una patata cocida sin sal. Una rendición, una demostración de falta de confianza en uno mismo. Una pedantería. Una tomadura de pelo. Es un escupitajo en el ojo y un meado en la boca hacia toda persona de bien. Una llamada desesperada al linchamiento.

Eso sí, si obviamos esos pequeños detalles, no me ha quedado tan mal.

Últimamente lucho cada día para no convertirme en un amargado. Ser pesimista y desconfiado por naturaleza no ayuda demasiado. El otro día un amigo me dijo: “no te fías ni de tu padre”. Yo le corregí inmediatamente, le dije que no me fiaba de ese hombre que aseguraba ser mi padre.

Lo mejor de vivir en sociedad es cuando te quedas solo. Hay personas que necesitan estar siempre acompañadas, o recibiendo continuamente estímulos, como música o imágenes. Yo cada vez necesito dosis mayores de soledad. Eso no quiere decir que no disfrute con la música, con una buena serie o con una conversación interesante.

Lo de la conversación interesante se ha complicado bastante. Un buen conversador tiene que saber escuchar, y ese es un valor a la baja. Para saber escuchar es imprescindible ser humilde y mostrar cierta empatía. Algunos interlocutores utilizan el tiempo que tú dedicas a hablar en preparar lo siguiente que van a decir, con lo que la conversación se convierte en dos monólogos, o puestos a inventar una palabra, en un duólogo. El duólogo suele derivar en un intercambio de frases en las que un individuo trata de demostrar que es más culto, inteligente y experimentado que el que tiene enfrente. Yo, que en circunstancias normales soy poco hablador, en esas ocasiones tiendo al mutismo. Muestro desinterés y evito el contacto visual, lo que hace que algunos piensen que soy un maleducado y un presuntuoso.

Tal vez exista también un problema físico. Mi cerebro es capaz de procesar muy poca información, cuando una persona lleva hablándome cinco minutos sin dejarme meter baza, mis neuronas pasan al modo de ahorro de energía, y entro en  standby, del que sólo soy capaz de salir con algunas palabras clave como “madrazo”, “sexo anal” o “adiós”. Por supuesto mi despertar es diferente según la palabra, en un caso me muestro cabreado, en otro interesado y en otro aliviado, aunque no necesariamente en ese orden.

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