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Enlace a la noticia: El Diario Vasco

Hace muchos años nuestros antepasados se sentaban alrededor del fuego. Allí se reunían y escuchaban al anciano de la tribu contar historias. En aquellos tiempos la esperanza de vida del más viejo del clan no llegaba a los 40 años, lo que hacía todo mucho más llevadero. Sentarse en grupo cerca de una hoguera, incluso hoy en día, nos provoca sensaciones agradables. Siempre que alguien no saque una guitarra y se ponga a cantar.

Más tarde, ya en las casas, las familias se reunían en torno a la chimenea. Se colocaban en semicírculo de tal forma que podían comunicarse sin demasiado esfuerzo. El crepitar provocado por el fuego unido al calorcito que se formaba en la estancia creaban una atmósfera ideal para largas conversaciones. En esas veladas se formalizaban matrimonios, se desheredaban primogénitos y se especulaba sobre la cosecha del año siguiente.

Más recientemente la mesa camilla, el brasero y la radio supusieron una revolución tecnológica. Un extraño que quizás estaba a cientos de kilómetros estaba hablando en nuestro salón. Se formaban animadas tertulias, se canturreaba al son de la canción de moda o se jugaba al dominó. La imaginación hacía horas extras y la palabra hablada se convertía en protagonista.

En la actualidad la televisión ha venido a sustituir al anciano de la tribu, al fuego, a la chimenea y a la radio. La radio comparada con la tele tiene muchas ventajas, quizás la principal sea que puedes pasar por delante de ella sin que nadie te insulte. En cualquier caso, lo peor no está en la sustitución de un aparato por otro, sino en la disposición del mobiliario que produce este artefacto en la mayoría de las salas de estar:

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Sofá, mesita y televisión. Se ve con claridad que el televisor es lo más importante de la habitación. Establecer contacto visual o entablar conversación con alguno de los que están sentados en el sofá requiere un esfuerzo extra. Esto unido a que es el electrodoméstico más alienante -aunque no emitan la saga de la teniente Ripley- hace que la comunicación en las familias esté en los niveles más bajos de la historia.

Así pues, siendo conscientes del problema, en casa hemos decidido afrontarlo. Como primer paso hemos comprado un televisor gigante de plasma. Acto seguido, en un alarde de coherencia, hemos decidido instaurar el “Martes sin televisión”. Ese día de la semana no se encenderá el aparatejo. Escrito queda.

¿Cómo se me ocurriría pedirle prestado un puzzle a la misma persona a la que le perdí un disco de los Manic Street Preachers hace 15 años?

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Yo Mismo En Mi Propia Mismidad (leyendo en voz alta frente a la pantalla del ordenador): Salimos del Bar Tolomé pasada la medianoche…

(Una figura que desprende una luz dorada se aparece en el centro de la habitación)

Guardián Del Humor Inteligente: Para, para. ¿No irás a publicar esa puta mierda? ¿Bar Tolomé?

YMEMPM: A mí me hace gracia.

GDHI: Vamos a ver. ¿Tú te consideras un tío inteligente?

YMEMPM: Me relaja mucho pensar que sí.

GDHI: Ahí voy, para demostrar que lo eres no puedes hacer un chiste que entienda todo el mundo.  Tienes que empezar a separar el grano de la paja, los  garrulos no merecen seguir leyendo tu blog. Haz una gracieta dejando caer el nombre de un escritor desconocido, pon algo en latín, habla de jazz…

YMEMPM: Yo es que libros raros no leo.

GDHI (enfadado y alzando la voz): ¿Y qué tendrá que ver? Lo importante no es ser culto, lo importante es parecerlo. A la gente le gusta sentir que pertenece a un club exclusivo, aunque luego no sepan pelar un cacahuete sin buscar el videotutorial en google.

YMEMPM: Creo que lo pillo. El problema es que tenía un buen final y ahora no sé si estará a la altura. A ver qué te parece.

El Guardián Del Humor Inteligente se acerca a la pantalla del ordenador y se inclina hacia adelante para leer mejor. Mientras tanto me levanto de la silla y me coloco a su espalda. Acaba la lectura, y todavía agachado pregunta con extrañeza.

GDHI: ¿El teto? ¿Qué es el teto?

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*Existen hojas de reclamaciones a disposición de quien las solicite.

-No le voy a engañar. Su enfermedad es muy grave.

Era lo bueno del doctor Galarraga, no se andaba con rodeos.

-¿Cómo de grave, doctor?

-Muy grave.

El término “grave” en medicina siempre me había parecido confuso. ¿Es mejor una apendicitis aguda o una apendicitis grave? Si tuviera que elegir me inclinaría por la segunda. Eso me hizo calmarme un poco.

-¿No me estará engañando, doctor?

-No le estoy engañando.

Se me habían acabado las preguntas para ganar tiempo. Para postergar un poco más mi terrible diagnóstico lancé un último interrogante a la desesperada.

-¿Es usted el doctor Galarraga?

-No. ¡Soy su puta madre!

-¡Joder, mamá! ¡Vaya susto que me has dado!, ¡pensaba que me estaba muriendo!

Fue decir esto, darme la vuelta y salir de la consulta del doctor Galarraga a toda velocidad. No me podía creer que mi médico fuera tan pardillo, con la tontería había ganado por lo menos una semana.

Escribo mientras el calor artificial de una estufa halógena calienta mi oreja izquierda creándome  una rara sensación. La mitad de mi cara arde y la otra se mantiene fría, me siento un personaje calóricamente complejo. Estos subidones de temperaura facial me han recordado a mi adolescencia, donde una de mis batallas perdidas era mi facilidad para ruborizarme.

Recuerdo que en una ocasión, bajando del instituto, vi el coche de mi padre circulando con un conductor desconocido. No podía ser, a esa hora mi padre tenía que estar en el trabajo y siempre se desplazaba en automóvil. El coche avanzaba despacio en mi dirección, yo me acerqué y lo paré gritando “¡Este coche es mío!” (como atenuante alegaré que el coche familiar había sido robado en dos ocasiones). El conductor abrió la ventanilla con cara de susto y en ese momento pude ver que vestía un buzo de mecánico. Me dijo además -para acabar del todo con mi sospecha- que estaba probando el auto porque mi padre lo había llevado a reparar al taller. Me quedé observando a aquel hombre entre boquidifuso y patiabierto, mientras mi cara entraba en modo ignición. Balbucí algo parecido a una disculpa y me alejé de allí lamentado haber sido valiente por una vez en mi vida.

Ahora ya no recuerdo la última vez que me ruboricé. He deseado durante mucho tiempo que llegara este día, en el que esa desagradable sensación estuviera prácticamente olvidada. Y ahora que lo he conseguido me da pena, como si hubiera perdido algo valioso, como si hubiera aprendido a camuflarme y una dosis de inocencia se hubiera ido para no volver jamás.

Ahora que parece que la gripe no acabará con la especie humana me queda como un regusto amargo. Creo que la naturaleza ha lanzado un Macguffin y nos lo hemos tragado.

Es bien sabido que los años humanos no tienen nada que ver con los terráqueos. La última glaciación vino a durar unos 90.000 años, una persona que viviera 95 no podría decir ni siquiera un miserable “ha refrescado”.  Aún así yo preveo un desenlace rápido e inesperado, con mucho efecto especial y muchas explosiones.

Pensemos en Gaia. No es una sidrería de Astigarraga, es algo que nos podría matar a todos. El planeta Tierra tiene personalidad propia y un carácter bastante difícil, de hecho uno de sus últimos mensajes ha sido “me estáis calentando”. Cabrear a algo que gira sobre sí mismo no parece muy inteligente. Hay teorías muy serias que dicen que La Tierra está en una especie de fase de prelavado, y que cuando le dé por centrifugar ya podemos ir pensando en devolver rapidito todos los libros a la biblioteca municipal.

Los que piensan que para salvar la vida en un ascensor que cae a plomo desde un octavo basta con dar un saltito justo antes de tocar el suelo que no se preocupen, esto no va con ellos. Los demás tampoco os alarméis, el otro día vieron a Al Gore utilizando un desodorante en spray, lo cual quiere decir que no estamos tan mal o que ya es demasiado tarde.

susana-iosu-vanessa-oroitz1Vanessa empezó a salir con Oroitz sólo para estar cerca de Iosu, que era el que en realidad le gustaba. Iosu siempre se había sentido atraído por Oroitz -su mejor amigo- pero nunca había reunido el valor para decírselo por temor a perderlo para siempre. Para no verse alejado de su amor platónico, Iosu pidió una cita a Susana -la amiga de la infancia de Vanessa. A Susana no le gustaba  Iosu -en realidad no le gustaba nadie- pero todas sus amigas ya tenían pareja y por no quedarse en casa los domingos por la tarde se lió con él y se acabaron haciendo novios. Lo que Vanessa no sospechaba es que su novio Oroitz estaba cada día más obsesionado con la idea de hacer un trío con Susana, quien a su vez y para su sorpresa se estaba enamorando perdidamente de su profesor de química, quien no era otro que el padre de Iosu.

El 9 de febrero del 2001, las dos parejas se fueron de acampada a Peñas de Aia. La primera noche, en plena borrachera de cacique-cola y a la luz del campingás, se desinhibieron de tal manera que fueron contando uno por uno todos sus secretos, dejando al descubierto sus verdaderos sentimientos.

Hoy en día, casi diez años después de aquello, Susana está felizmente casada con Iosu mientras  Oroitz y Vanessa esperan  su tercer hijo. Ambas parejas mantienen una estrecha amistad y comparten un apartamento de veraneo en Las Landas.

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