He pasado unos días en estado febril, lo cual me ha permitido ver la tele más de lo médicamente recomendable.

Me he dado cuenta de que una forma sencilla de diferenciar las series buenas de las malas, es fijarse en la manera que tienen de mostrar publicidad dentro de la trama. Cuanto mejor es la serie más extraño resulta ver una marca en pantalla. Aquí está el caso de Dexter:

Dexter

Así de memoria puedo decir que esa marca japonesa de cámaras de fotos y los ordenadores de la manzanita son las únicas empresas que han llegado a mi mente de forma clara tras tres temporadas.
En el caso contrario series como “El Internado”, donde meten con calzador un viaje en coche al dentista, en el que no pasa absolutamente nada, sólo para que se vea no menos de cinco veces una carpeta con la marca de una clínica dental. Un poco más tarde, como el archiconocido buscador de internet no está entre sus anunciantes, tuvieron que tunear un poco su página principal. Un trabajo fino:

El-internado

En el terreno de la publicidad (un saludo a Laszlo)  me ha venido a la cabeza la película “Con la muerte en los talones” tras ver cierto anuncio. El final de la película de Hitchcock fue bastante polémico en su día por su última imagen:

No hace falta que os diga qué parte de la anatomía de Cary Grant representa el tren y cual de Eva Marie Saint el túnel. Pues bien, el anuncio que me ha recordado esta escena, pero de forma chabacana y grosera, es este. Atención al final:

Al ver este anuncio pienso en lechazos, y no precisamente al horno, lo que no creo que fuera la idea primigenia del anunciante.

Es la magia de la televisión. En pantalla un primer plano de la víctima de una tragedia: puede ser un incendio, una agresión o un accidente de circulación.  En mitad de su relato se observa una especie de mueca. Unos instantes después te das cuenta de que, en realidad, es una sonrisilla.

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La lucha interior es tremenda, por un lado está pensando que su casa y sus pertenencias han quedado reducidas a cenizas, pero por otro lado no puede evitar pensar “¡Estoy saliendo en la tele!”.

Tristeza y vanidad, los músculos faciales reciben señales contradictorias y nos enseñan al ser humano en su estado más puro: confuso y con unas enormes ansias de trascendencia.

La amistades masculinas se basan en aficiones comunes y las femeninas en sentimientos. Como los sentimientos cambian y las aficiones se mantienen, las cuadrillas de chicas suelen morir antes de los 30 años. Con los amigos hablas de ciclismo, de la actualidad política o de qué pertiguistas femeninas podrían ganarse la vida como modelos. Las mujeres suelen crear sus amistades sobre una red de confidencias, dependencias, secretos y jerarquías. Es cierto que nunca he pertenecido a una cuadrilla de mujeres, pero pasé los mejores años de mi vida observándolas.

Hace unos años hice un amigo en un curso de radio. Quedábamos una vez a la semana durante un par de horas y charlábamos de radio, de cine, de música y de Boris Vian. Nunca supe si tenía hermanos, ni si sus padres vivían, desconozco su orientación sexual. Con el paso de los años, por circunstancias de la vida, no pudimos seguir viéndonos. Eso sí, si me lo encuentro mañana  y tengo tiempo, le invitaré a tomar una keler-txiki y retomaremos nuestra amistad en el mismo punto en el que la dejamos, discutiendo sobre si Manuel de Oliveira está sobrevalorado.
Algunos viernes por la noche, después de quedar con los amigos, llego a casa ligeramente achispado. Mi novia, al entrar en la cama, me hace preguntas del estilo “¿Hoy has estado con Txus? ¿Qué tal está?”. Y yo no sé qué contestarle, porque Txus y los demás nos hemos pasado la noche hablando sobre si se batirá antes el récord mundial de Katrochvílová o el de Kipketer.

Algunos pensarán que estas no son auténticas amistades. Yo creo que son muy valiosas. Es evidente que al amigo del que no sé si le gustan los hombres o las mujeres no le voy a llamar si mi novia me deja, pero en muchas ocasiones lo que se busca es la esencia de la amistad masculina: divertimento y estabilidad.

Con las parejas vengo observando algo parecido, las que más duran son las que menos se comunican. No es casualidad que la frase más temida en una relación de pareja sea “tenemos que hablar”.

Nos cuesta mucho reconocer nuestras debilidades. Nos cuesta reconocer que tenemos miedo. Llevo años escuchando que la confrontación que viven los partidos políticos vascos no se ve reflejada en la calle, que no hay fractura social. Esto se señala como una prueba de madurez y convivencia de la sociedad vasca, que no está tan crispada como la clase política. Yo añado que una gran parte es puro miedo, tan simple y tan humano como eso.

Nacer y vivir en esta parte del mundo implica aceptar ciertas reglas, códigos que no se enseñan pero que están muy bien aprendidos. Mirar para otro lado en ciertos momentos y callar en muchos otros. Evitar la confrontación con cierta gente y no significarse. Normalmente ni siquiera hay que pensarlo, sale solo.

Llevamos años poteando en bares donde hay fotos de asesinos encima de la barra a modo de homenaje. Ahora bien, a cierta gente no le digas de tomar algo en el batzoki del pueblo porque le sale urticaria, y de la casa del pueblo, por supuesto ni hablamos. Encabezamos las estadísticas de donaciones de sangre y acciones solidarias, organizamos ciclos de cine y manifestaciones apoyando a los saharauis, al pueblo palestino y a los tibetanos. Eso sí, en la concentración del día siguiente a un atentado de ETA hay cuatro gatos. ¿Alguien ha visto alguna vez en Gipuzkoa a un niño o a un adulto con la camiseta de la selección española de fútbol?

No estoy pidiendo actos heroicos a nadie. Simplemente que reconozcamos lo que hay. Y lo que hay es miedo, y mucho.

Ser gracioso es difícil, muy difícil. Ser gracioso en tiempo real, más que difícil es casi imposible. Pensemos que el 99% de los chistes que vemos y oímos en la tele o en el cine no tienen puta gracia. Es decir, un equipo de guionistas profesionales de comedia, trabajando durante varios meses para que sueltes la carcajada son incapaces de hacerte reir. Pasemos a la teoría.

La mayoría de los varones al llegar a la adolescencia se encuentran ante una trifurcación: ser guapo, ser gracioso o ser del montón. Por supuesto ser del montón no mola, con lo cual si ya has cumplido 14 años y no te has comido una rosca piensas que tu única opción de aparearte es ser gracioso. Doy por hecho que todo el mundo sabe que el especímen guapo y gracioso no existe. Hay tres pruebas científicas que lo demuestran: Groucho, Faemino y Gila.

Una vez elegido el camino del humor empiezan los problemas. La cruda realidad nos putea una vez más. Vemos Friends y todos queremos ser como Chandler, pero a la hora de la verdad nuestras gracias son peores que las de Joey. Este es un momento duro, descubres que el gracioso, como el guapo, nace y no se hace. En algunos casos, antes de claudicar, te rebelas y consumes sustancias que crees que permitirán que aflore tu gracia natural. Normalmente esto suele salir mal, y años después, todavía tienes que oir la pregunta retórica de vez en cuando: “¿Te acuerdas de cuando te abofeteó aquella pija de 17 años?”. En resumen, si no eres guapo ni gracioso ¿qué te queda?

Te queda esperar agazapado a que pasen los años, confiando en llegar vivo a esa edad en la que el físico masculino se homogeiniza y deja de tener tanta importancia. No hablo de ligar en el baile del asilo, es un poco antes. A ciertas edades las mujeres (y algunos hombres) empiezan a valorar aspectos como la sensibilidad, el saldo medio, una buena conversación o tener mano en la cocina. Para algunos eso se llama madurar, para otros es conformarse con los despojos.

No entraremos a valorar. Simplemente diré que no hay que desesperarse. Todo lo contario, en ocasiones es suficiente con esperar.

P.D. Si has dudado de la existencia de la palabra trifurcación, deberás escribir un comentario como penitencia.

A veces me siento un niño atrapado en el cuerpo de un hombre. Llámalo inmadurez, espíritu joven o acné senil. Otras veces siento que mi vida se hace monótona, que tiendo al sedentarismo y al riesgo cero. Otras veces no siento nada, que es lo que algunos llaman estar en paz con uno mismo y otros denominamos aburrimiento.

Considero que el aburrimiento está infravalorado. Cada vez que oigo decir a alguien que no se aburre nunca siento pena. Se pierde uno de los estados de ánimo más fascinantes. Recuerdo momentos de aburrimiento con gran nitidez:

-Cuando era estudiante me encerraba en mi cuarto y simulaba estudiar durante horas. Era aburridísimo estar todo el rato ante la misma hoja, con la mirada perdida y sin que entrara ningún tipo de información a tu cerebro. Seguramente estudiar era menos aburrido que eso. Nunca lo llegué a comprobar.

-Agosto en la ribera navarra. Calor axfisiante, tres de la tarde. Nadie en la calle, los padres echando la siesta. Un silencio ensordecedor. Quedaban un par de años para descubrir la masturbación compulsiva. La desesperación llegó a tal punto que estuve a punto de escribir un diario. Nunca me lo hubiera perdonado. Opté por leer novelas de Stephen King.

-Domingo por la mañana. Misa de doce. Soy todavía demasiado pequeño y cobarde para rebelarme contra las imposiciones paternas. El cura cuenta la historia de Lázaro sin ninguna emoción. En un momento crítico, estoy a punto de convertirme en vegetal y realizar la fotosíntesis. La ausencia de luz natural impide la transformación. En el momento en el que Lázaro se levanta y anda, veo la luz y decido tener una charla con mis padres y dejar de ir a misa. No ceden, pero tras una dura negociación logro dejar de llevar para siempre los humillantes pantalones cortos.

-Sábado noche. Bar pequeño y lleno de gente. Música rancia. Viendo el panorama mi cerebro entra en modo standby y mi cuerpo en bajo consumo. Mis pulsaciones bajan, aunque mi hígado sigue segregando bilis en grandes cantidades. Llevo varios años saliendo todos los sábados y bebiendo la misma cerveza asquerosa. De repente toda la gente que veo en el bar me parece fea. Me planteo quedarme en casa el siguiente fin de semana.

Momentos de máximo aburrimiento, puntos de inflexión.

No hay cosa que guste más al ser humano que mirarse al ombligo. Lo segundo que más le gusta es hacer comparaciones para salir favorecido. Esa es una de las causas de por qué en Europa triunfan los documentales de Michael Moore. Se asume que los norteamericanos nos podrían invadir si les diera la gana, pero como contrapartida por estas tierras se usa este discurso:

“Cualquier garrulo puede tener un arma y hacer una escabechina en un instituto. Si te tienen que hacer una apendectomía de urgencia tienes que rehipotecar la casa. Son gordos e incultos, porque no saben colocar España en el mapa, y sólo hablan inglés. Les pones la banderita delante y corren a quitarse la gorra de béisbol y a meter pavos rellenos al horno. No tienen siglos de historia como nosotros, han tenido que llevar monumentos piedra a piedra, en el colmo de la horterada. Son muy competitivos, individualistas y materialistas: money, money, money. Lo que hicieron a los indios americanos fue un genocidio. Al baloncesto nos ganan, pero porque hacen pasos de salida. Son racistas, las cárceles están llenas de negros e hispanos. Tenemos mucha más libertad y calidad de vida.”

Obama-USA

Hasta aquí nada nuevo, una mezcla de tópicos, medias mentiras, generalizaciones y olvido de nuestra propia historia, trufada con alguna verdad incómoda. Todos los países deben soportar algunos estereotipos. En el caso de EEUU el odio/envidia es más intenso, porque es el país más rico y el más poderoso. Lo podríamos denominar como el síndrome realmadrid.

Lo curioso es que ha llegado un tal Obama, fotogénico, muy buen orador y muy poco negro, y ha creado unas expectativas imposibles de cumplir para un simple ser humano. Ha conseguido de un día para otro que muchos vean a los EEUU como un país progresista, que deja atrás el racismo y que está peocupado por la mala imagen que tiene en el resto del mundo.

Y así seguimos, discutiendo sobre si poder fumar en un restaurante nos hace más o menos libres, sin extrañarnos de que cada vez que se juntan más de 20 vascos haya 100 ikurriñas de media y esperando la abolición de la pena de muerte en los Estados Unidos, porque un tío tan guay como Obama no puede estar a favor ¿no?

Ayer vi el último episodio de la última temporada de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. Siempre que veo el episodio final de una serie que me gusta mucho -me pasó con Los Soprano, con A dos metros bajo tierra y con Frasier- me queda una sensación de vacío, como una relación que se acaba, y que por mucho que quieras retomarla sabes que nunca volverá  a ser igual.

El estilo Aaron Sorkin -creador de la serie- no es apto para todos los públicos. Mucho diálogo, frases sin completar, un ritmo muy alto, hacen que debas tener un gran nivel de atención. No se recrean en explicarlo todo dos veces por si te has perdido algo. Tratan al espectador como a una persona inteligente, que suele ser lo que diferencia a las buenas series de todas las demás. Además, una serie en la que Rob Lowe parece un actor de verdad tiene que ser buena por narices.

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Al principio cuesta un poco creer que Martin Sheen, el mismo que hacía posturitas en el comienzo de Apocalipsis Now, sea presidente de los Estados Unidos, pero poco a poco te la van metiendo doblada. Tampoco cuadra del todo que todos sean inteligentísimos y siempre tengan un chiste brillante guardado en la manga, pero se entiende que si pusieran un plano fijo de una becaria haciendo fotocopias durante tres cuartos de hora, por muy real que fuera, no engancharía a nadie.

La credibilidad está en los detalles, y en eso son unos maestros. Incluso supieron salir del paso cuando uno de los actores protagonistas falleció inesperadamente durante la grabación de la última temporada. Y quizás en esta última temporada esté lo mejor de la serie, un cursillo “acelerado” (990 minutos) de cómo funciona el sistema electoral en Estados Unidos: las primarias de Iowa, las de New Hampshire, el súper martes, la importancia de las minorías, el voto negro, el latino, elegir un buen vicepresidente y el dinero, recaudar fondos, pedir dinero, volver a recaudar fondos, el voto femenino, renunciar o no a California, y volver a pedir dinero, mientras los directores de campaña pasan meses alimentándose con café y bollos mientras esperan al borde de un ataque de nervios los resultados del último sondeo.

Atención, párrafo con pequeño espoiler. Se da una circunstancia curiosa, esta última temporada, grabada en el 2005, enfrenta a un candidato demócrata hispano, joven y lleno de energía (el Víctor Cifuentes de La ley de los Ángeles) con un viejo republicano (el doctor Ojo de halcón Pierce en Mash). ¿Os suena de algo con lo que pasa al otro lado del charco?

No voy a desvelar nada más, en unos días sabremos si la realidad supera a la ficción. Yo pasaré unos meses difíciles mientras busco un sustituto, algo que dure 45 minutos, varias temporadas y que de vez en cuando me haga ver los títulos de crédito con un nudo en la garganta.

Leo en el libro de viajes Los sótanos del mundo, de Ander Izagirre, las palabras de un minero iraní que se gana la vida buscando ópalo en pleno desierto australiano:

“Si el ópalo fuera abundante, valdría poco dinero. Por eso, cuando bajo y no lo encuentro, también me alegro.”

¿Cómo es posible que exista una persona tan positiva? ¿Dónde hay que apuntarse para que te enseñen a tener esa mentalidad? ¿Consiguió asesinar a ese cenizo cabrón que casi todos llevamos dentro o nació limpio de energías negativas? ¿Es sincero o algún día se caga en todo cuando tras diez horas de pico no encuentra el dichoso mineral?

Realmente, no me interesa conocer las respuestas. No creo que aportaran demasiado. Lo que me sorprende es lo irrefutable de la frase. Tan sencilla y tan inteligible que causa estupor.

En estos tiempos de grandes sentencias vacías de significado, se agradece.

En los últimos tiempos suelo responder a todas las preguntas que me hacen con un “depende”. Suelen decir que con el tiempo dejas de verlo todo blanco o negro, pero creo que verlo todo gris tampoco es muy positivo. Me pierdo en los matices, dudo, y trato de analizar todos los factores que intervienen en la toma de una decisión. Después de todo eso, y teniendo que dar una respuesta para no parecer idiota, digo lo primero que se me pasa por la cabeza o suelto un “depende” para ganar tiempo.

La vida es muy complicada y tengo muy pocas cosas claras. El otro día sin ir más lejos llamaron unos Testigos de Jehová a mi puerta. Cuando les dije que no creía en Dios me preguntaron si era ateo o agnóstico. “Ni lo uno ni lo otro” -les respondí- “yo lo que soy es incrédulo“. Tratar de ser ingenioso o gracioso ha hecho mucho daño a los Testigos de Jehová a lo largo de su historia. Sólo por tener esa paciencia y no darme una bofetada cada vez que les respondo con alguna gilipollez ya se han ganado el cielo, o lo que sea que aparezca dibujado en esos folletos tan coloristas.

Con el simple hecho de verbalizar o escribir algo ya se está perdiendo mucha información,  si eso lo mezclas con un estado de ánimo determinado, le añades una pizca de intereses personales y lo sazonas con un desconocimiento amplio de la mayoría de los temas de los que se hablan, obtienes que una gran parte de las opiniones, respuestas o ideas que llegan a tus oídos son básicamente fuegos de artificio. Es decir, un inicio vistoso y ensordecedor, pero a nada que sepas esperar unos segundos, esa vistosidad se convierte en humo, desapareciendo y dejando paso al silencio envuelto en un olor desagradable.

El otro día me dijeron que mis textos basculaban entre el escepticismo y la melancolía. No se me ocurrió nada ingenioso que decir, así que me quedé callado. No creo que sea una mala opción.

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