Marzo 2008
Archivo mensual
Lun 31 Mar 2008
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Al Moratinos de mi pueblo se le veía que en realidad lo suyo no era la informática, asentía todo el rato y te respondía que lo que le estabas pidiendo no lo tenía en ese momento, pero que lo iba a pedir y para la semana que viene estaría seguro. Yo le seguía el juego y le decía que volvería sin falta, cuando sabía de sobra que iría a la tienda de un poco más abajo. Realmente me hubiera gustado preguntarle por sus tiempos de mediador en el conficto palestino-israelí, pero como me daba vergüenza preguntaba sobre memorias DDR-2 y procesadores de doble núcleo.

El otro día pasé cerca de la tienda y vi que el local se alquilaba, el negocio estaba cerrado. Me dio pena porque manteníamos una bonita relación. Había una confianza mutua, un respeto, unas reglas del juego que nunca se rompían. Él sabía que yo nunca le compraría nada y yo sabía que sus conocimientos de informática eran nulos. Yo le preguntaría por algo de lo que él nunca había oído hablar y él me escucharía con educación y paciencia, ahí se notaba su experiencia en conflictos internacionales. Un tío que ha sido embajador en Israel tiene que tener unos nervios de acero, y él lo demostraba continuamente. Incluso cuando le pedí el Windows ZP, asintió, hizo como que consultaba en el ordenador y me dijo que si todavía estaba interesado, para la semana que viene lo tendría.
Ahora cuando le veo en la tele me da pena, porque creo que lo que realmente le gustaba era estar en la tienda, sin más preocupaciones que asentir mientras hablaba el que tenía enfrente y hacer falsas promesas. Sí, ya sé que la política es muy parecida a eso, pero a mí no me engaña. Y no sólo lo digo yo, lo mismo opina el Evo Morales que es encofrador en la obra que está al lado de mi trabajo.
Lun 24 Mar 2008
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Las vacaciones invitan a la reflexión, y nos enseñan una vez más la facilidad que tenemos para complicarnos la vida. Cuatro amigos, arroz con tomate y un juego de mesa son suficientes para olvidarnos de todas las preocupaciones. Vivimos el día a día como una ecuación complicadísima, y si durante unos días conseguimos despejar unas incógnitas y simplificar, nos conseguimos quedar con lo importante, seguimos sin resolver la x ni la y, pero entendemos un poco mejor el conjunto.
Cuando era adolescente, durante una larga temporada padecí fuertes migrañas. Siempre que me venía ese dolor insoportable, pensaba en que no sabía lo afortunado que era cuando el dolor no martilleaba mi sien. Eso sí, cuando desaparecía esa tortura, me olvidaba de todo eso y otras preocupaciones sustituían a la del dolor de cabeza. Muchos -me incluyo- vivimos en mayor o menor medida de esta manera, cuando un problema surge nos volcamos en él, y cuando lo solucionamos o desaparece, tendemos a buscar otras cosas de las que preocuparnos. Pocas veces tenemos la lucidez suficiente para hacer un alto en el camino, relativizar un poco y decir “No tengo grandes problemas, tengo derecho a sentirme relativamente feliz”. ¿Por qué nos cuesta tanto entonar de vez en cuando un Aleluya?, uno despojado de todo sentido religioso, íntimo, fugaz y real al mismo tiempo.
Soy de los que piensan que “La Felicidad” no existe, y que cuanto más ansíes conseguirla, más lejos estarás de encontrar algo parecido. No puedes pretender correr un maratón sin haber completado nunca los 100 metros. Hace falta un entrenamiento diario, un camino difícil que no vas a encontrar en ningún libro de Bucays o Coelhos, ni en peliculitas “carpe diem”, ni en canciones que te gusten a la primera escucha. La superación surge del sufrimiento y la constancia, y eso es algo que no estamos dispuestos a escuchar en unos tiempos donde todos buscamos el placer inmediato, donde seguimos discutiendo sobre si son galgos o podencos mientras los ladridos se acercan a cada vez mayor velocidad.
Lun 17 Mar 2008
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El otro día, al acabar mi jornada laboral, fui a mi panadería habitual y la dependienta me sorprendió regalándome un par de cruasants. Para una persona tendente a la tacañería como yo, un detalle como ese equivale a la donación de un riñón. Acababa de fidelizar un cliente con un simple detalle, y una inversión mínima.
Por un momento me paré a pensar en lo mal acostumbrados que estamos. Te puedes pasar más de diez años tomando una cervecita en el mismo bar, prácticamente todos los días, y en todo ese tiempo lo más probable es que el dueño no te haya invitado a un triste zurito. Habrá excepciones, aunque la verdad es que no conozco ninguna. Si coincide que hace menos de un mes que han abierto el bar, es probable que traten de captar a la clientela con aceitunas o cacahuetes. Aún así, por comparación con el resto de locales, te parece que te están tratando como a Paris Hilton en una tienda de bolsos.

Nos venden la absurda idea de que en un sistema capitalista como el nuestro, el que paga es el que manda. En los bares es al revés, es un feudalismo salvaje donde el que está dentro de la barra siempre tiene razón. La mesa llena de vasos vacíos, la cerveza sin gas, la copa de vino con restos de carmín y Shakira a tope un miércoles a las 8 de la tarde. Nos hemos acostumbrado a ser tratados como ganado. Luego todavía hay gente -en todas las cuadrillas hay por lo menos uno- que defiende que todo lo que te pase es culpa tuya, porque el sistema no se puede cambiar, y eres tú el que debe adaptarse, “eres libre de no volver e ir al de enfrente”, te dicen. Ya, el problema es que vengo del de enfrente, y es mucho peor.
Lo mejor de todo es cuando llega el verano, esas terracitas donde no sale nadie a atender. Cuando ya estáis pensando en marcharos sale la camarera. Sois cuatro amigos, tres cañas y un mosto. A los diez minutos sale con la bandeja y las consumiciones, y se pone a preguntar, “¿la caña? Aquí, ¿otra caña? Aquí ¿la última? Aquí.” Y el mosto se lo coloca al que no tiene nada. Y pienso yo, y lo pienso 50 veces cada verano, y nunca tengo el valor suficiente para decírselo a la camarera: ¿NO ES MÁS FÁCIL PREGUNTAR PRIMERO DE QUIÉN ES EL MOSTO Y ASÍ YA SABES DÓNDE PONER LUEGO LAS CAÑAS?
Lun 10 Mar 2008
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Así que ser adulto era esto. Lo podían haber avisado antes. Lo peor no es la caída del pelo y las carnes fofas. La mayor tragedia de hacerse adulto es la falta de tiempo.
Cuando eres adolescente te pasas el día medio aburrido, te tiras las horas sentado en un banco, comiendo pipas con tus amigos y puntuando a toda mujer mayor de 13 y menor de 40. Al alcanzar la mayoría de edad la cosa cambia radicalmente, pasas las horas en la barra de un bar, bebiendo cañas con tus amigos y puntuando a toda mujer mayor de 15 y menor de 45. Todavía tienes en tu cabeza ideas absurdas, piensas que algún día trabajarás de lo que estás estudiando, o crees que cuando tengas novia dejarás de masturbarte. No lo sabes pero posees el valor más preciado, el tiempo.
Al llegar a la edad adulta ya estás jodido, sin darte cuenta te has metido en una ruleta diabólica. Te levantas, desayunas, trabajas, comes, trabajas, dispones de una hora de ocio que sueles dedicar a cosas estúpidas como escribir un blog, cenas, recoges, un pis y a la cama. Eso teniendo en cuenta que somos la generación más guarra de la historia, si aspiráramos a tener la casa igual de recogida y limpia que la de nuestros padres, tendríamos que pedir reducción de jornada, o un año sabático para empezar a combatir la costra de la bañera. Del fin de semana ni hablamos, si le quitas las compras, cuidado del hogar, compromisos familiares y la depresión “mañanaeslunes” se te queda en nada.
Lo más gracioso de todo esto, es cuando comentas estas cosas con alguna pareja, y se te ríen a la cara de tus lamentos. “¿Y tú te piensas que ahora no tienes tiempo? Espérate a que tengas hijos.”
Lun 3 Mar 2008
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Hay ocasiones en las que voy por la calle, me fijo en la gente y me cuesta creer que detrás de cada una de esas caras haya una familia, unos amigos, unas experiencias, en definitiva, una vida. Me da por pensar que la mayoría han sido colocados en ese lugar y en ese momento simplemente para que se crucen conmigo, pero ni siquiera son personas reales, forman parte de una especie de “show de truman” de bajísimo presupuesto, son hologramas que se diluyen en cuanto dejo de mirarlos. Desconozco si estoy desarrollando algún tipo de psicopatía.
Más bien creo que si tratamos de entender la vida en toda su complejidad, corremos serio peligro de volvernos locos. Por ejemplo, si pensáramos en las posibles consecuencias de cada uno de nuestros actos, hasta de los más insignificantes, no nos levantaríamos de la cama. La teoría del caos sobrevuela sobre nuestras cabezas cada segundo de nuestras vidas, mientras nosotros fingimos controlar un barco que en realidad no tiene timón. Recuerdos falsos, teorías indemostrables y unos cuantos valores que no soportarían la prueba del polígrafo, son nuestras mejores armas para enfrentarnos a lo impredecible.

Al final, todos estamos sujetos al concepto del “Efecto burro empalmado”: la erección de un burro en un caserío de Donostialdea puede provocar, a miles de kilómetros de distancia, el comentario de un chileno en mi blog. A fin de cuentas, ¿qué es internet sino un maravilloso caos?