Mayo 2008


Últimamente me llama mucho la atención cómo justifican algunas personas comportamientos agresivos o maleducados, dentro de la filosofía de putear antes de que te puteen. He observado tres tipos:

-Tener el culo pelao. Hay que ver la cantidad de gente que reconoce tener el culo pelao. La próxima vez que vaya a una playa nudista tengo que fijarme en este fenómeno. Ejemplo: “Les dije que se fueran dar la brasa a su puta madre, yo es que ya tengo el culo pelao de tratar con testigos de Jehová”. En estos tiempos de metrosexualidad y depilación láser encaja perfectamente.

-El viejo pellejo. Estas personas piensan que con el paso de los años adquieres una gran sabiduría de forma espontánea. Ejemplo: “Mira tío, yo tengo 42 tacos, a mí ya no me torea ni dios”. La realidad suele ser que el que lo dice, con el paso del tiempo se ha hecho más desconfiado y más cabrón. Este tipo de frases pierden fuerza si se las dices a tu abuelo. Por razones obvias, suelen ser utilizadas por hombres. Aquí se puede enlazar perfectamente con el famoso “Yo a tu edad…” que viene a querer decir: “¡Atención: trola!”.

-Haber vivido mucho. Esta gente se cree más lista y más preparada para la vida que tú, y sus razones suelen ser: haber estado en la cárcel, haber estado enganchado a alguna droga, deber más de 9000 euros en multas de tráfico o haber sido operado a vida o muerte tras una pelea con navajas. “Yo he vivido mucho” suele querer decir: “Nadie en mi barrio esperaba que llegara a cumplir 30 años”. En este caso también está la variante de “Tú tendrás muchos estudios, pero no tienes ni puta idea de lo que es la vida” que en realidad quiere decir: “Soy un frustrado y un resentido”.

En resumen, si tienes pelos en el culo, menos de 30 años y no tienes antecedentes penales eres un pardillo.

Artísticamente, para mí, ha muerto.
Cuando empecé a ver películas de Woody Allen, lo hice por sus comedias más simplonas: Bananas, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko. Son una especie de Aterriza como puedas con referencias a Wagner, Freud o Dostoyevski. Una sucesión de gags sin pies ni cabeza que funcionan bastante bien si no tienes más de 25 años. Por si fuera poco, esta afición servía para saber tu grado de compatibilidad con el otro sexo. Era difícil, pero si encontrabas a una mujer a la que le gustaran las películas de Woody Allen, no necesitabas mucho más para pedirle matrimonio.

Después empecé a valorar otras películas de su filmografía, joyas como Annie Hall, Días de radio, Manhattan, Zelig o La rosa púrpura de El Cairo. Sé que no son obras maestras, pero me encantan. Historias pequeñas y redondas, sin trampa ni cartón. Además, no nos vamos a engañar, un tío que te ha hecho reir en la adolescencia ya tiene mucho ganado. Incluso eras capaz de perdonarle esos deslices de cuando intentaba ser Bergman y no llegaba, películas alabadas por la crítica pero que al fan medio de Woody le aburrían más que un concierto acústico de AC/DC, pestiños como Otra mujer o Interiores.

Luego llegó la época dorada, cuando acudía al cine de estreno a ver películas como Poderosa Afrodita, Todos dicen I love you o Desmontando a Harry. Esperaba cada una de ellas con expectación, un rito anual que creía que no acabaría nunca. Dicho y hecho. A partir de ahí se acabó lo bueno, seguía haciendo una película al año y, por pura inercia y negando lo evidente, seguía yendo al cine a verlas. De vez en cuando un destello, una frase brillante, pero no era nuestro Woody. Tras Melinda y Melinda dejé de ver sus películas en pantalla grande. Tras Scoop ni siquiera me las bajo de internet. Se acabó. Me duele decirlo pero me aburre. Y eso es imperdonable en un cómico. Por respeto a lo que ha sido no puedo ver otro tostón suyo, porque podría empañar magníficos recuerdos.

La puntilla fue ayer mismo. Trataba de refugiarme en su literatura para olvidar sus desengaños cinematográficos. Comencé a leer su último libro de relatos cortos, Pura anarquía, y tuve que dejarlo, cualquier parecido con Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Sin plumas o Perfiles es pura coincidencia.

Ya puedo decir que el gran Woody Allen, nuestro Woody, ha muerto. Descanse en paz.

¿Por qué si me gusta Radiohead no me puede gustar Marea? ¿Por qué si disfruto con A dos metros bajo tierra no puedo gozar como una perra con La Jungla 4.0? ¿No me puede gustar Gran Hermano (el de la Milá) y Redes (el de Punset) y no padecer ningún trastorno de personalidad?
Hay muchos que viven en una especie de adolescencia perpetua, en esa época de tu vida donde tratas a toda costa de diferenciarte del resto, y citas libros, películas y grupos minoritarios cuyo único mérito es ser minoritarios. Esa época en la que eras fan de un grupo desde sus inicios, y cuando triunfaba y vendía millones de copias te dejaba de gustar porque ya le gustaba a todo el mundo.

Hay que tener un poco de personalidad, y no avergonzarte de lo que eres: si Blossom te ponía burro, si las letras de Hombres G te hacen reflexionar, si eres de María Patiño a muerte, si se te hizo un nudo en la garganta en el final de Oficial y caballero, si te ríes como un chimpancé con los chistes de Arguiñano, si te sigue gustando El Príncipe de Bel-Air, si pensaste en aprender a bailar tras ver Dirty Dancing, si Antonio Lobato te parece un gran periodista, si no eres varón heterosexual y te gusta Embrujadas, si Franco Battiato te parece atractivo, si piensas en Matías Prats mientras te lo montas con tu novio, si te sientes identificado con alguna de las anteriores no te preocupes. Somos legión.

Hay veces que nos empeñamos en cambiar piezas que cumplen con su función, pero que no son perfectas. Hay personas que pasan años enteros girando una pieza, y cuando lo consiguen dudan sobre si no estaría mejor antes. Otros se pasan la vida buscando la pieza perfecta, y al final de sus días se lamentan de no haberse quedado con la primera que vieron. Otros se quedan obnubilados con cada pieza nueva que ven, y descubren cuando ya es demasiado tarde, que lo que les gustaba no era la pieza sino la novedad. Algunos eligen la pieza equivocada, y luego, fruto de su mala experiencia, piensan que todas las piezas están defectuosas sin molestarse en comprobarlo.

Tapa alcantarilla

Y luego está la mayoría, los que ven una tapa de alcantarilla mal puesta y pasan de largo sin darle más importancia ni pensar en absurdas metáforas. No saben lo afortunados que son.