Cruzo la puerta, me siento, enciendo el monitor, mi talón golpea acompasadamente a ritmo de Thunder Road, mis dedos comienzan a marcar un nuevo ritmo sobre el teclado. Las ideas fluyen a tal velocidad que soy incapaz de atraparlas, de convertirlas en bits. ¿Es posible que un tío que canta medio mal tocando un piano medio bien pueda emocionarte? Supongo que todos tenemos un punto débil. El mío son los músicos imperfectos, por eso cada cierto tiempo vuelvo al rock clásico, cuando las guitarras dominaban la tierra y ser un puto feo no era una sentencia de muerte en el negocio de la música.

Hay gente que se refugia en la biblia, a mí los Creedence, Springsteen, Rolling, Zeppelin, Kinks o Hendrix me aportan tranquilidad en momentos de crisis. Representan una época que ya no se volverá a repetir, me recuerdan que en algún tiempo hubo cierta justicia musical, antes de que fuera más importante quién dirigía tu videoclip, quién producía tu disco o quién era tu peluquero que un buen directo. Me reconforta pensar que tíos con unas pintas horribles y narices de un palmo se hartaran a follar después de un concierto.

El fenómeno fan siempre me ha producido urticaria, idolatrar a alguien con el que nunca has hablado me parece peligroso y me provoca un fuerte rechazo. Eso sí, me parece necesario romper una lanza a favor de aquellos que sin saber cantar, sin ser unos virtuosos de su instrumento y sin tener estilista han conseguido que miles de personas de diferentes sitios del planeta se sintieran más vivos durante unos instantes.