septiembre 2008


Me levanto, me pongo las zapatillas de casa y pienso que estaría muy bien que me gustara el café. No sé, un tema más de conversación, que si el de Colombia es el mejor, que si a mí el de Kenia no me dice nada. Como un trozo de bizcocho reseco que hizo mi suegra. Por un momento valoro la posibilidad de que esté envenenado. Quito ese pensamiento de mi cabeza, no porque sea una locura, sino porque si no me doy prisa llegaré tarde al tren.

Salgo de casa a paso ligero, entro en la estación, y al llegar al andén, el mismo panorama que todos los días. La chavalita que tiene un buen culo, las mujeres que van a limpiar, ese tío que va siempre en manga corta sea invierno o verano.  Me resisto a saludar a la gente con la que no he intercambiado palabra, aunque los vea más a menudo que a mis padres. Supongo que es una estupidez, pero me parece violento no saludar un día y al siguiente hacerlo sin que haya pasado nada reseñable de por medio. Quizás debería no saludar un lunes, hacer un ademán de saludo el martes y el miércoles saludar con plena confianza. Me consta que hay personas que hacen estas cosas de manera más natural, sin pensarlo. No sé si les envidio o no, luego lo decido.

Salgo del trabajo y pido un menú del día. Hoy es un día de esos en los que como más por hábito que por hambre. Me traen la ensalada y pienso si echar un escupitajo en ella y montar un escándalo a la camarera. Luego recuerdo que no soy un psicópata cabrón y descarto la idea. Al acabar la chica me ofrece café y digo que no. La comida era muy mala. Me pregunta qué tal la comida y digo que muy buena. Luego pienso en qué deberé decir el día que la comida realmente esté muy bien. Lo lógico sería decir que muy mal, para compensar, pero no acabo de encontrarle sentido al razonamiento.

Vuelvo al trabajo, salgo de él y camino hacia casa cuando ya anochece. Dispongo de una hora libre. La desaprovecho lo mejor que sé y me dispongo a hacerme la cena. Saco de la nevera una bandeja con varios trozos de lomo adobado. Me fijo en que uno de ellos tiene la forma de Groenlandia. Decido dejar ese trozo para otro día. Ya sé que no es una zona muy habitada, pero aún así me sentiría un poco culpable si lo comiera.

Al acabar dejo los platos en la fregadera y noto cómo el cansancio y la tensión acumulada de todo el día se apoderan de mi cuerpo. Me pongo mi camiseta de “I love New York” y los patucos que me regaló mi madre y me meto en la cama. Hay que descansar, mañana va a ser un día duro. Al fin y al cabo, no se recoge un Premio Nobel de la Paz todos los días.

Esta semana arranca el 56 Festival de Cine de San Sebastián. Preparaos para ver colas kilométricas, salas abarrotadas y grandes actores como Miguel Ángel Silvestre o Antonio Banderas.

Siempre me han llamado la atención esas multitudes para ver películas en versión original. El resto del año, cosa curiosa, esa gente desaparece, y si vas al Trueba a ver una película en versión original subtitulada descubres que la sala está semivacía, y el 80% de los que están viendo la película son estudiantes norteamericanos o del Erasmus. Es significativo que una ciudad que tiene un festival de este nivel, durante todo el año sólo tenga una sala donde se proyecten asiduamente películas en V.O.S., y que además ese cine sea el peor de la ciudad. Yo al Trueba le tengo mucho cariño, pero tienes más posibilidades de desnucarte en una de sus salas que montando un pura sangre en el Grand National. Los que hayáis intentado dormir en una de sus butacas me entenderéis.

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Otra cosa que llama la atención es la atracción que ejerce sobre el espectador la “Sección oficial“. La gente corre a esas sesiones como pollo sin cabeza, y las entradas se agotan rápidamente. Les da igual que sea una peli iraní sobre un agricultor con una sola pierna o un falso documental noruego cuyo mérito consiste en estar grabado con un dedazo puesto en el objetivo. Esas mismas películas, al estrenarse meses después en salas comerciales (si es que llegan), son retiradas a los pocos días por falta de público.

Puedo pecar de simplista y decir que San Sebastián es una ciudad burguesa, donde lo que importan son las apariencias, el  que se te vea en la cola y el ir donde va todo el mundo. También podría decir que de unos años para acá la ciudad que me vio nacer parece diseñada para los que vienen a pasar cuatro días y no para los que viven en ella todo el año. Podría decir que es carísima. Podría decir que cómo se atreven a pedir ser capital cultural de nada cuando tienen una feria del libro que no tiene nada que envidiar al top-manta.

Podría decir todas esas cosas pero no lo voy a hacer. No soy tan simple.

San Sebastián es candidata a Capital Europea de la Cultura para el año 2016. Este es el logotipo de su candidatura:

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Teniendo en cuenta que de tres palabras hay una mal escrita (Sebastián es con tilde), ¿cómo pretenden asociar la ciudad con la cultura? Yo si fuera el jurado lo tendría muy claro, si no saben ni escribir el nombre de su ciudad…

Eso me recuerda a una entrevista que le hicieron a Lázaro Carreter en la radio hace  unos cuantos años. En ella decía que sólo en España era posible que una de las más grandes empresas públicas, como Telefónica (en aquellos años pública), tuviera una falta de ortografía en su logotipo:

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Para los que se agarran a un clavo ardiendo, aprovecho para aclarar que las mayúsculas deben acentuarse gráficamente igual que las minúsculas. Es cierto que a algunos en la escuela nos dijeron que no hacía falta. Como en tantas otras cosas, nos mintieron.

Nuevos tiempos, viejos errores.

Cada cierto tiempo surge el debate sobre la calidad del cine español, sobre los prejuicios del telespectador contra las películas nacionales, que si no se puede luchar contra el gigante americano y sus avalanchas promocionales, que si aquí no hay industria, etc.

Partamos del supuesto de que el 95% de las pelis americanas son mierda, podríamos equipararlo y decir que el 95% de las pelis españolas son mierda. Podemos hacer un esfuerzo y olvidarnos de que un gran porcentaje de las películas españolas están subvencionadas, es decir, que se hacen “con nuestro dinero”. Podemos incluso obviar que subvencionar algo que a la mayoría nos parece mierda no tiene sentido o es un fracaso. Vale.

¿Donde está la diferencia entonces? La diferencia está en ese 95% de mierda. Yo puedo ver películas como “El último Boy Scout”, “El caballero oscuro” o “Tango y Cash” y aún sabiendo que son una basura me lo paso bien, me entretienen. Porque ahí está la clave, en el entretenimiento, ahí es donde nos sacan años luz. Crean productos de consumo rápido, y han hecho una gran industria de ello, sin la pretensión, la pedantería y la solemnidad de algunas películas patrias. ¿Hay alguien que vea el trailer de “Los girasoles ciegos” y le entren ganas de ir al cine?

El último ejemplo de cómo funcionan las cosas, y de que el dinero no es excusa válida, lo tenemos en el caso de Nacho Vigalondo (gran director y guionista y pésimo actor). Después de dirigir exitosamente varios cortos ha filmado su primer largometraje: “Los Cronocrímenes“. Esta película, de bajísimo presupuesto, tiene todo su fuerza en un guión original, que invita al espectador a entrar en un juego espacio-temporal. Te podrá gustar más o menos, pero no aburre ni deja indiferente: entretiene.
Los derechos de esta película ya han sido comprados por una gran productora norteamericana para hacer un remake. Mientras, en España, se las vieron y se las desearon para encontrar una productora que la distribuyera.

Otro día podremos hablar de los actores españoles, de por qué los que más trabajan son los que menos vocalizan, o sobre el gran misterio del cine español: ¿Por qué no hay ningún actor español de derechas?