En los últimos tiempos suelo responder a todas las preguntas que me hacen con un “depende”. Suelen decir que con el tiempo dejas de verlo todo blanco o negro, pero creo que verlo todo gris tampoco es muy positivo. Me pierdo en los matices, dudo, y trato de analizar todos los factores que intervienen en la toma de una decisión. Después de todo eso, y teniendo que dar una respuesta para no parecer idiota, digo lo primero que se me pasa por la cabeza o suelto un “depende” para ganar tiempo.

La vida es muy complicada y tengo muy pocas cosas claras. El otro día sin ir más lejos llamaron unos Testigos de Jehová a mi puerta. Cuando les dije que no creía en Dios me preguntaron si era ateo o agnóstico. “Ni lo uno ni lo otro” -les respondí- “yo lo que soy es incrédulo“. Tratar de ser ingenioso o gracioso ha hecho mucho daño a los Testigos de Jehová a lo largo de su historia. Sólo por tener esa paciencia y no darme una bofetada cada vez que les respondo con alguna gilipollez ya se han ganado el cielo, o lo que sea que aparezca dibujado en esos folletos tan coloristas.

Con el simple hecho de verbalizar o escribir algo ya se está perdiendo mucha información,  si eso lo mezclas con un estado de ánimo determinado, le añades una pizca de intereses personales y lo sazonas con un desconocimiento amplio de la mayoría de los temas de los que se hablan, obtienes que una gran parte de las opiniones, respuestas o ideas que llegan a tus oídos son básicamente fuegos de artificio. Es decir, un inicio vistoso y ensordecedor, pero a nada que sepas esperar unos segundos, esa vistosidad se convierte en humo, desapareciendo y dejando paso al silencio envuelto en un olor desagradable.

El otro día me dijeron que mis textos basculaban entre el escepticismo y la melancolía. No se me ocurrió nada ingenioso que decir, así que me quedé callado. No creo que sea una mala opción.