Noviembre 2008


Ser gracioso es difícil, muy difícil. Ser gracioso en tiempo real, más que difícil es casi imposible. Pensemos que el 99% de los chistes que vemos y oímos en la tele o en el cine no tienen puta gracia. Es decir, un equipo de guionistas profesionales de comedia, trabajando durante varios meses para que sueltes la carcajada son incapaces de hacerte reir. Pasemos a la teoría.

La mayoría de los varones al llegar a la adolescencia se encuentran ante una trifurcación: ser guapo, ser gracioso o ser del montón. Por supuesto ser del montón no mola, con lo cual si ya has cumplido 14 años y no te has comido una rosca piensas que tu única opción de aparearte es ser gracioso. Doy por hecho que todo el mundo sabe que el especímen guapo y gracioso no existe. Hay tres pruebas científicas que lo demuestran: Groucho, Faemino y Gila.

Una vez elegido el camino del humor empiezan los problemas. La cruda realidad nos putea una vez más. Vemos Friends y todos queremos ser como Chandler, pero a la hora de la verdad nuestras gracias son peores que las de Joey. Este es un momento duro, descubres que el gracioso, como el guapo, nace y no se hace. En algunos casos, antes de claudicar, te rebelas y consumes sustancias que crees que permitirán que aflore tu gracia natural. Normalmente esto suele salir mal, y años después, todavía tienes que oir la pregunta retórica de vez en cuando: “¿Te acuerdas de cuando te abofeteó aquella pija de 17 años?”. En resumen, si no eres guapo ni gracioso ¿qué te queda?

Te queda esperar agazapado a que pasen los años, confiando en llegar vivo a esa edad en la que el físico masculino se homogeiniza y deja de tener tanta importancia. No hablo de ligar en el baile del asilo, es un poco antes. A ciertas edades las mujeres (y algunos hombres) empiezan a valorar aspectos como la sensibilidad, el saldo medio, una buena conversación o tener mano en la cocina. Para algunos eso se llama madurar, para otros es conformarse con los despojos.

No entraremos a valorar. Simplemente diré que no hay que desesperarse. Todo lo contario, en ocasiones es suficiente con esperar.

P.D. Si has dudado de la existencia de la palabra trifurcación, deberás escribir un comentario como penitencia.

A veces me siento un niño atrapado en el cuerpo de un hombre. Llámalo inmadurez, espíritu joven o acné senil. Otras veces siento que mi vida se hace monótona, que tiendo al sedentarismo y al riesgo cero. Otras veces no siento nada, que es lo que algunos llaman estar en paz con uno mismo y otros denominamos aburrimiento.

Considero que el aburrimiento está infravalorado. Cada vez que oigo decir a alguien que no se aburre nunca siento pena. Se pierde uno de los estados de ánimo más fascinantes. Recuerdo momentos de aburrimiento con gran nitidez:

-Cuando era estudiante me encerraba en mi cuarto y simulaba estudiar durante horas. Era aburridísimo estar todo el rato ante la misma hoja, con la mirada perdida y sin que entrara ningún tipo de información a tu cerebro. Seguramente estudiar era menos aburrido que eso. Nunca lo llegué a comprobar.

-Agosto en la ribera navarra. Calor axfisiante, tres de la tarde. Nadie en la calle, los padres echando la siesta. Un silencio ensordecedor. Quedaban un par de años para descubrir la masturbación compulsiva. La desesperación llegó a tal punto que estuve a punto de escribir un diario. Nunca me lo hubiera perdonado. Opté por leer novelas de Stephen King.

-Domingo por la mañana. Misa de doce. Soy todavía demasiado pequeño y cobarde para rebelarme contra las imposiciones paternas. El cura cuenta la historia de Lázaro sin ninguna emoción. En un momento crítico, estoy a punto de convertirme en vegetal y realizar la fotosíntesis. La ausencia de luz natural impide la transformación. En el momento en el que Lázaro se levanta y anda, veo la luz y decido tener una charla con mis padres y dejar de ir a misa. No ceden, pero tras una dura negociación logro dejar de llevar para siempre los humillantes pantalones cortos.

-Sábado noche. Bar pequeño y lleno de gente. Música rancia. Viendo el panorama mi cerebro entra en modo standby y mi cuerpo en bajo consumo. Mis pulsaciones bajan, aunque mi hígado sigue segregando bilis en grandes cantidades. Llevo varios años saliendo todos los sábados y bebiendo la misma cerveza asquerosa. De repente toda la gente que veo en el bar me parece fea. Me planteo quedarme en casa el siguiente fin de semana.

Momentos de máximo aburrimiento, puntos de inflexión.

No hay cosa que guste más al ser humano que mirarse al ombligo. Lo segundo que más le gusta es hacer comparaciones para salir favorecido. Esa es una de las causas de por qué en Europa triunfan los documentales de Michael Moore. Se asume que los norteamericanos nos podrían invadir si les diera la gana, pero como contrapartida por estas tierras se usa este discurso:

“Cualquier garrulo puede tener un arma y hacer una escabechina en un instituto. Si te tienen que hacer una apendectomía de urgencia tienes que rehipotecar la casa. Son gordos e incultos, porque no saben colocar España en el mapa, y sólo hablan inglés. Les pones la banderita delante y corren a quitarse la gorra de béisbol y a meter pavos rellenos al horno. No tienen siglos de historia como nosotros, han tenido que llevar monumentos piedra a piedra, en el colmo de la horterada. Son muy competitivos, individualistas y materialistas: money, money, money. Lo que hicieron a los indios americanos fue un genocidio. Al baloncesto nos ganan, pero porque hacen pasos de salida. Son racistas, las cárceles están llenas de negros e hispanos. Tenemos mucha más libertad y calidad de vida.”

Obama-USA

Hasta aquí nada nuevo, una mezcla de tópicos, medias mentiras, generalizaciones y olvido de nuestra propia historia, trufada con alguna verdad incómoda. Todos los países deben soportar algunos estereotipos. En el caso de EEUU el odio/envidia es más intenso, porque es el país más rico y el más poderoso. Lo podríamos denominar como el síndrome realmadrid.

Lo curioso es que ha llegado un tal Obama, fotogénico, muy buen orador y muy poco negro, y ha creado unas expectativas imposibles de cumplir para un simple ser humano. Ha conseguido de un día para otro que muchos vean a los EEUU como un país progresista, que deja atrás el racismo y que está peocupado por la mala imagen que tiene en el resto del mundo.

Y así seguimos, discutiendo sobre si poder fumar en un restaurante nos hace más o menos libres, sin extrañarnos de que cada vez que se juntan más de 20 vascos haya 100 ikurriñas de media y esperando la abolición de la pena de muerte en los Estados Unidos, porque un tío tan guay como Obama no puede estar a favor ¿no?

Ayer vi el último episodio de la última temporada de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. Siempre que veo el episodio final de una serie que me gusta mucho -me pasó con Los Soprano, con A dos metros bajo tierra y con Frasier- me queda una sensación de vacío, como una relación que se acaba, y que por mucho que quieras retomarla sabes que nunca volverá  a ser igual.

El estilo Aaron Sorkin -creador de la serie- no es apto para todos los públicos. Mucho diálogo, frases sin completar, un ritmo muy alto, hacen que debas tener un gran nivel de atención. No se recrean en explicarlo todo dos veces por si te has perdido algo. Tratan al espectador como a una persona inteligente, que suele ser lo que diferencia a las buenas series de todas las demás. Además, una serie en la que Rob Lowe parece un actor de verdad tiene que ser buena por narices.

the-west-wing.jpg
Al principio cuesta un poco creer que Martin Sheen, el mismo que hacía posturitas en el comienzo de Apocalipsis Now, sea presidente de los Estados Unidos, pero poco a poco te la van metiendo doblada. Tampoco cuadra del todo que todos sean inteligentísimos y siempre tengan un chiste brillante guardado en la manga, pero se entiende que si pusieran un plano fijo de una becaria haciendo fotocopias durante tres cuartos de hora, por muy real que fuera, no engancharía a nadie.

La credibilidad está en los detalles, y en eso son unos maestros. Incluso supieron salir del paso cuando uno de los actores protagonistas falleció inesperadamente durante la grabación de la última temporada. Y quizás en esta última temporada esté lo mejor de la serie, un cursillo “acelerado” (990 minutos) de cómo funciona el sistema electoral en Estados Unidos: las primarias de Iowa, las de New Hampshire, el súper martes, la importancia de las minorías, el voto negro, el latino, elegir un buen vicepresidente y el dinero, recaudar fondos, pedir dinero, volver a recaudar fondos, el voto femenino, renunciar o no a California, y volver a pedir dinero, mientras los directores de campaña pasan meses alimentándose con café y bollos mientras esperan al borde de un ataque de nervios los resultados del último sondeo.

Atención, párrafo con pequeño espoiler. Se da una circunstancia curiosa, esta última temporada, grabada en el 2005, enfrenta a un candidato demócrata hispano, joven y lleno de energía (el Víctor Cifuentes de La ley de los Ángeles) con un viejo republicano (el doctor Ojo de halcón Pierce en Mash). ¿Os suena de algo con lo que pasa al otro lado del charco?

No voy a desvelar nada más, en unos días sabremos si la realidad supera a la ficción. Yo pasaré unos meses difíciles mientras busco un sustituto, algo que dure 45 minutos, varias temporadas y que de vez en cuando me haga ver los títulos de crédito con un nudo en la garganta.