Diciembre 2008


Es la magia de la televisión. En pantalla un primer plano de la víctima de una tragedia: puede ser un incendio, una agresión o un accidente de circulación.  En mitad de su relato se observa una especie de mueca. Unos instantes después te das cuenta de que, en realidad, es una sonrisilla.

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La lucha interior es tremenda, por un lado está pensando que su casa y sus pertenencias han quedado reducidas a cenizas, pero por otro lado no puede evitar pensar “¡Estoy saliendo en la tele!”.

Tristeza y vanidad, los músculos faciales reciben señales contradictorias y nos enseñan al ser humano en su estado más puro: confuso y con unas enormes ansias de trascendencia.

La amistades masculinas se basan en aficiones comunes y las femeninas en sentimientos. Como los sentimientos cambian y las aficiones se mantienen, las cuadrillas de chicas suelen morir antes de los 30 años. Con los amigos hablas de ciclismo, de la actualidad política o de qué pertiguistas femeninas podrían ganarse la vida como modelos. Las mujeres suelen crear sus amistades sobre una red de confidencias, dependencias, secretos y jerarquías. Es cierto que nunca he pertenecido a una cuadrilla de mujeres, pero pasé los mejores años de mi vida observándolas.

Hace unos años hice un amigo en un curso de radio. Quedábamos una vez a la semana durante un par de horas y charlábamos de radio, de cine, de música y de Boris Vian. Nunca supe si tenía hermanos, ni si sus padres vivían, desconozco su orientación sexual. Con el paso de los años, por circunstancias de la vida, no pudimos seguir viéndonos. Eso sí, si me lo encuentro mañana  y tengo tiempo, le invitaré a tomar una keler-txiki y retomaremos nuestra amistad en el mismo punto en el que la dejamos, discutiendo sobre si Manuel de Oliveira está sobrevalorado.
Algunos viernes por la noche, después de quedar con los amigos, llego a casa ligeramente achispado. Mi novia, al entrar en la cama, me hace preguntas del estilo “¿Hoy has estado con Txus? ¿Qué tal está?”. Y yo no sé qué contestarle, porque Txus y los demás nos hemos pasado la noche hablando sobre si se batirá antes el récord mundial de Katrochvílová o el de Kipketer.

Algunos pensarán que estas no son auténticas amistades. Yo creo que son muy valiosas. Es evidente que al amigo del que no sé si le gustan los hombres o las mujeres no le voy a llamar si mi novia me deja, pero en muchas ocasiones lo que se busca es la esencia de la amistad masculina: divertimento y estabilidad.

Con las parejas vengo observando algo parecido, las que más duran son las que menos se comunican. No es casualidad que la frase más temida en una relación de pareja sea “tenemos que hablar”.

Nos cuesta mucho reconocer nuestras debilidades. Nos cuesta reconocer que tenemos miedo. Llevo años escuchando que la confrontación que viven los partidos políticos vascos no se ve reflejada en la calle, que no hay fractura social. Esto se señala como una prueba de madurez y convivencia de la sociedad vasca, que no está tan crispada como la clase política. Yo añado que una gran parte es puro miedo, tan simple y tan humano como eso.

Nacer y vivir en esta parte del mundo implica aceptar ciertas reglas, códigos que no se enseñan pero que están muy bien aprendidos. Mirar para otro lado en ciertos momentos y callar en muchos otros. Evitar la confrontación con cierta gente y no significarse. Normalmente ni siquiera hay que pensarlo, sale solo.

Llevamos años poteando en bares donde hay fotos de asesinos encima de la barra a modo de homenaje. Ahora bien, a cierta gente no le digas de tomar algo en el batzoki del pueblo porque le sale urticaria, y de la casa del pueblo, por supuesto ni hablamos. Encabezamos las estadísticas de donaciones de sangre y acciones solidarias, organizamos ciclos de cine y manifestaciones apoyando a los saharauis, al pueblo palestino y a los tibetanos. Eso sí, en la concentración del día siguiente a un atentado de ETA hay cuatro gatos. ¿Alguien ha visto alguna vez en Gipuzkoa a un niño o a un adulto con la camiseta de la selección española de fútbol?

No estoy pidiendo actos heroicos a nadie. Simplemente que reconozcamos lo que hay. Y lo que hay es miedo, y mucho.