Nos cuesta mucho reconocer nuestras debilidades. Nos cuesta reconocer que tenemos miedo. Llevo años escuchando que la confrontación que viven los partidos políticos vascos no se ve reflejada en la calle, que no hay fractura social. Esto se señala como una prueba de madurez y convivencia de la sociedad vasca, que no está tan crispada como la clase política. Yo añado que una gran parte es puro miedo, tan simple y tan humano como eso.

Nacer y vivir en esta parte del mundo implica aceptar ciertas reglas, códigos que no se enseñan pero que están muy bien aprendidos. Mirar para otro lado en ciertos momentos y callar en muchos otros. Evitar la confrontación con cierta gente y no significarse. Normalmente ni siquiera hay que pensarlo, sale solo.

Llevamos años poteando en bares donde hay fotos de asesinos encima de la barra a modo de homenaje. Ahora bien, a cierta gente no le digas de tomar algo en el batzoki del pueblo porque le sale urticaria, y de la casa del pueblo, por supuesto ni hablamos. Encabezamos las estadísticas de donaciones de sangre y acciones solidarias, organizamos ciclos de cine y manifestaciones apoyando a los saharauis, al pueblo palestino y a los tibetanos. Eso sí, en la concentración del día siguiente a un atentado de ETA hay cuatro gatos. ¿Alguien ha visto alguna vez en Gipuzkoa a un niño o a un adulto con la camiseta de la selección española de fútbol?

No estoy pidiendo actos heroicos a nadie. Simplemente que reconozcamos lo que hay. Y lo que hay es miedo, y mucho.