La amistades masculinas se basan en aficiones comunes y las femeninas en sentimientos. Como los sentimientos cambian y las aficiones se mantienen, las cuadrillas de chicas suelen morir antes de los 30 años. Con los amigos hablas de ciclismo, de la actualidad política o de qué pertiguistas femeninas podrían ganarse la vida como modelos. Las mujeres suelen crear sus amistades sobre una red de confidencias, dependencias, secretos y jerarquías. Es cierto que nunca he pertenecido a una cuadrilla de mujeres, pero pasé los mejores años de mi vida observándolas.

Hace unos años hice un amigo en un curso de radio. Quedábamos una vez a la semana durante un par de horas y charlábamos de radio, de cine, de música y de Boris Vian. Nunca supe si tenía hermanos, ni si sus padres vivían, desconozco su orientación sexual. Con el paso de los años, por circunstancias de la vida, no pudimos seguir viéndonos. Eso sí, si me lo encuentro mañana  y tengo tiempo, le invitaré a tomar una keler-txiki y retomaremos nuestra amistad en el mismo punto en el que la dejamos, discutiendo sobre si Manuel de Oliveira está sobrevalorado.
Algunos viernes por la noche, después de quedar con los amigos, llego a casa ligeramente achispado. Mi novia, al entrar en la cama, me hace preguntas del estilo “¿Hoy has estado con Txus? ¿Qué tal está?”. Y yo no sé qué contestarle, porque Txus y los demás nos hemos pasado la noche hablando sobre si se batirá antes el récord mundial de Katrochvílová o el de Kipketer.

Algunos pensarán que estas no son auténticas amistades. Yo creo que son muy valiosas. Es evidente que al amigo del que no sé si le gustan los hombres o las mujeres no le voy a llamar si mi novia me deja, pero en muchas ocasiones lo que se busca es la esencia de la amistad masculina: divertimento y estabilidad.

Con las parejas vengo observando algo parecido, las que más duran son las que menos se comunican. No es casualidad que la frase más temida en una relación de pareja sea “tenemos que hablar”.