Es la magia de la televisión. En pantalla un primer plano de la víctima de una tragedia: puede ser un incendio, una agresión o un accidente de circulación.  En mitad de su relato se observa una especie de mueca. Unos instantes después te das cuenta de que, en realidad, es una sonrisilla.

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La lucha interior es tremenda, por un lado está pensando que su casa y sus pertenencias han quedado reducidas a cenizas, pero por otro lado no puede evitar pensar “¡Estoy saliendo en la tele!”.

Tristeza y vanidad, los músculos faciales reciben señales contradictorias y nos enseñan al ser humano en su estado más puro: confuso y con unas enormes ansias de trascendencia.