Marzo 2009


¿Quién no ha intentado en alguna ocasión introducir una palmera adulta en un contenedor de vidrio? Todos nos hemos encontrado alguna vez en esa circunstancia.

Lo más extraño del caso es que hayan tratado de hacerlo con una palmera de la especie budspenceris, cuyas características principales son su tronco peludo y su escasa flexibilidad.

La pregunta tras esta palmaria sinvergonzonería es la misma que se hacen todos los años en Cannes: ¿quién se llevará la palma?

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El humor inglés es algo que todo el mundo percibe de un primer vistazo y que nadie sabe explicar. La serie Extras, coproducción de la HBO y la BBC, entra dentro de ese lugar común. Es diferente, en ocasiones muy divertida, a veces te hace sentir incómodo, a ratos te hace pensar.

La serie narra las peripecias de una pareja de extras en el rodaje de diferentes películas. En cada episodio hay una artista invitado. Podemos ver a Orlando Bloom, a David Bowie o a Samuel L. Jackson riéndose de sí mismos y del star-system. Se tocan temas como el narcisismo, la competitividad entre estrellas, el verdadero valor de un Oscar y la mejor forma de conseguirlo, y de paso se hace una autocrítica feroz a la idolatrada televisión pública británica.

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Es curioso este fenómeno, pues hay un montón de series norteamericanas o inglesas que tratan y critican temas como la guerra de Irak, la política exterior y la gestión del dinero público con una naturalidad ejemplar. Incluso como en el caso de Extras o en la dolorosamente cancelada Studio 60 on the Sunset Strip cuentan los entresijos de una cadena o programa televisivo: los tratos de favor, el consumo de drogas, la querencia por la audiencia fácil y el humor burdo, la censura encubierta y otro montón de trapos sucios. Aquí la mayoría de las series supuestamente humorísticas siguen ancladas en los chistes malos sobre Rouco Varela, la derechona y el tamaño del pene. También se agradece que en las buenas comedias no incluyan risas enlatadas, ya sabré yo cuándo reirme, no hace falta que me digan dónde está el chiste.

La  única pega de Extras, como buena serie inglesa, es que sus temporadas son de sólo seis capítulos. Una serie en apariencia sencilla, pero que esconde cargas de profundidad contra el mundo del cine y la TV. Sus protagonistas son capaces de llevar la humillación y la vergüenza a límites insospechados, y encima lo hacen con gracia. Si tuviera que apostar por quiénes inventaron lo políticamente incorrecto, diría sin duda que los ingleses.

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La cigüeña proveniente del Charles de Gaulle entró en barrena,
de las profundidades un niño-corcón guiará nuestro destino.

No le podremos llamar el elegido
porque se alimentará de bichos asquerosos y mondas de patata.
Obrará milagros repugnantes.
Ser anfibio no mola, ser anfibio no mola.

Que no lo vea Tim Burton, que no lo vea.
Le hará entonar absurdas canciones
y al final de la película nos pondremos tristes.
No busques la plastilina porque ya estará dura.

No quiere pan de Ritz, quiere pan del bueno.
Pobre niño-corcón,
sanearán el río y se morirá,
agonizando en aguas cristalinas.

Un capazo junto al río.
Un capazo junto al río.
Vacío.
¡Oh nena!
¡Oh!

David Fincher es un director al que muchos descubrimos con Seven, una vuelta de tuerca al cine negro que revolucionó un género que parecía exprimido. Son incontables las malas copias de esa película que se han hecho desde entonces con la fórmula “asesino en serie que va dejando recaditos al policía protagonista”.

Dos años después filma The game, película entretenida y original que ya nos viene avisando de que estamos ante un director diferente. Eso se ve más a las claras con El club de la lucha, que podríamos definir como película de culto. Mi definición de  película de culto viene a ser: película normalita que es adorada por una minoría. Es tramposa y violenta sin justificación. Eso sí, sabe tocar muy bien la fibra de cierto tipo de público: si tienes 15 años será tu película preferida, si has cumplido los 30 te resultará pretenciosa. Edward Norton, como siempre, está genial.

Después hace su filme más flojo, La habitación del pánico. Demasiado predecible para alguien del que esperamos que nos sorprenda. Tarda 5 años en rodar Zodiac, para la mayoría de los críticos una obra maestra. Me dormí dos veces viéndola, lo que no es ningún mérito ya que dura 158 minutos. Intenté darle una segunda oportunidad, pero en un momento dudé sobre si mi DVD estaba reproduciendo a la mitad de velocidad y decidí abandonar. Da cierto prestigio ir contra la opinión generalizada. Yo me guardo 3 balas para las discusiones cinematográficas: Zodiac es un pestiño, Bardem está normalito en No es país para viejos y Ciudadano Kane me aburre.

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El curioso caso de Benjamin Button me recordó al Fincher que más me gustaba, durante la primera hora disfruté como hacía tiempo que no lo hacía en un sala de cine. Se notaba la mano del guionista de Forrest Gump en algunas escenas que entrelazan las aventuras del personaje con sucesos históricos. Después la película baja, inevitablemente cuando un filme dura 167 minutos en algún momento tiene que flojear. Pero aún así, aunque yo le hubiera metido un tajo de casi una hora y le hubiera quitado kilos de azúcar, salí del cine con la sensación de no haber sido estafado, que no es poco.

Hay un trío de directores que ahora ya son cuarentones a los que decidí seguir la pista en su día: Cristopher Nolan, Bryan Singer y David Fincher. Por ahora me quedo con este último.