Hoy me ha dicho mi madre que en una noticia del periódico recomendaban cerrar la puerta de casa con llave cuando estás dentro. Se ha dado el caso de unos ladrones que trataron de forzar la puerta de una vivienda cuando el dueño se encontraba en su interior.

Cumplir esa recomendación, cerrar con llave y echar el pestillo, no me supondría un gran esfuerzo ni afectaría demasiado a mi calidad de vida pero ¿dónde está el límite? ¿Cuál es la probabilidad real de que alguien intente robar en mi casa estando yo en ella?

Seguramente es más probable que la gripe porcina se convierta en un grave peligro para mi salud. Puedo evitar desde hoy mismo el trasporte público para ir al trabajo, no ir mañana a Illumbe a ver al Bruesa ni cenar en un restaurante. Podría comprar una mascarilla y ponérmela al salir de casa, y de esa manera disminuiría el riesgo de contraer esa enfermedad. Estas medidas afectarían a mi calidad de vida, pero ¿para qué quiero calidad de vida si corro el riesgo de morir tosiendo y moqueando?

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Los medios de comunicación nos alarman constantemente y en nuestro interior se instala el miedo y la ansiedad se dispara: los vientos huracanados, la mochila abandonada en una esquina del vagón, el último virus informático que borra el disco duro, el violador que echa droga en tu bebida, los despidos masivos, el cáncer de piel si no usas crema solar, el meteorito que algún día acabará cayendo, el ratón dentro de las Ruffles, la falsa revisión de la caldera, los secuestradores de niños en los centros comerciales, etc.
No digo que todas las informaciones que recibimos sean exageradas o estén pensadas para provocar el pánico. Lo que ocurre es que muchas de ellas actúan sobre mecanismos primarios que nos impiden ver las cosas con un mínimo de objetividad.

¿Cuál es la responsabilidad de los medios? ¿Sabemos diferenciar las verdaderas amenazas del alarmismo? ¿Debo echar la llave mientras duermo?