Mayo 2009


Todo bloguero, en algún momento de su vida, escribe una entrada en la que habla de la piratería y pone a parir al canon, a la SGAE, a la ministra y a todo lo que se mueva. Estos suelen ser algunos de los argumentos:

- El canon es un abuso y un robo, y pagarlo me legitima para bajarme todo lo que me dé la gana.
- La banda ancha en España es de las más caras de Europa.
- Las discográficas nos han estado timando durante años vendiéndonos su música a precios abusivos.
- Según la legislación española la copia privada no es delito, así que no estoy haciendo nada ilegal.
- Las grandes compañías no han sabido adaptarse a las nuevas tecnologías.

Todo esto es cierto y lo suscribo de cabo a rabo. Ahora vienen las preguntas incómodas:

- ¿Si no existiera canon seguirías bajándote series, música, pelis y software?
-.

- ¿Si nuestra conexión a internet fuera la más barata de Europa seguirías usando el emule y el utorrent?
- Por supuesto.

- ¿Si los discos se vendieran a un precio que consideraras justo lo comprarías o te lo descargarías por la cara?
- Por la cara.

- Si mañana cambiaran la ley y fuera delito usar programas de intercambio de archivos, ¿dejarías de utilizarlos para bajarte pelis y música?
- No.

- ¿Pagarías  50 céntimos por descargarte una canción?
- No.

- ¿Pagarías 1 euro por bajar al disco duro el último capítulo de tu serie favorita?
- Nones.

- ¿Pagarías 1 céntimo por algo que puedes conseguir gratis?
- No.

Esta es la clave de la cuestión. Cuando uno se acostumbra a conseguir algo gratis luego es casi imposible convencerle de que lo pague. Podemos discutir durante horas sobre leyes y ética, pero al final este tema se basa en la aritmética y en la comodidad.

Hubo un tiempo en el que ver algo escrito en el reverso de la tapa de un yogur era sinónimo de premio.  Hubo un tiempo en el que las tapas de los yogures no se destrozaban al quitarlas.

yogur
Hubo un tiempo… ¿recuerdas?

Acaba de caer sobre mí la madre de todas las granizadas, así que creo que estoy con el estado de ánimo idóneo para hablar de políticos.

A pesar de mis dudas, Patxi López acaba de ser investido lehendakari. Encarna Patxi como nadie el político de perfil bajo que tan de moda está últimamente. Donde digo Patxi podría decir Basagoiti o Ibarretxe. Pasaron de la universidad a la carrera política y comenzaron a subir todos los escalones, en las juventudes del partido, como concejales o alcaldes y más tarde como parlamentarios. Funcionarios de partido.

Al final del camino llegan a dirigir más por eliminación que por capacidad de liderazgo o por unas ideas innovadoras. Han sobresalido tan poco en su carrera política, evitando decir nada incómodo públicamente, que no tienen prácticamente enemigos. Ese es su mayor mérito, ven como los rivales dentro de su propio partido van cayendo en luchas internas, desgastados, mientras ellos, mediocres entre medianías, esquivando puñales y apuñalando silenciosamente, tienen el camino expedito hacia el número uno.

Ninguno demuestra tener carisma, ni una gran cultura, ni ser un gran orador, ni tener facilidad para los idiomas, ni siquiera cierta gracia para pinchar a sus rivales. Los mismos sosos con distintos trajes. Cuando les hacen una pregunta todo el mundo sabe lo que van a responder antes de que lo hagan, y ellos cumplen con el guión establecido sin ningún esfuerzo. Tras tantos años politiqueando  han llegado a confundir lo que realmente piensan con lo que deberían decir, y muchos llegamos a dudar de que a estas alturas piensen algo por sí mismos.

Andar en bici, coleccionar vinilos o jugar al golf. Filtrando estas aficiones pretenden que los veamos como personas normales, como uno más. Yo no quiero que el lehendakari sea mi vecino de abajo. Quiero alguien diferente, con personalidad propia, que destaque entre los demás, que me mienta pero con arte, que no me haga buscar el mando a distancia cuando aparezca en la pantalla.

¿Es mucho pedir?