No sé mantener conversaciones intrascendentes. Es un hecho. Cuando coincido con alguien con el que no tengo demasiada confianza es un sinvivir, rebusco en mi memoria intereses comunes y no encuentro ninguno, o cuando lo encuentro ya nos hemos despedido. Asumo que el problema es mío, porque me siento estúpido hablando del tiempo, del siguiente pueblo en el que son fiestas o de “ese chico de tu edad cuya esquela viene hoy en el periódico”. Son temas de conversación importantes o socorridos para mucha gente, pero que a mí no me interesan en absoluto.

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No os penséis ahora que no disfruto hablando de banalidades, mi problema es que mis temas banales no son mayoritarios. Si a eso le unimos que me falta esa habilidad social para llenar los silencios con naturalidad, podemos asegurar que no soy el conocido idóneo para encontrarte cada seis meses en el autobús. Si por casualidades del destino coincidimos en el mismo espacio-tiempo, por el bien de ambos huye de mí, haz como que lees el periódico, finge una llamada de móvil o un infarto y evita mirarme. Si no tienes más remedio que saludarme e intercambiar unas palabras ten paciencia. Piensa que yo lo estoy pasando tan mal como tú, o incluso peor.

Otro día hablaré de mi incapacidad para hablar de temas trascendentales. Eso sí que tiene miga.