Julio 2009


Desde pequeños hemos tenido el ejemplo de nuestros padres, que consistía en que trabajando duro prosperabas y mejorabas tu calidad de vida. Así fueron apareciendo en las casas las vitrocerámicas, las calefacciones centrales, los lavavajillas y en algunos casos hasta llegaba para garaje.

Conclusión aprendida: si te esforzabas llegaba la recompensa.

Después nos tocó salir del nido, y hemos vivido en primera persona “el problema de la vivienda”. Salvo lotería VPO o familia con posibles, hemos tenido que retroceder unos años en el tiempo. Hemos recordado lo que pesaba una bombona de butano, lo que era pasar frío en invierno y lo que era limpiar los hierros del fuego de la cocina. A eso hay que añadir un panorama laboral desolador. Conceptos como mileurista están perdiendo su significado original. Hasta hace nada era un pringado, ahora mucha gente desearía que le ofrecieran cualquier trabajo donde cobrara eso o menos. Da igual tu nivel de preparación, tu expediente académico o tu experiencia laboral, eso no te garantiza nada en un gran número de casos.

Conclusión real: vamos patrás.

Es duro pensar que quizás los momentos más boyantes de nuestra vida ya los hayamos vivido. Nos hemos acostumbrado a vivir cada vez mejor y ahora eso ya no está garantizado. Es un problema mental, de capacidad de adaptación, de aprender a convivir con la incertidumbre.  Es necesario un reajuste de las expectativas, y aquí es donde surge el problema. Nadie parece querer aceptar una rebaja en su nivel de vida.

Conclusión final: y yo qué sé.

Lo de la llegada a la luna nos pilló a muchos nonatos. Tenemos que buscar en nuestra memoria otro tipo de recuerdos, como los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988.  Estos juegos son recordados por la estratosférica carrera y posterior descalificación por dopaje de Ben Johnson. También fueron los últimos juegos en los que participaron la URSS y la República Democrática Alemana con ese nombre.

A la juventud surcoreana -futuros parlamentarios-  lo que más le impresiónó fue la victoria de Carl Lewis en salto de longitud y la medalla de oro de su compatriota Kim Young Nam en lucha grecorromana. A las pruebas me remito:

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Miércoles 15 de julio a las 18:00 horas. Estas son las noticias más vistas en las ediciones digitales de cuatro periódicos nacionales.

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Llevamos años hablando sobre la programación televisiva y las audiencias, que si fue antes el huevo o la gallina, que si vemos mierda porque no hay otra cosa, que si no me gusta pero lo sigo porque lo ve mi novia, que si patatín que si patatán.

Pues bien, en internet, entre cientos de noticias de todo tipo, solos ante el peligro, en plena posesión de nuestras escasas facultades, en casa o en el trabajo, las que más pinchamos son las que ves y nuestras vergüenzas quedan al aire.

En los puestos de las fiestas se vende absolutamente de todo. La última moda es poner a la venta buzones de correos. No os penséis que es una burda réplica, viene con  óxido y restos de orines en la base. El revival lo inunda todo, el cubo de Rubik, el musical de Mecano y ahora esto.

buzon

Beneficios de tener un buzón en tu salón:

- Puedes echar cartas  sin  gastar dinero en sellos. Ideal para estos tiempos de vacas flacas.
- Ideal para casas sin cuarto oscuro y con niños revoltosos.
- Te evitas poner el remite.
- Cualquier envío es urgente, casi instantáneo.
- Posibilidades ilimitadas de hacer la broma de meterte dentro del buzón y lanzar la carta fuera según la echan.
- Cuando tu equipo de fútbol estrelle un balón en el poste propinamos un fuerte puntapié al buzón causando un gran estruendo metálico en todo el edificio. Desahogo inmediato.
- Urinario de emergencia.

En fin, que prácticamente se vende solo. Otro día hablaremos de los beneficios de poner un buzón en el baño.

De un tiempo a esta parte tenemos el “¡Qué grande!” hasta en la sopa. Hazañas deportivas,  conquistas amorosas, todo el que consigue algo meritorio “es un grande”.

Ha ido calando en nuestro lenguaje y aunque cada vez me chirría menos -fruto de la repetición- sigo frunciendo el ceño cada vez que lo oigo.

Creo que la primera vez que lo escuché fue en boca de Boris Izaguirre en Crónicas Marcianas. Era el Boris desatado con su spanglish de burgués venezolano. De hecho apostaría a que nuestro “grande” es una burda traducción del “great!” usamericano.

No siempre está tan mal usado, por ejemplo en esta conversación ficticia que sintonicé  a las 8:24 de la mañana:

-¿Te has enterado de que los Lakers han ganado  la NBA?
-¿Sí? ¡Qué grande Pau Gasol!

Creo que no hay nada que hacer ante esta invasión. Los periodistas deportivos, siempre ávidos de adjetivos inanes,  ya lo usan con asiduidad,  y ante eso no hay nada que podamos hacer. Quién sabe si mutará en algo peor.

Todavía recuerdo cuando criticaba a los que se despedían con un “¡venga!”, que es una de las formas más absurdas de poner fin a una conversación. A los pocos meses me despedí de un amigo de esa manera. Al percatarme sentí un escalofrío en la nuca y una sonora colleja.

Era mi yo del pasado que volvía para vengarse.