Desde pequeños hemos tenido el ejemplo de nuestros padres, que consistía en que trabajando duro prosperabas y mejorabas tu calidad de vida. Así fueron apareciendo en las casas las vitrocerámicas, las calefacciones centrales, los lavavajillas y en algunos casos hasta llegaba para garaje.

Conclusión aprendida: si te esforzabas llegaba la recompensa.

Después nos tocó salir del nido, y hemos vivido en primera persona “el problema de la vivienda”. Salvo lotería VPO o familia con posibles, hemos tenido que retroceder unos años en el tiempo. Hemos recordado lo que pesaba una bombona de butano, lo que era pasar frío en invierno y lo que era limpiar los hierros del fuego de la cocina. A eso hay que añadir un panorama laboral desolador. Conceptos como mileurista están perdiendo su significado original. Hasta hace nada era un pringado, ahora mucha gente desearía que le ofrecieran cualquier trabajo donde cobrara eso o menos. Da igual tu nivel de preparación, tu expediente académico o tu experiencia laboral, eso no te garantiza nada en un gran número de casos.

Conclusión real: vamos patrás.

Es duro pensar que quizás los momentos más boyantes de nuestra vida ya los hayamos vivido. Nos hemos acostumbrado a vivir cada vez mejor y ahora eso ya no está garantizado. Es un problema mental, de capacidad de adaptación, de aprender a convivir con la incertidumbre.  Es necesario un reajuste de las expectativas, y aquí es donde surge el problema. Nadie parece querer aceptar una rebaja en su nivel de vida.

Conclusión final: y yo qué sé.