agosto 2009


Hay ocasiones en las que no me queda claro si como civilización hemos tocado techo o fondo. Recibo señales contradictorias.

En un vagón, un hombre a unos auriculares pegado, con el rostro desencajado por la emoción canta el estribillo de “Agapimú”. Techo. Telefoneo a una gasolinera (establecimiento)  y pregunto si tienen butano. La gasolinera (persona) me informa de que acaban de recibirlo pero no me asegura que en 20 minutos le vayan a quedar 2 bombonas. Salgo de casa en una especie de chandalpijama,  corro hacia el coche y llego a la estación de servicio en un tiempo récord. Compro las dos bombonas, las meto en el maletero y las subo a pulso a un tercero sin ascensor. Fondo. Me conecto a internet y pido una caja de naranjas de Valencia, que me traen a la puerta de mi casa en pocos días. Techo.

peaje2

En mi primer día de vacaciones cuarenta minutos de retenciones por un peaje en una autopista de pago. Fondo. Estoy sentado en un parque, se me acerca un niño de unos tres años, coge un gusanito pisoteado del suelo y me lo ofrece. Techo. Voy en bici por un bidegorri y me adelanta un tío corriendo. En paz.

Telmo cumple mañana 65 años y hoy es su último día de trabajo. Regenta una tienda de souvenirs cerca del puerto de San Sebastián. Desde el escaparate hay una vista espléndida al mar, que contempla pensativo. Hace ya 48 años que abre todos los días del año el negocio, tal como hicieron su padre y su abuelo.

—El turista es muy hijodeputa, Telmo —le solía decir su abuelo— no se toma nunca vacaciones.

Luisa está deseando que Telmo regrese a casa. Le preocupa cómo afrontará su marido su jubilación. Su vida tampoco ha sido fácil, ha tenido que criar prácticamente sola a seis hijos a cada cual más tonto. Ni un día de vacaciones en todos sus años de matrimonio, por si fuera poco sufría al ver a Telmo con sus constantes achaques.

—¿Y si trasladamos la tienda a un pueblecito de Palencia? —le dijo en cierta ocasión— allí casi no habrá turistas y el clima seco te irá muy bien. Podríamos cerrar los lunes por la tarde y dar un paseo.
—No lo veo, Luisa, no lo veo —replicó Telmo mientras buscaba sus gafas.

El empobrecimiento del semen lo había hecho todo más difícil. Tres de sus hijos habían tenido que recurrir a la fecundación artificial, lo que significaba que en total contaban con 17 nietos y un semoviente. Como sus hijos no eran demasiado listos tenían que trabajar para vivir, lo que hacía que su casa estuviera siempre llena de pequeños malcriados que no paraban de gritar, pegar, regurgitar y cagarse encima y debajo de todo.

—Estoy cansada —le confesó una vez a su marido— ya no tenemos edad para cambiar pañales y correr detrás de estos diablillos.
—Tenemos 23 años y acabas de dar a luz a nuestro segundo hijo —contestó Telmo— ya verás cuando tengas 65 y te toque cuidar de los hijos de nuestros hijos.

Mientras recordaba ese momento oyó cómo la puerta se abría. Telmo entró con el rostro serio. Se dirigió hacia ella y dijo:

—Luisa, estoy hasta los huevos. Me he pasado toda la vida trabajando, viendo como los demás disfrutaban de sus vacaciones mientras el salitre y la humedad penetraba en mi cuerpo y me iba amargando más y más.
—Bueno Telmo, nunca has sido precisamente la alegría de la huerta.
—No trates de animarme. Tú tampoco has podido disfrutar de la vida, criando a unos egoístas que no te han dado ni una sola satisfacción.
—Cuando Sebas tocó “Cumpleaños feliz” con la flauta dulce casi sin equivocarse…
—No intentes engañarte, sabes tan bien como yo que nuestra felicidad ha sido siempre la última prioridad.
—Es cierto.
—Pero eso se acabó, he sacado todo nuestro dinero del banco y mañana mismo alquilamos un coche y nos vamos hacia el sur para cumplir el sueño de toda mi vida.
—¿Qué sueño Telmo?
—Dejar de ver el mar.
—¿Y dónde me coloca a mí todo esto?
—En el asiento del copiloto.
—¡Telmo!
—¿Luisa?
—¡Telmo!
—¿Luisa?
—¡Telmo! ¿Dónde estás?
—Estoy en el cuarto poniéndome las pantuflas. Ahora voy.

Cuando regresó al salón Telmo vio en los ojos de su mujer un brillo especial, un brillo que no había vuelto a ver desde hacía muchísimos años, cuando aceptó su proposición de matrimonio.

—Telmo, me noto extraña.
—¿La emoción tal vez?
—No, los dos lingotazos a la botella de chinchón durante tu ausencia.
—¿Qué me dices, Luisa?
—Vámonos Telmo, vayámonos para no volver jamás.

Al día siguiente, bien temprano y ligeros de equipaje, alquilaron un twingo amarillo y emprendieron rumbo a lo desconocido. Nunca más se volvió a saber de ellos.

¡Te dije que durante mi ausencia regaras el bonsai una vez a la semana, NO UNA SEMANA CADA VEZ!

malentendido

¿Habrá alguna cultura en la que un niño con esta cara invite a comprar ropa? Mandíbula desencajada, pupilas dilatadas y una flor en la oreja. Parece que está inspirado en la comunión de Pocholo.

maniquises
Si lo hubiera visto en el Guggenheim pensaría que es una brillante denuncia de la sociedad de consumo y de la pérdida de la inocencia, mostrando una infancia que cada vez se acorta más, que asume responsabilidades impropias de su edad y que copia comportamientos adultos en cuanto a drogas y sexo. Pero en el escaparate de una tienda de barrio no me engañan…

Que la UNICEF tome cartas en el asunto.