Septiembre 2009


Algunas frases van calando y si no estás muy atento, corres el peligro de que te acompañen toda la vida, como verdades innegables ajenas a las circunstancias.

En lo que respecta a la economía o al mercado de trabajo es doblemente preocupante. Conceptos como “trabajo fijo” o “comprar un piso” significaban una cosa en los años 60 y ahora otra muy diferente. Si pensamos en los años que tardaron nuestros padres en pagar su casa y en lo que tardamos nosotros en hacerlo hoy en día, es inevitable pensar que mucho han cambiado las cosas como para que ciertas sentencias sigan teniendo validez.

La frase “comprar un piso es tirar el dinero” no se escucha con demasiada frecuencia. A día de hoy parejas jóvenes con sueldos normales compran pisos a pagar en 30 ó 35 años, con unas cuotas mensuales que varían en función del Euribor, que es un numerito que  nadie tiene claro cómo va a evolucionar a medio plazo. Mientras tanto los pisos se devalúan cada día y la inestabilidad laboral aumenta. Todo esto, por supuesto,  es susceptible de cambio en unos años, puede ser que el mercado inmobiliario se recupere y que los que ahora me parecen suicidas sean en realidad astutos inversores. Todo es posible.

Lo que me sorprende es que personas de menos de 35 años afirmen con una gran convicción que “alquilar  es tirar el dinero”. Los  padres merecen un respeto y hay que tratar de aprender de su experiencia, pero ciertas enseñanzas hay que revisarlas de vez en cuando. Por si acaso.

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Llevando la contraria a la sabiduría popular, este gato  cayó de cabeza. Se despertó en mitad de la calle y a raíz del golpe se borraron buena parte de sus recuerdos. No sabía volver a casa y había perdido la facultad de maullar, por lo que emitía un sonido a medio camino entre el ladrido y el zureo. Un claro caso de  amnesia gatuna.

Conservaba no obstante algunos recuerdos, como un par de números de teléfono y algunas nociones de ofimática. Eso fue de gran ayuda cuando se coló por la noche en la biblioteca municipal y se conectó a internet.

-¡Mierda de Internet Explorer! -ladrozureó para sus adentros.

Buscó en la red de redes la imagen de un gato que se le pareciera y diseñó e imprimió el anuncio. Encontró cinta adhesiva con facilidad -a pesar de no estar en época de celo- y salió de la biblioteca. Ya en la calle pegó el anuncio en un lugar de paso y se metió debajo de un coche, lamentando no haber orinado cuando tuvo oportunidad en los libros de Paulo Coelho.

El Cartel-E ha recibido su primer comentario.

cartel-e-comentario

El dueño de Duque era multimillonario. Un domingo de marzo, en plena resaca de Pétrus, decidió invertir la mayoría de sus ahorros en Lemon Brothers, unos malabaristas montenegrinos que basaban su espectáculo en pasarse limones en llamas con los ojos vendados. Era un negocio de alto riesgo, pero Frank -así se llamaba el amo de nuestro perro- tenía una corazonada con estos artistas. Los había visto actuar en un puticlub de carretera y desde el primer momento vio algo en ellos.

-Con el Cirque du Soleil casi me duermo pero estos tíos me han tenido en tensión en mi taburete durante hora y media -le dijo a su incrédulo contable.

-Pero Frank, invertir el 110% de tus ahorros…

-No soy un romántico ni un pardillo, mi intención es duplicar mi inversión o como mal menor cuadruplicarla -se le veía emocionado y nervioso, gesticulaba exageradamente como un mimo que acabara de meterse su primera raya.

Les preparó una gira por grandes estadios, un escenario del tamaño de un campo de fútbol, publicidad en los principales medios, los Rolling Stones de teloneros y Massiel como speaker. Todo atado y bien atado.

A falta de tres días para iniciar la gira mundial, con todo el taquillaje vendido, Zoran -el hermano pequeño de los Lemon Brothers- sufre un accidente en un ensayo. Se coloca mal la venda y una gota de limón le entra por un ojo y le sale por la boca, sin dañar ningún órgano vital.

Este percance hace que Zoran se cuestione su modo de vida y la víspera del gran día comunica a sus hermanos que abandona el mundo del espectáculo. Tras oir esto, los Lemon Brothers deciden separarse.

Frank está arruinado. Agobiado por las deudas, hundido y solo, se descubre un día a cuatro patas comiendo del plato de Duque. El perro, ante esta visión, huye de la casa no sin antes tratar de montar a su dueño.

Mientras otros se arreglaban con cuatro perras, Duque estaba acostumbrado a una vida fácil. Comida en abundancia, sexo al aire libre y palmaditas en el costado. De repente se ve en la calle, avergonzado y sin recursos, sin más opciones que la mendicidad.

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Así lo encontré. En cuanto alguien se acerca al cajero, se levanta y te mira con unos enormes ojos tristes. La inconfundible mirada de aquel que teniéndolo todo lo perdió por culpa de una gota de limón.

Para cuando se quiso dar cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, parpadeó.

parpados

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Hay gente que fuma como hipnotizada, un cigarro, luego otro, y otro, y otro hasta meterse dos paquetes diarios entre pecho y espalda. Es un problema que está en la calle y del que no se habla lo suficiente.

Por eso me gustan iniciativas como la de esta imagen. Fumar con hipnosis es malo y hay que luchar contra ello. La gente debería fumar porque les gusta el sabor del tabaco, porque está enganchada a la nicotina, porque está estresada o simplemente como trampolín hacia otras drogas más duras. Nunca se debería fumar con hipnosis, ya que no le estás sacando todo el partido a  uno de los grandes placeres de la vida.

Como suele pasar, las empresas privadas son las que dan ejemplo, toman la iniciativa  y tratan de acabar con esta lacra del fumador hipnotizado. Son 240 euros la sesión y como puedes ver todavía hay tres plazas.

Apaga ahora mismo el cigarro que estás fumando, enciende otro y corre a reservar tu sitio.

Tras las vacaciones me encontraba perdido, sin rumbo, como si viviera en una canción de Los Panchos. Pero hace un par de días todo cambió. Me  levanté, miré por la ventana y vi esto:

plan-e

Alguien tiene un plan y me lo hace saber. Desde entonces salgo del portal, lo veo y me siento partícipe de algo importante. No soy un mierda que va a currar, formo parte de un plan. No entiendo muy bien en qué consiste y han jodido un jardincillo, pero ningún plan triunfa desde la desconfianza.

Aún así a veces pienso por qué habrán fracasado el plan A, B, C y D y lo dudo, lo dudo, lo dudo como si viviera en una canción de Los Panchos.