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Animado por los carteles que decoraban mi barrio, decidí apuntarme al curso de autodefensa femenina. Siempre que iniciaba una relación con una mujer acababa herido, despreciado y abandonado. ¡Cuántas veces había soportado esa fría mirada del dibujo!

La última vez había sido la más dolorosa, mi prometida se había liado con mi propio hermano. La boda se suspendió en el peor momento, justo cuando acababa de echar las invitaciones al buzón. 157 humillaciones viajaron con billete de vuelta.

Habían pasado unos meses y ya estaba harto de autocompadecerme, de escuchar “Famous blue raincoat” en modo repeat durante horas, del chándal de estar en casa y de las pizzas Casa Tarradellas. El cartel apareció ante mí como una señal, como una oportunidad de empezar de nuevo.

Me presenté en la primera clase y me extrañó ver que era el único hombre. No comprendía nada, hasta que entró la monitora con un kimono de karate y al verme dijo:

-Parece que tenemos un voluntario para el papel de agresor. Colócate en el centro del tatami.

En ese momento, arrastrado por un impulso atávico que me impedía desobedecer a una mujer, caminé cabizbajo hacia donde me había indicado para hacer lo que mejor se me daba: ser el saco de las hostias.