-Y en ese momento sentí una mezcla de orgullo y decepción, como cuando te entra la tía más fea del bar.

El hombre de gafas escucha con las manos entrelazadas. Cuando el joven acaba la frase mira el reloj de pared y se incorpora un poco en la butaca. Comienza a hablar de forma pausada.

-Me temo que nos queda poco tiempo, debemos ir acabando.

-Claro, claro -asiente el joven nerviosamente.

-Creo que en las últimas sesiones hemos avanzado mucho. Aún así, veo ciertas actitudes que hay que tratar de corregir -se quita las gafas y las deja sobre la mesa, se pone de pie lentamente y cuando está totalmente erguido su brazo derecho sale disparado a gran velocidad hacia el joven propinándole una sonora bofetada que a punto está de hacer volcar la silla. Aprovechando la inercia pendular el brazo maltratador vuelve a adquirir velocidad en sentido contrario y la mano impacta de revés sobre el moflete del muchacho consiguiendo que las cuatro patas del asiento vuelvan a tocar el suelo.

El joven -visiblemente azorado y azotado- contempla con la boca abierta como el psicólogo al que lleva pagando 65 euros semanales desde hace más de cuatro años -el mismo que siempre le escucha educadamente sin levantar una ceja más que la otra- se vuelve a sentar en su butaca, levanta la vista dirigiéndola hacia él y le dice:

-Y por cierto, mi mujer era la más fea del bar y yo le tuve que entrar a ella.