febrero 2010


Viajo en un autobús atestado de gente, de pie y agarrado a la barra bailando una lambada a cada curva. A mi lado un negro de unos 50 años, a escasas micras de distancia, me va castigando el hígado con su maletín al más mínimo cambio de velocidad. Se percata de lo incómodo de la situación y con una sonrisa llena de dientes me tiende la mano.

- Sorry, my name is Colin Dante.

- Me lo imaginaba.

-Que un montón de moscas revolotee sobre tu cabeza no te convierte en un enorme trozo de mierda.

Una mujer de edad y peso indeterminados, de profesión echadora de cartas,  me mira con el ojo izquierdo medio cerrado. Parece que la mecánica está clara: extrae una carta de la baraja, la coloca sobre la mesa, la mira, hace una pausa dramática de un par de segundos y me habla.

-Hay tres mujeres en tu vida.

Correcto. Mi madre, mi hermana y mi novia. Citadas in appearance order en mi película vital. Estiré las piernas, notaba como poco a poco me iba relajando.

-¡La puta que te parió, la guarra que te crió y la cerda que te la chupó!

Eso me cogió de improviso. Entendía que había más de una forma de interpretar la realidad, pero lo que acababa de escuchar me pareció excesivo. La mujer levantó lo brazos en señal de disculpa.

-Perdona el lenguaje, hijo mío, pero acabas de pisarme el juanete y no he podido contenerme.

Recogí las piernas y me acordé de los cabrones de mis amigos. La semana que viene me iba a casar y este era el comienzo de mi despedida de soltero. Vete a esta dirección el sábado a las nueve de la mañana, me dijeron tras darme una tarjeta.

-Hay tres mujeres en tu vida -prosiguió. La lujuria, la infidelidad y la mentira.

Asentí. Estaba dispuesto a tragar con todo para salir de allí cuanto antes. Al entrar en el piso de aquella mujer pensé que todo esto no era más que una broma de mis amigos, pero al pasar a la habitación donde echaba las cartas deseché la idea. Las paredes estaban cubiertas por unas telas negras y la estancia estaba repleta de estatuillas de vírgenes, velas y crucifijos, algunos de ellos dados la vuelta. Me fijé también en unas fotos enmarcadas, en una aparecía junto al Papa Wojtyla y en otra con la pitonisa Lola. Esta mujer era una echadora de cartas de verdad. Me la habían jugado bien.

-No puedes engañar a tu futura esposa toda la vida. Esa prostituta que frecuentas te acabará llevando a la perdición.

Nunca había sido infiel a mi novia. No por falta de oportunidades, sino más bien por ausencia de ellas. La mujer ya no sacaba cartas de la baraja, parecía que estaba a punto de soltar la traca final.

-Ahora, cariño, vas a saber lo que es poseer a una hembra en celo -dicho esto se levantó, se quitó a la velocidad del rayo el jersey que la embutía y mostró sus pechos y la parte superior de una faja color carne (¿o carne color faja?) luego rodeó la mesa con una rapidez impensable para su índice de masa corporal sentándose en mis rodillas de un salto.

Todavía con la boca abierta pensé en las posibilidades que tenía de salir de aquella situación con decoro. Para cuando me quise dar cuenta la vieja había acertado en su predicción.

En el año 2058, a raíz de la emisión en la televisión pública china de un documental sobre los orfanatos en España, se disparan las peticiones de adopción de bebés españoles entre la población china.

Si el porcentaje de varones que se han medido el pito alguna vez a lo largo de su vida es alarmante, no lo es menos el número de personas que introducen su nombre y apellidos en los buscadores de internet. ¿Qué tienen en común ambos grupos? Aparte de que justifiquen su actitud con un cobarde “por curiosidad”, es muy probable que tengan un blog.

La necesidad de trascender es inherente al ser humano. Ignoro si la búsqueda de la aprobación y del cumplido está en nuestros genes, pero es indudable que da gustito. Todo eso se refleja en la necesidad de escribir un blog. Si decides hacerlo es porque piensas que tienes algo interesante que contar, algo que merece la pena transmitir y hacer público. ¿Dónde coloca eso al autor de un blog? ¿Soy un cabrón engreído?

Son muchos los mecanismos que empleamos  a diario para tratar de salirnos de la mediocridad. A veces son trampas baratas (no tengo el pito pequeño, tengo el resto del  cuerpo demasiado grande), pero en otras ocasiones se trata de complejas teorías que hemos ido construyendo durante años con el fin de huir de la normalidad y de todas sus connotaciones negativas. ¿Tiene algún sentido que la mayoría de nosotros piense que las personas con las que se relaciona son especiales? ¿Tus amigos son islotes en un mar de vulgaridad? ¿Qué fórmula estadística es capaz de soportar ese absurdo?

Llevo luchando contra la vanidad toda mi vida (soy el mejor luchador contra la vanidad) y todavía no he sido capaz  de evitar hincharme como un globo ante el más mínimo elogio. Soy débil, vanidoso y engreído. Mi entorno se compone de personas más inteligentes, cultas y sensibles que la media. Tengo un blog porque me creo superior a los demás, que son incapaces de escribir tres palabras sin cometer algún atentado contra el lenguaje. Pero lo peor de todo, con muchísima diferencia, es que soy normal.

Tendría unos 20 años cuando conocí a Jorge. Nuestro primer encuentro todavía lo tengo grabado.

-Eres muy flaco y hablas demasiado bajito -me soltó mientras me miraba fijamente con los ojos como platos.
-En realidad soy demasiado alto para mi peso -le contesté con un chiste prestado.
-Los graciosos no me gustan. Siempre esconden algo.

Su cara se entristeció. Bajó la vista hasta el vaso de kas naranja que sujetaba con ambas manos y se fue dando la vuelta a cámara lenta para irse a la otra punta del bar.

Decían que Jorge estaba transtornado y que si no tomaba sus 10 pastillas diarias se convertía en una persona peligrosa. Podías pasar meses sin verlo y de repente encontrártelo todos los días. Pululaba de bar en bar, se sentaba a tu lado sin pedir permiso y te hablaba o intervenía en las conversaciones como si fuera de la cuadrilla. Tal y como venía se iba.

-Me aburrís -y según lo decía se levantaba y se marchaba del bar.

Era como un niño grande, decía lo primero que se le pasaba por la cabeza. Aún así, y a pesar de las barbaridades que salían por su boca, jamás atisbé una pizca de maldad,  ironía o cinismo en sus palabras. Hablar con él suponía un ejercicio curioso, de puro malabarismo, porque era capaz de desarmarte en un segundo. Eso hacía que tuvieras que adaptarte a un lenguaje mucho más básico y emocional.

-Estás triste -me dijo en cierta ocasión nada más verme.

Como siempre, había acertado de pleno. Le conté un problema que me estaba obsesionando y al acabar, Jorge se levantó del taburete, me dio un abrazo y se echó a llorar en mi hombro. Sollozaba sin hacer demasiado ruido, con calma. Yo sostenía su abrazo, avergonzado por sentirme tan incómodo. Al poco rato se separó y con los ojos enrojecidos se fue por donde había venido. Era imposible no cogerle cariño.

La última vez que me encontré con él cojeaba ligeramente y tenía moratones en la cara, como si le hubieran pegado.

-¡Jorge! ¿Qué te ha pasado?

Se paró, me escrutó de arriba a abajo con extrañeza y sin abrir la boca siguió su camino.

Han pasado varios años desde aquel día. Por el pueblo circulan distintas versiones para explicar su desaparición. Unos dicen que lo internaron en un psiquiátrico, otros que se tiró a las vías del tren y los más optimistas aseguran que se mudó con su familia a un pueblecito de la costa mediterránea.

Yo todavía le busco con la mirada al entrar a alguno de los bares que solía frecuentar. Deseando y temiendo encontrarme con él.

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