Si el porcentaje de varones que se han medido el pito alguna vez a lo largo de su vida es alarmante, no lo es menos el número de personas que introducen su nombre y apellidos en los buscadores de internet. ¿Qué tienen en común ambos grupos? Aparte de que justifiquen su actitud con un cobarde “por curiosidad”, es muy probable que tengan un blog.

La necesidad de trascender es inherente al ser humano. Ignoro si la búsqueda de la aprobación y del cumplido está en nuestros genes, pero es indudable que da gustito. Todo eso se refleja en la necesidad de escribir un blog. Si decides hacerlo es porque piensas que tienes algo interesante que contar, algo que merece la pena transmitir y hacer público. ¿Dónde coloca eso al autor de un blog? ¿Soy un cabrón engreído?

Son muchos los mecanismos que empleamos  a diario para tratar de salirnos de la mediocridad. A veces son trampas baratas (no tengo el pito pequeño, tengo el resto del  cuerpo demasiado grande), pero en otras ocasiones se trata de complejas teorías que hemos ido construyendo durante años con el fin de huir de la normalidad y de todas sus connotaciones negativas. ¿Tiene algún sentido que la mayoría de nosotros piense que las personas con las que se relaciona son especiales? ¿Tus amigos son islotes en un mar de vulgaridad? ¿Qué fórmula estadística es capaz de soportar ese absurdo?

Llevo luchando contra la vanidad toda mi vida (soy el mejor luchador contra la vanidad) y todavía no he sido capaz  de evitar hincharme como un globo ante el más mínimo elogio. Soy débil, vanidoso y engreído. Mi entorno se compone de personas más inteligentes, cultas y sensibles que la media. Tengo un blog porque me creo superior a los demás, que son incapaces de escribir tres palabras sin cometer algún atentado contra el lenguaje. Pero lo peor de todo, con muchísima diferencia, es que soy normal.