Viajo en un autobús atestado de gente, de pie y agarrado a la barra bailando una lambada a cada curva. A mi lado un negro de unos 50 años, a escasas micras de distancia, me va castigando el hígado con su maletín al más mínimo cambio de velocidad. Se percata de lo incómodo de la situación y con una sonrisa llena de dientes me tiende la mano.

- Sorry, my name is Colin Dante.

- Me lo imaginaba.