mayo 2010


Gustav siempre tuvo la sensación de haberse adelantado a su tiempo. De hecho fue cuatrimesino, al nacer era poco más que un espermatozoide con sobrepeso. La matrona llegó a decir que más que un parto aquello había sido un exabrupto.

Durante sus primeros años de vida Gustav fue un niño de salud frágil. Eso no impidió que fuera un alumno aventajado. Con 4 añitos resolvía ecuaciones de segundo grado y padecía quemaduras de tercero. Su piel era extraordinariamente sensible a los rayos solares. Esta afección le obligaba a impregnarse a diario con un ungüento compuesto por sebo de carnero y leche de toro, lo que le proporcionaba un aspecto fantasmagórico y un olor nauseabundo.

Como consecuencia de sus buenas notas, su cara pringosa y blanquecina y su olor, su vida social se resentía. En la escuela los niños le hacían burla y las niñas ni eso. Acabó el instituto con ocho años y con doce fue nombrado decano de la Facultad de Ciencias. Su precocidad no conocía límites, su primera novia le dejó antes de conocerle y tuvo su tercer hijo antes que el segundo.

Lo que para los demás era complicadísimo a él le parecía un juego de niños y viceversa. En cierta ocasión sufrió una crisis de ansiedad tratando de abrir el envoltorio de unas lonchas de queso Havarti. También era un desastre en la vida familiar, nunca llegó a aprenderse el nombre de su mujer y a todos sus hijos les llamaba  “Kelvin”. Años más tarde descubrió que toda su descendencia estaba compuesta por mujeres.

Al final de sus días se llegó a arrepentir de algunos de sus comportamientos. En su lecho de muerte, consumido por los remordimientos, pronunció una frase demoledora:

- Si no hubiera malgastado tantos años cuidando de Kelvin…

Y expiró.

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Compro una tarta de manzana en un supermercado. Llego a casa, abro el envoltorio y descubro que debajo de la capa superior de manzanas troceadas hay bizcocho, no tarta. ¿Qué mente enferma ha podido maquinar esto? ¿Qué infrahumano resentido es capaz de idear algo tan retorcido?

Sé que la maldad existe, pero procuro apartarla de mi vida en la medida de lo posible. Trato de rodearme de gente buena, que me quiere y me respeta.  Sin embargo, ver la perversidad tan de cerca rasga la burbuja de amor y confianza que tanto me ha costado construir.

Me he vuelto desconfiado y arisco. El otro día un chaval me preguntó la hora y le di una patada en los huevos. Me fui corriendo y al instante me arrepentí, tenía que haberme quedado a patearle las costillas. Oigo voces en mi cabeza que dicen cosas sin sentido como “friega los platos” o “vas a perder el autobús”. Pienso constantemente en comprar una escopeta de balines, entrar en una Oficina del Consumidor y liarla parda.

La tarta de manzana, por cierto, muy buena. Todo un descubrimiento.

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