octubre 2011
Archivo mensual
Mie 26 oct 2011
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La mañana del 11 de marzo del año 2004, tras enterararme por la radio de los atentados en Madrid, salí a la calle a tomar el aire. Tras un pequeño paseo entré a un bar. En la barra un hombre al que conocía porque trabajaba de cara al público en el ayuntamiento, le dijo a la camarera a un volumen suficiente para que le escuchara todo el bar algo así como “Hombre, si el gobierno no quiere negociar es normal que pasen estas cosas”. En la tele del local las imágenes de los trenes destrozados no parecían acabarse nunca. En aquellos momentos todavía pensábamos que había sido ETA.
Mi cara de asco cada vez que me cruzo con el sujeto del bar no va a dejar de aparecer en función de si ETA decide cesar su actividad, disolverse o suicidarse masivamente. Tampoco voy a empezar a saludar ahora al vecino de mis padres que se ha pasado 20 años vociferando Gora ETA militarra en todas las manifestaciones y concentraciones en las que tomaba parte.
Se me podrá acusar de reducir un problema político muy complejo a una cuestión puramente moral, de buenos y malos. Puede que sea verdad, pero tampoco acabo de entender por qué buena parte de la sociedad repudia al que dice de una violada que iba provocando, pero no al que justifica coches bomba que matan y mutilan. Ya sé que estas actitudes no surgen espontáneamente, que existe un caldo de cultivo que las ha ido favoreciendo, pero cuando ese caldo lleva cocinándose más de 40 años su lugar natural debería ser el retrete. No soy tan corto de miras como para pensar que la mitad de mi pueblo brindaba con champán tras un atentado, pero que nadie me pida ningún esfuerzo para entender a ciertos seres despreciables. Algunas opiniones y comportamientos no serán delictivos, pero son suficientes para que no quiera que las personas que los llevan a cabo formen parte de mi vida, ni siquiera a modo de saludo en la escalera.
Ahora algunos tienen mucha prisa. Hablan de reparación, de cerrar las heridas, de reconciliación y conviviencia. Lo sospechoso es que muchos de los que lo piden son los mismos que comparan un accidente de tráfico volviendo de Soto del Real con un tiro en la nuca. La exigencia de equidistancia -esa cosa que aparece en los libros de geometría y que en la vida real es imposible alcanzar- empieza a cansar. Cuando defiendo que es repugnante matar a Bin Laden o a Gadafi como a perros nadie me pide explicaciones, no dan por hecho que aplaudiera cuando cayeron las Torres Gemelas ni que apoyara las barbaridades cometidas por el dictador libio. Por estos lares, sin embargo, a la mínima alusión a las víctimas de ETA siempre hay alguno que te hace aclarar que también condenas al GAL, las torturas y el cierre de Egunkaria. No me cuesta nada condenarlo, pero me repatea que los que me lo exigen sean los mismos que son incapaces de conjugar el dichoso verbo al referirse a ETA.
Que nos dejen disfrutar del momento que llevamos tantos años esperando. Que nos dejen saborearlo a los que lo hemos deseado de verdad, no únicamente con fines electorales. Y si al final, como dicen los expertos en resolución de conflictos, el denominador común en estos procesos es la impunidad, que me dejen tranquilamente convertirme en un rencoroso y en un amargado. Por favor.
Vie 21 oct 2011
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Era el 21 de octubre del 2011. Aprovechando la tarde soleada, salí a dar un paseo por la playa de La Concha. Los gritos en la lejanía se convirtieron en la figura de un niño de unos 40 años que se acercaba corriendo. Se paró frente a mí, cogió aire y con la mirada translúcida lo soltó:
-¡Chanquete ha muerto!
Esperé un poco para ver si caía fulminado como un filípides cualquiera. Al no suceder, di media vuelta y seguí mi camino. Me acuerdo como si fuera ayer.
Dom 16 oct 2011
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Jue 6 oct 2011
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Julián Méndez anunció una tarde que se iba a por tabaco y para sorpresa de su familia regresó a los 10 minutos con un cartón de Ducados. El señor Méndez, un no fumador empedernido, explicaría este extraño comportamiento a su mujer alegando que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Su mujer Concha, desde la otra punta del sofá, sonrió dulcemente y babeó. Llevaba más de dos horas dormida.
El matrimonio y las dos hijas vivían en un barrio tranquilo, de esos donde los pequeños comercios se van convirtiendo en bajos sin permiso de habitabilidad. La hija mayor no sabía hacer la o con un canuto mientras que la pequeña hacía unos canutos con forma de o que daba gusto verlos. Julián conducía un taxi y Concha era traductora de lenguas muertas. La subida de los carburantes obligó al padre de familia a tomar medidas desesperadas, se cobraba a sí mismo cuando iba solo en el taxi y al volver a casa empujaba el coche en punto muerto los 3 kilómetros que separaban el centro de la ciudad de su garaje. Pero nada de esto funcionó, y en un arrebato de ira mientras su yo-taxista discutía con su yo-cliente por no llevarle por el itinerario más corto, embistió a un anciano con tan mala suerte que se desintonizó la COPE de su aparato de radio. El atropellado salvó la vida gracias a que el embudo amarillo que llevaba en la cabeza absorbió gran parte del impacto.
Desde ese momento Julián no volvió a ser el mismo. Pasaba madrugadas enteras tirado en la cama durmiendo y se encolerizaba al menor puñetazo en la cara. Sus amigos más íntimos le dejaron de seguir en twitter y su panadera de confianza adelgazó. Lo que antes era una convivencia plagada de gritos y reproches se convirtió en una macedonia de golpes bajos, vejaciones y patatas fritas congeladas. Las facturas de Iberdrola ya no le hacían gracia y dejó de apreciar la sana camaradería implícita en toda asociación de padres de alumnos. Concha decidió recurrir a un psicólogo de forma periódica, pero ni siquiera ese polvete semanal aplacó el sufrimiento de ver cómo tu marido se alejaba día a día sin poder remediarlo.
Sus hijas también estaban desesperadas, así que idearon un arriesgado plan. Colocaron una fotografía de sus años felices en una papelera, justo por donde pasaba a diario su padre para echar la primitiva. El mensaje era muy claro, toda esa felicidad, papá, todo ese gozo se ha ido a la basura. Atrapa esa fotografía y rescata a tu familia de esa fosa séptica en la que se encuentra. Fantaseaban con que al ver la imagen, una chispa prendiera en lo más profundo de aquel hombre, provocando una catarsis que les devolviera ileso y arrepentido al ser que alguna vez habían amado.
