Arte urbano


Hay pintadas que tienen vida propia, el autor de Te quiero la ha editado para convertirla en un Os quiero que hace volar la imaginación. El colchón que hay debajo es la  sábana santa del hombre de la calle y la radiografía de nuestros gozos y sombras. Representa el amor de verdad, el que se ve y se huele. Si los colchones hablaran nos dirían que en algunos dormitorios se susurran a oscuras frases como “¿te has corrido o te has meado?”, tienen lugar poluciones nocturnas provocadas por Dora la Exploradora o eyaculaciones femeninas que arrasan todo a su paso.

Morir, dormir, tal vez follar. Nuestras miserias y nuestras grandezas aireadas en una acera, bajo un corazón abierto de par en par. Demasiado bello para ser casual.

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Si vives en Donostialdea te sonará este tipo de pintada. Aquí el sujeto que firma como “Kant” nos hace un 2×1.

Kant (el listo, el filósofo) siempre fue demasiado complejo para mí. Al Kant contemporáneo creo que lo entiendo bastante mejor.

La cosa en sí misma, para no extenderme demasiado, es que es un vulgar imbécil.

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Animado por los carteles que decoraban mi barrio, decidí apuntarme al curso de autodefensa femenina. Siempre que iniciaba una relación con una mujer acababa herido, despreciado y abandonado. ¡Cuántas veces había soportado esa fría mirada del dibujo!

La última vez había sido la más dolorosa, mi prometida se había liado con mi propio hermano. La boda se suspendió en el peor momento, justo cuando acababa de echar las invitaciones al buzón. 157 humillaciones viajaron con billete de vuelta.

Habían pasado unos meses y ya estaba harto de autocompadecerme, de escuchar “Famous blue raincoat” en modo repeat durante horas, del chándal de estar en casa y de las pizzas Casa Tarradellas. El cartel apareció ante mí como una señal, como una oportunidad de empezar de nuevo.

Me presenté en la primera clase y me extrañó ver que era el único hombre. No comprendía nada, hasta que entró la monitora con un kimono de karate y al verme dijo:

-Parece que tenemos un voluntario para el papel de agresor. Colócate en el centro del tatami.

En ese momento, arrastrado por un impulso atávico que me impedía desobedecer a una mujer, caminé cabizbajo hacia donde me había indicado para hacer lo que mejor se me daba: ser el saco de las hostias.

El Cartel-E ha recibido su primer comentario.

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Hay gente que fuma como hipnotizada, un cigarro, luego otro, y otro, y otro hasta meterse dos paquetes diarios entre pecho y espalda. Es un problema que está en la calle y del que no se habla lo suficiente.

Por eso me gustan iniciativas como la de esta imagen. Fumar con hipnosis es malo y hay que luchar contra ello. La gente debería fumar porque les gusta el sabor del tabaco, porque está enganchada a la nicotina, porque está estresada o simplemente como trampolín hacia otras drogas más duras. Nunca se debería fumar con hipnosis, ya que no le estás sacando todo el partido a  uno de los grandes placeres de la vida.

Como suele pasar, las empresas privadas son las que dan ejemplo, toman la iniciativa  y tratan de acabar con esta lacra del fumador hipnotizado. Son 240 euros la sesión y como puedes ver todavía hay tres plazas.

Apaga ahora mismo el cigarro que estás fumando, enciende otro y corre a reservar tu sitio.

Tras las vacaciones me encontraba perdido, sin rumbo, como si viviera en una canción de Los Panchos. Pero hace un par de días todo cambió. Me  levanté, miré por la ventana y vi esto:

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Alguien tiene un plan y me lo hace saber. Desde entonces salgo del portal, lo veo y me siento partícipe de algo importante. No soy un mierda que va a currar, formo parte de un plan. No entiendo muy bien en qué consiste y han jodido un jardincillo, pero ningún plan triunfa desde la desconfianza.

Aún así a veces pienso por qué habrán fracasado el plan A, B, C y D y lo dudo, lo dudo, lo dudo como si viviera en una canción de Los Panchos.

¿Habrá alguna cultura en la que un niño con esta cara invite a comprar ropa? Mandíbula desencajada, pupilas dilatadas y una flor en la oreja. Parece que está inspirado en la comunión de Pocholo.

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Si lo hubiera visto en el Guggenheim pensaría que es una brillante denuncia de la sociedad de consumo y de la pérdida de la inocencia, mostrando una infancia que cada vez se acorta más, que asume responsabilidades impropias de su edad y que copia comportamientos adultos en cuanto a drogas y sexo. Pero en el escaparate de una tienda de barrio no me engañan…

Que la UNICEF tome cartas en el asunto.

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