Cine-TV


He pasado unos días en estado febril, lo cual me ha permitido ver la tele más de lo médicamente recomendable.

Me he dado cuenta de que una forma sencilla de diferenciar las series buenas de las malas, es fijarse en la manera que tienen de mostrar publicidad dentro de la trama. Cuanto mejor es la serie más extraño resulta ver una marca en pantalla. Aquí está el caso de Dexter:

Dexter

Así de memoria puedo decir que esa marca japonesa de cámaras de fotos y los ordenadores de la manzanita son las únicas empresas que han llegado a mi mente de forma clara tras tres temporadas.
En el caso contrario series como “El Internado”, donde meten con calzador un viaje en coche al dentista, en el que no pasa absolutamente nada, sólo para que se vea no menos de cinco veces una carpeta con la marca de una clínica dental. Un poco más tarde, como el archiconocido buscador de internet no está entre sus anunciantes, tuvieron que tunear un poco su página principal. Un trabajo fino:

El-internado

En el terreno de la publicidad (un saludo a Laszlo)  me ha venido a la cabeza la película “Con la muerte en los talones” tras ver cierto anuncio. El final de la película de Hitchcock fue bastante polémico en su día por su última imagen:

Imagen de previsualización de YouTube

No hace falta que os diga qué parte de la anatomía de Cary Grant representa el tren y cual de Eva Marie Saint el túnel. Pues bien, el anuncio que me ha recordado esta escena, pero de forma chabacana y grosera, es este. Atención al final:

Imagen de previsualización de YouTube

Al ver este anuncio pienso en lechazos, y no precisamente al horno, lo que no creo que fuera la idea primigenia del anunciante.

Es la magia de la televisión. En pantalla un primer plano de la víctima de una tragedia: puede ser un incendio, una agresión o un accidente de circulación.  En mitad de su relato se observa una especie de mueca. Unos instantes después te das cuenta de que, en realidad, es una sonrisilla.

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La lucha interior es tremenda, por un lado está pensando que su casa y sus pertenencias han quedado reducidas a cenizas, pero por otro lado no puede evitar pensar “¡Estoy saliendo en la tele!”.

Tristeza y vanidad, los músculos faciales reciben señales contradictorias y nos enseñan al ser humano en su estado más puro: confuso y con unas enormes ansias de trascendencia.

Ayer vi el último episodio de la última temporada de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. Siempre que veo el episodio final de una serie que me gusta mucho -me pasó con Los Soprano, con A dos metros bajo tierra y con Frasier- me queda una sensación de vacío, como una relación que se acaba, y que por mucho que quieras retomarla sabes que nunca volverá  a ser igual.

El estilo Aaron Sorkin -creador de la serie- no es apto para todos los públicos. Mucho diálogo, frases sin completar, un ritmo muy alto, hacen que debas tener un gran nivel de atención. No se recrean en explicarlo todo dos veces por si te has perdido algo. Tratan al espectador como a una persona inteligente, que suele ser lo que diferencia a las buenas series de todas las demás. Además, una serie en la que Rob Lowe parece un actor de verdad tiene que ser buena por narices.

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Al principio cuesta un poco creer que Martin Sheen, el mismo que hacía posturitas en el comienzo de Apocalipsis Now, sea presidente de los Estados Unidos, pero poco a poco te la van metiendo doblada. Tampoco cuadra del todo que todos sean inteligentísimos y siempre tengan un chiste brillante guardado en la manga, pero se entiende que si pusieran un plano fijo de una becaria haciendo fotocopias durante tres cuartos de hora, por muy real que fuera, no engancharía a nadie.

La credibilidad está en los detalles, y en eso son unos maestros. Incluso supieron salir del paso cuando uno de los actores protagonistas falleció inesperadamente durante la grabación de la última temporada. Y quizás en esta última temporada esté lo mejor de la serie, un cursillo “acelerado” (990 minutos) de cómo funciona el sistema electoral en Estados Unidos: las primarias de Iowa, las de New Hampshire, el súper martes, la importancia de las minorías, el voto negro, el latino, elegir un buen vicepresidente y el dinero, recaudar fondos, pedir dinero, volver a recaudar fondos, el voto femenino, renunciar o no a California, y volver a pedir dinero, mientras los directores de campaña pasan meses alimentándose con café y bollos mientras esperan al borde de un ataque de nervios los resultados del último sondeo.

Atención, párrafo con pequeño espoiler. Se da una circunstancia curiosa, esta última temporada, grabada en el 2005, enfrenta a un candidato demócrata hispano, joven y lleno de energía (el Víctor Cifuentes de La ley de los Ángeles) con un viejo republicano (el doctor Ojo de halcón Pierce en Mash). ¿Os suena de algo con lo que pasa al otro lado del charco?

No voy a desvelar nada más, en unos días sabremos si la realidad supera a la ficción. Yo pasaré unos meses difíciles mientras busco un sustituto, algo que dure 45 minutos, varias temporadas y que de vez en cuando me haga ver los títulos de crédito con un nudo en la garganta.

Esta semana arranca el 56 Festival de Cine de San Sebastián. Preparaos para ver colas kilométricas, salas abarrotadas y grandes actores como Miguel Ángel Silvestre o Antonio Banderas.

Siempre me han llamado la atención esas multitudes para ver películas en versión original. El resto del año, cosa curiosa, esa gente desaparece, y si vas al Trueba a ver una película en versión original subtitulada descubres que la sala está semivacía, y el 80% de los que están viendo la película son estudiantes norteamericanos o del Erasmus. Es significativo que una ciudad que tiene un festival de este nivel, durante todo el año sólo tenga una sala donde se proyecten asiduamente películas en V.O.S., y que además ese cine sea el peor de la ciudad. Yo al Trueba le tengo mucho cariño, pero tienes más posibilidades de desnucarte en una de sus salas que montando un pura sangre en el Grand National. Los que hayáis intentado dormir en una de sus butacas me entenderéis.

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Otra cosa que llama la atención es la atracción que ejerce sobre el espectador la “Sección oficial“. La gente corre a esas sesiones como pollo sin cabeza, y las entradas se agotan rápidamente. Les da igual que sea una peli iraní sobre un agricultor con una sola pierna o un falso documental noruego cuyo mérito consiste en estar grabado con un dedazo puesto en el objetivo. Esas mismas películas, al estrenarse meses después en salas comerciales (si es que llegan), son retiradas a los pocos días por falta de público.

Puedo pecar de simplista y decir que San Sebastián es una ciudad burguesa, donde lo que importan son las apariencias, el  que se te vea en la cola y el ir donde va todo el mundo. También podría decir que de unos años para acá la ciudad que me vio nacer parece diseñada para los que vienen a pasar cuatro días y no para los que viven en ella todo el año. Podría decir que es carísima. Podría decir que cómo se atreven a pedir ser capital cultural de nada cuando tienen una feria del libro que no tiene nada que envidiar al top-manta.

Podría decir todas esas cosas pero no lo voy a hacer. No soy tan simple.

Cada cierto tiempo surge el debate sobre la calidad del cine español, sobre los prejuicios del telespectador contra las películas nacionales, que si no se puede luchar contra el gigante americano y sus avalanchas promocionales, que si aquí no hay industria, etc.

Partamos del supuesto de que el 95% de las pelis americanas son mierda, podríamos equipararlo y decir que el 95% de las pelis españolas son mierda. Podemos hacer un esfuerzo y olvidarnos de que un gran porcentaje de las películas españolas están subvencionadas, es decir, que se hacen “con nuestro dinero”. Podemos incluso obviar que subvencionar algo que a la mayoría nos parece mierda no tiene sentido o es un fracaso. Vale.

¿Donde está la diferencia entonces? La diferencia está en ese 95% de mierda. Yo puedo ver películas como “El último Boy Scout”, “El caballero oscuro” o “Tango y Cash” y aún sabiendo que son una basura me lo paso bien, me entretienen. Porque ahí está la clave, en el entretenimiento, ahí es donde nos sacan años luz. Crean productos de consumo rápido, y han hecho una gran industria de ello, sin la pretensión, la pedantería y la solemnidad de algunas películas patrias. ¿Hay alguien que vea el trailer de “Los girasoles ciegos” y le entren ganas de ir al cine?

El último ejemplo de cómo funcionan las cosas, y de que el dinero no es excusa válida, lo tenemos en el caso de Nacho Vigalondo (gran director y guionista y pésimo actor). Después de dirigir exitosamente varios cortos ha filmado su primer largometraje: “Los Cronocrímenes“. Esta película, de bajísimo presupuesto, tiene todo su fuerza en un guión original, que invita al espectador a entrar en un juego espacio-temporal. Te podrá gustar más o menos, pero no aburre ni deja indiferente: entretiene.
Los derechos de esta película ya han sido comprados por una gran productora norteamericana para hacer un remake. Mientras, en España, se las vieron y se las desearon para encontrar una productora que la distribuyera.

Otro día podremos hablar de los actores españoles, de por qué los que más trabajan son los que menos vocalizan, o sobre el gran misterio del cine español: ¿Por qué no hay ningún actor español de derechas?

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