Cine-TV


El día después del accidente del avión en Barajas, en Televisión Española (TVE1) emitían unas imágenes, donde una reportera de guardia en el IFEMA (recinto ferial donde llevaban los cadáveres para ser idenfificados), entrevistaba a un familiar de uno de los fallecidos. El familiar, claramente alterado, llamaba hijodeputa en varias ocasiones al mecánico que había revisado el aparato antes de despegar, también decía que de tenerlo delante lo mataría. Las imágenes, dato importante, no eran en directo.

Puedo entender la situación de este familiar, roto por el dolor, que en su desesperación busca culpables en la tragedia. Seguramente, en frío, se arrepentirá de sus palabras.

Lo que no puedo entender de ninguna manera, es que alguien, en su puesto de trabajo, decida emitir estas imágenes tras haberlas visionado. Este profesional ha preferido regodearse en el morbo de los insultos antes que tratar con respeto a las víctimas y a los telespectadores.

Vivimos en unos tiempos curiosos, en los que las pantallas de los cines menguan y las de las casas crecen.

La última película que vi en el cine fue en una sala con 65 butacas, con una pantalla poco mayor que una sábana estirada y un sonido ligeramente mejor que el de mi equipo nuevo de casa. No os penséis que es un cine viejo, hará sólo un par de años que se remodeló para hacer salas diminutas. Si suspiraste durante toda tu infancia por el Supercinexin ahora puedes vivir una experiencia parecida, la diferencia es que en vez de ver la fiesta en la que tu hermana cumplió 7 años, verás un drama intimista alemán.

No corren buenos tiempos para las salas de cine. Parece que la gente actúa como yo, es decir, sólo va a ver en pantalla grande películas que pierden mucho en la salita de casa, películas de acción, con grandes batallas o con espectaculares efectos especiales o paisajes. Se afina mucho más a la hora de soltar los 6 euros, y las medianías o las películas simplemente entretenidas te las pillas en DVD o te las bajas de internet.

Siempre habrá un grupo de personas que prefieran ir a los estrenos, o cinéfilos que vean 1 ó 2 películas a la semana, pero el espectador medio, está cambiando o ha cambiado sus hábitos.

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Hace ya algún tiempo que me interesan bastante más las series de televisión que las películas. Se adaptan mucho más a los ritmos de vida actuales, donde es más fácil sacar 45 minutitos para ver un capítulo que 2 horas para una peli. Además, la variedad es tal, que es difícil no encontrar alguna serie que te acabe enganchando. No hablo, claro está, de esas series españolas que echan en la tele, esas comedias de hora y media sin ninguna gracia, iluminadas como un quirófano y con actores de medio pelo. Hablo de ficción con mayúsculas, grandes actores, guiones arriesgados, tramas sorprendentes y sin el tetrabrik de Puleva en cada escena.

Una pista para localizarlas. Si una cadena española compra una serie y la maltrata relegándola a la madrugada, cambiándola de horario cada semana o dejando de emitirla a mitad de temporada, es que merece la pena verla: Hermanos de sangre, Urgencias, Policías de Nueva York, A dos metros bajo tierra, Doctor en Alaska, Vientos de agua o El ala oeste de la Casa Blanca son claros ejemplos.

Si estallara una guerra huiría a Suiza como una rata y me ganaría la vida  pastoreando vacas, pero por alguna de esas series sería capaz de morir y de matar. Para que luego me tachen de escéptico y de poco comprometido.

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