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Es libre de copiar, modificar y reproducir este monólogo. Recuerda que cualquiera puede resultar gracioso si su audiencia es lo suficientemente estúpida:

-Varios supervivientes de Mauthausen solían declarar que si a un alemán le
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Se podría decir que el intestino de Fernando tenía una cuenta de Twitter. Cada vez que Fernando cagaba, sacaba una foto con el móvil a su mierda y la tuiteaba. Una, dos o tres veces al día, sólo esas fotos, nada más. El número de seguidores empezó a crecer y surgieron verdaderos expertos en descifrar la caca de Fernando. Ahora está nervioso, hoy ha comido pipas, resaca, todo el mundo opinaba y Fernando respondía con una nueva foto que ni confirmaba ni desmentía, simplemente echaba más mierda al asunto. Se creó un Máster sobre Caca Digital impartido por Enrique Dans mientras Ignacio Escolar recorría el país explicando el fenómeno y su influencia en el nuevo periodismo. Llegó un momento en que de la caca de Fernando vivía más gente que de la economía sumergida. Unos le consideraban un genio, otros se manifestaban pidiendo el cierre de su cuenta por ofensiva, y lo único cierto es que su popularidad no paraba de crecer. La caca de Fernando abría telediarios, el día en el que no publicaba foto la Bolsa se constreñía, el país entero suspiraba de alivio cuando recibía su ración de mierda.

Una mañana, sin motivo aparente, Fernado publicó esta foto y nunca tuvimos más noticias de él. De vez en cuando alguien dice que reconoce su rastro en una de las miles de cuentas que se crearon para imitarle, o se publica la foto de una cagada en un retrete público con ciertas semejanzas. Poco a poco el fenómeno se fue diluyendo, no sin antes dar nombre al conjunto de personas con el que muchos nos sentimos identificados: una generación de mierda.

Era la época dorada del periodismo, los suplementos dominicales se publicaban todos los días de la semana y los anuncios de contactos todavía se podían diferenciar de la sección de política nacional. Se fletaban trenes de ganado desde las facultades de periodismo al edificio de El País, los que tenían buena dentadura a internacional, los que no sabían escribir a deportes, los que no sabían leer a hacer editoriales y los analfabetos enfermizos al Consejo de Administración. El dinero entraba a raudales, si un árbol caía en medio de un bosque, un enviado especial de El País lo había oído caer y te lo contaba con solo 15 metáforas.

Alguien tuvo la brillante idea de contratar un periodista por cada español. Ese periodista sería su sombra, conocería toda su vida, sus relaciones, sus logros y sus fracasos, iría escribiendo un borrador de su necrológica, que actualizaría a diario hasta que esa persona falleciera. Si al morir consideraban que esa persona era lo suficientemente importante, se publicaba. Por motivos prácticos un periodista no podía dedicarse a más de una persona, toda su jornada laboral (más horas extras y nocturnidad) tenía nombre y apellidos. Existía un código ético que impedía al  periodista establecer cualquier tipo de relación con la persona que le habían encomendado, pero en ocasiones la búsqueda de la verdad chocaba contra cualquier límite. Si estando solo en casa te duchabas y oías unos ruidos extraños, no eran las cañerías, era tu periodista de El País revolviendo cajones. Lo llamaron el Proyecto Drácula.

Más tarde llegó la crisis. El Proyecto Drácula, tan secreto como ruinoso, es el verdadero agujero negro del Grupo PRISA. Tiene contratados a 47 millones de periodistas para este cometido, con la certeza de que si despiden a uno sólo de ellos, lo contará todo y significará la muerte del periódico.

El diario El País tiene una necrológica escrita de cada español. Y se actualiza todos los días.

En las tiendas Natura, ¿cuál es el animal más importante que se encuentra en su entrada?

Pincha en la imagen para ver la solución.

Esta mujer tiene 99.999,99 euros en un banco chipriota. Pone los piececitos en el asiento, ¿quién le va a llamar la atención?, acaba de chulear a Merkel, ningún revisor con traje raído le puede impresionar. A su lado un atorrante trata con torpeza de sacarle una foto con el móvil. Por ella como si le fotografía el potorro de canto, preocupaciones más importantes bailan en su cabeza. Comprar unos ajos para hacer unas vainas y pasar por casa de Luisa para que le devuelva sus agujas de hacer punto. Al caer la tarde, si todo sale bien, puede que se dé un homenaje y se coma un ferrero rocher. Puede.

Una mujer tiende una sábana de franela en un quinto piso. Es la señal convenida: un autónomo mete como gasto el portátil que compró su hermano, un periodista entrecomilla algo que no ha pronunciado el entrevistado, un padre hace como que no ve la bofetada que su hijo ha propinado al tuyo, un paraguas Jani Markel se rompe, un músico multimillonario descarga un disco pirateado, un político se levanta muy temprano y se pone a trabajar, un Premio Cervantes opina de que, una universitaria lleva su jersey más escotado el día del examen, una inmobiliaria cierra y un cartón de vino se abre, un comercial de Naturgás llama al telefonillo y dice que es el cartero, una esquela se publica en Comic sans. La mujer cierra el balcón y sonríe. Sabedora de su poder. Rechonchita.

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