Vidas ejemplares


Su amor duró menos que un caramelo en la puerta de un geriátrico. Aún así, con la seguridad que sólo concede el alcohol o la idiocia decidieron comprar un pisito a cuya hipoteca se le podría aplicar la ley antiterrorista. Tenían las necesidades básicas cubiertas gracias a una televisión de 50 pulgadas y a una cuenta free de Spotify.

La relación con sus familias se fue deteriorando. Ella -concebida durante los bises de un concierto de Betty Missiego- jamás perdonó a sus padres que no la metieran interna. Él se sentía ninguneado -era el mediano de cuatro hermanos- y descargaba su frustración presentándose sobrio a todas las comidas familiares, con todo lo que ello suponía.

Con sus amigos la cosa no fue mucho mejor. Él pretendía ganar cualquier discusión comenzando su alocución con un “eso es como lo que me pasó a mí” y ella tenía la asombrosa capacidad de criticar a todas sus amigas sin pretenderlo, de tal manera que parecía que su morro se torciera por iniciativa propia cada vez que alguien dejaba de hablar.

Hicieron de la anormalidad un modo de vida. Los sábados por la mañana se levantaban temprano para aprovechar el día y volvían a casa a la media hora porque todo estaba “hasta arriba de gente”. Contribuyeron a través de twitter a la caída de Mubarak una semana después de manifestarse junto a sus vecinos por un barrio mejor, es decir, sin moros ni negros.

Hoy mismo, respondiendo a una testigo de Jehová que se coló en su sala de estar, reconocieron ser felices teniendo en cuenta las circunstancias, aclarando después que eso también podría interpretarse como llevar una vida de mierda. La jehovina, jubilada curtida en mil batallas a puerta fría, cerró los ojos y asintió mientras pensaba en cómo se tendrían que ver los agujeros de la cara de Jordi González en una tele tan grande.

Gustav siempre tuvo la sensación de haberse adelantado a su tiempo. De hecho fue cuatrimesino, al nacer era poco más que un espermatozoide con sobrepeso. La matrona llegó a decir que más que un parto aquello había sido un exabrupto.

Durante sus primeros años de vida Gustav fue un niño de salud frágil. Eso no impidió que fuera un alumno aventajado. Con 4 añitos resolvía ecuaciones de segundo grado y padecía quemaduras de tercero. Su piel era extraordinariamente sensible a los rayos solares. Esta afección le obligaba a impregnarse a diario con un ungüento compuesto por sebo de carnero y leche de toro, lo que le proporcionaba un aspecto fantasmagórico y un olor nauseabundo.

Como consecuencia de sus buenas notas, su cara pringosa y blanquecina y su olor, su vida social se resentía. En la escuela los niños le hacían burla y las niñas ni eso. Acabó el instituto con ocho años y con doce fue nombrado decano de la Facultad de Ciencias. Su precocidad no conocía límites, su primera novia le dejó antes de conocerle y tuvo su tercer hijo antes que el segundo.

Lo que para los demás era complicadísimo a él le parecía un juego de niños y viceversa. En cierta ocasión sufrió una crisis de ansiedad tratando de abrir el envoltorio de unas lonchas de queso Havarti. También era un desastre en la vida familiar, nunca llegó a aprenderse el nombre de su mujer y a todos sus hijos les llamaba  “Kelvin”. Años más tarde descubrió que toda su descendencia estaba compuesta por mujeres.

Al final de sus días se llegó a arrepentir de algunos de sus comportamientos. En su lecho de muerte, consumido por los remordimientos, pronunció una frase demoledora:

- Si no hubiera malgastado tantos años cuidando de Kelvin…

Y expiró.

Victoriana, curiosamente, odiaba la canción “España camisa blanca de mi esperanza”.

De los 17 años a los 65 Victoriana pasó por una etapa cubista. Se pasaba diez horas diarias dándole al cubo y a la fregona, limpiando portales. Por si fuera poco, en ocasiones trabajaba en negro, por lo que se veía obligada a dejar de fregar y dar al interruptor de la luz.

Al llegar a casa, tras una dura jornada, se encontraba a su marido en el sofá en unas posturas inconcebibles. El hombre padecía una enfermedad rarísima, el “síndrome de los huevos de cristal”, que se manifestaba cuando un testículo colisionaba con el otro, emitiendo el sonido de dos copas al chocar. Esto creaba en Ramón un complejo terrible. Habían sido ya varias la veces en las que le habían registrado a la salida de un supermercado pensando que había robado una cristalería de Bohemia. Para evitar el molesto soniquete Ramón se contorsionaba, se pasaba los pies por detrás de la cabeza o hacía el pino con las piernas separadas. Tenía todo un repertorio de poses que irritaba profundamente a su mujer. La enfermedad de su marido, además, había hecho de su vida sexual un desastre.

-Yo ya no sé si estoy follando o estoy en la cocina del Titanic -solía decir Victoriana en pleno acto.

Estos reproches hacían que fuera imposible el vaciado de las copas de Ramón, por lo que había sido imposible formar una familia.

Los mejores especialistas habían probado todo tipo de tratamientos. Su caso fue objeto de estudio y de mofa en prestigiosas revistas científicas. Nada funcionó, y la pareja aceptó resignada un destino de abstinencia sexual y continuos brindis.

Ramón, curiosamente, adoraba los tebeos de Tintín.

Muy buenas. Me llamo Lennart Oleson, del prestigioso estudio de arquitectura Oleson&Enemys. Aprovecho esta oportunidad que me brindan para presentarles un ambicioso proyecto. Mi empresa, animada  por la directiva europea que dice “Primero soterra y luego pregunta”, ha creado la primera ciudad subterránea ecológica.

soterramiento

Este es el aspecto final de una ciudad subterránea ecológica de unos 20.000 habitantes. Las ventajas son innumerables, por ejemplo, cualquier basura que se genere ya estará soterrada y cualquier vivienda puede tener la función de refugio antiaéreo, lo que en la práctica duplica su valor en el mercado. Cada población dispone de un sol artificial que no da calor pero alumbra, una especie de farola gigante pero del tamaño de una farola normal. También cuenta con el aeropuerto más seguro del mundo, con una flota de aviones ultramodernos que carecen de alas y se desplazan por raíles.

La idea de construir esta ciudad surgió mientras veía un documental que trataba sobre el crecimiento incontrolado de la población mundial, en ese momento mi mujer levantó la alfombra y metió debajo toda la mierda que estaba barriendo. No tardé más de 15 minutos en unir ambos conceptos.

El lema de nuestro estudio es El futuro ni ha llegado ni se le espera” y refleja nuestra forma de entender el mundo. No rima pero en esta vida no se puede tener todo. En cualquier caso, no todo ha sido un camino de rosas. En un primer momento surgieron algunos dilemas éticos que solucionamos contratando a un publicista. Tampoco puedo olvidar que el lobby de paragüeros ha hecho lo imposible para tumbar este proyecto.

Lo que quiero que sepan es que aquí está plasmado el trabajo de casi tres años y de cientos de personas. Esto no ha sido tan sencillo como recortar un fondo de pantalla del windows y engañar a un pardillo para que te deje escribir en su blog.

curasan Don Julián  se disponía a desayunar cuando al sacar uno de los curasanes de la bolsa se ha encontrado con este panorama. Una erección mañanera en toda regla.

Ni corto ni perezoso se ha dirigido a la panadería donde había adquirido la bolsa y le ha montado a la dependienta una de no te menees. Le ha dicho que su casa es una casa decente, que su esposa tiene el azúcar por las nubes y que estos sustos no le hacen ningún bien, que menos mal que sus nietos no han pernoctado en su domicilio por encontrarse en PortAventura y que a dónde vamos a ir a parar.

La muchacha, sudamericana del sur para más señas, le ha preguntado entonces si por lo menos la pieza de bollería estaba buena.

-Estaba duro como una piedra, hija mía -y en ese momento Don Julián no ha podido contener un suspiro nostálgico.

Telmo cumple mañana 65 años y hoy es su último día de trabajo. Regenta una tienda de souvenirs cerca del puerto de San Sebastián. Desde el escaparate hay una vista espléndida al mar, que contempla pensativo. Hace ya 48 años que abre todos los días del año el negocio, tal como hicieron su padre y su abuelo.

—El turista es muy hijodeputa, Telmo —le solía decir su abuelo— no se toma nunca vacaciones.

Luisa está deseando que Telmo regrese a casa. Le preocupa cómo afrontará su marido su jubilación. Su vida tampoco ha sido fácil, ha tenido que criar prácticamente sola a seis hijos a cada cual más tonto. Ni un día de vacaciones en todos sus años de matrimonio, por si fuera poco sufría al ver a Telmo con sus constantes achaques.

—¿Y si trasladamos la tienda a un pueblecito de Palencia? —le dijo en cierta ocasión— allí casi no habrá turistas y el clima seco te irá muy bien. Podríamos cerrar los lunes por la tarde y dar un paseo.
—No lo veo, Luisa, no lo veo —replicó Telmo mientras buscaba sus gafas.

El empobrecimiento del semen lo había hecho todo más difícil. Tres de sus hijos habían tenido que recurrir a la fecundación artificial, lo que significaba que en total contaban con 17 nietos y un semoviente. Como sus hijos no eran demasiado listos tenían que trabajar para vivir, lo que hacía que su casa estuviera siempre llena de pequeños malcriados que no paraban de gritar, pegar, regurgitar y cagarse encima y debajo de todo.

—Estoy cansada —le confesó una vez a su marido— ya no tenemos edad para cambiar pañales y correr detrás de estos diablillos.
—Tenemos 23 años y acabas de dar a luz a nuestro segundo hijo —contestó Telmo— ya verás cuando tengas 65 y te toque cuidar de los hijos de nuestros hijos.

Mientras recordaba ese momento oyó cómo la puerta se abría. Telmo entró con el rostro serio. Se dirigió hacia ella y dijo:

—Luisa, estoy hasta los huevos. Me he pasado toda la vida trabajando, viendo como los demás disfrutaban de sus vacaciones mientras el salitre y la humedad penetraba en mi cuerpo y me iba amargando más y más.
—Bueno Telmo, nunca has sido precisamente la alegría de la huerta.
—No trates de animarme. Tú tampoco has podido disfrutar de la vida, criando a unos egoístas que no te han dado ni una sola satisfacción.
—Cuando Sebas tocó “Cumpleaños feliz” con la flauta dulce casi sin equivocarse…
—No intentes engañarte, sabes tan bien como yo que nuestra felicidad ha sido siempre la última prioridad.
—Es cierto.
—Pero eso se acabó, he sacado todo nuestro dinero del banco y mañana mismo alquilamos un coche y nos vamos hacia el sur para cumplir el sueño de toda mi vida.
—¿Qué sueño Telmo?
—Dejar de ver el mar.
—¿Y dónde me coloca a mí todo esto?
—En el asiento del copiloto.
—¡Telmo!
—¿Luisa?
—¡Telmo!
—¿Luisa?
—¡Telmo! ¿Dónde estás?
—Estoy en el cuarto poniéndome las pantuflas. Ahora voy.

Cuando regresó al salón Telmo vio en los ojos de su mujer un brillo especial, un brillo que no había vuelto a ver desde hacía muchísimos años, cuando aceptó su proposición de matrimonio.

—Telmo, me noto extraña.
—¿La emoción tal vez?
—No, los dos lingotazos a la botella de chinchón durante tu ausencia.
—¿Qué me dices, Luisa?
—Vámonos Telmo, vayámonos para no volver jamás.

Al día siguiente, bien temprano y ligeros de equipaje, alquilaron un twingo amarillo y emprendieron rumbo a lo desconocido. Nunca más se volvió a saber de ellos.

Me gustaría decir que me divorcié de mi mujer porque no cerraba la tapa del dentífrico. En realidad la dejé porque se folló varias veces a mi mejor amigo. Haciendo honor a la verdad me dejó ella y no era mi mejor amigo, era mi único amigo. Ante esta situación no me vine abajo, sencillamente me hundí. No se puede decir que sea una persona sin recursos, lo que pasa es que tengo pocos, realmente suelo usar dos: ahogarme en un vaso de agua y hundirme.

Para entender mi compleja personalidad tendríamos que retrotraernos a mi juventud. Mi juventud estuvo marcada por las drogas, concretamente por la falta de ellas. Así pues tuve que enfrentarme a la realidad sin ninguna ayuda. Una familia ultraconservadora y la vida en una aldea sin perspectivas de futuro hicieron el resto: me hice maoísta. No fue una decisión fácil, y no encontré demasiado apoyo en mi círculo de amistades. A decir verdad mis amigos y yo no teníamos mucho en común, raramente me saludaban y solían cambiar de acera al verme. No los culpo por ello, yo hubiera hecho lo mismo.

Mao Zedong

Tres días después de hacerme maoísta tuve una gran crisis, todo en lo que había creído y por lo que había luchado durante 72 horas dejó de tener sentido para mí. Ahora mismo no recuerdo la causa exacta de esta revolución interior, pero sí creo conveniente mencionar que llegué en momentos de concentración extrema a levitar durante décimas de segundo para instantes después volver a caer al suelo. Algunos científicos, descubrí años más tarde, habían definido este fenómeno en el siglo XVIII como saltar.

Lo demás no tiene mucha historia, emigré a una gran ciudad, creé una pequeña empresa que más tarde llegaría a ser una gran multinacional, viajé por todo el mundo conociendo a los líderes de la época y tengo guardada la patente de un motor que funciona con estiércol.

Por cierto, me llamo Luis, más exactamente Luisito. ¿Esto cuándo sale?

Al Moratinos de mi pueblo se le veía que en realidad lo suyo no era la informática, asentía todo el rato y te respondía que lo que le estabas pidiendo no lo tenía en ese momento, pero que lo iba a pedir y para la semana que viene estaría seguro. Yo le seguía el juego y le decía que volvería sin falta, cuando sabía de sobra que iría a la tienda de un poco más abajo. Realmente me hubiera gustado preguntarle por sus tiempos de mediador en el conficto palestino-israelí, pero como me daba vergüenza preguntaba sobre memorias DDR-2 y procesadores de doble núcleo.

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El otro día pasé cerca de la tienda y vi que el local se alquilaba, el negocio estaba cerrado. Me dio pena porque manteníamos una bonita relación. Había una confianza mutua, un respeto, unas reglas del juego que nunca se rompían. Él sabía que yo nunca le compraría nada y yo sabía que sus conocimientos de informática eran nulos. Yo le preguntaría por algo de lo que él nunca había oído hablar y él me escucharía con educación y paciencia, ahí se notaba su experiencia en conflictos internacionales. Un tío que ha sido embajador en Israel tiene que tener unos nervios de acero, y él lo demostraba continuamente. Incluso cuando le pedí el Windows ZP, asintió, hizo como que consultaba en el ordenador y me dijo que si todavía estaba interesado, para la semana que viene lo tendría.

Ahora cuando le veo en la tele me da pena, porque creo que lo que realmente le gustaba era estar en la tienda, sin más preocupaciones que asentir mientras hablaba el que tenía enfrente y hacer falsas promesas. Sí, ya sé que la política es muy parecida a eso, pero a mí no me engaña. Y no sólo lo digo yo, lo mismo opina el Evo Morales que es encofrador en la obra que está al lado de mi trabajo.