Dom 25 dic 2011
Tres. Dos. Uno. Ya.
Entramos, vamos entrando, vamos traspasando capas.
Lo primero que encontrarás serán las opiniones sin demasiado peso, un día pensaste sobre el tema y ahí aguantan. Por la misma zona andarán opiniones que han llegado allí y no se sabe cómo, quizás porque las has escuchado desde pequeño en casa o simplemente porque fue lo primero que oíste sobre el tema. Pasa de largo. Haz lo mismo con las opiniones que te has limitado a copiar de gente a la que admiras y que no te has parado a comprobar. No nos interesan, vamos a por algo más gordo. Te cruzarás con las opiniones basadas en tus experiencias, estas son peligrosas pero no son las que buscamos, cuidado con ellas porque son muy falsas y pueden engañarte, se basan en algo tan poco fiable como la memoria. Durante todo el camino revolotearán aves de todo tipo, desde carroñeras hasta bellos ruiseñores. Son los sentimientos que se entremezclan con las opiniones, a veces se posan en ellas y las embellecen, otras veces picotean sin más, y en ocasiones las atacan y se adueñan de ellas, despojándolas de toda objetividad. Al final del sendero te toparás con las opiniones sobre las que has meditado profundamente. Te has informado, has contrastado los diferentes puntos de vista y basándote en eso has formado una opinión. Son de las peores, porque has invertido tanto tiempo en pulirlas que nunca admitirás que estás equivocado. Andarás tan cerca de tu objetivo principal -de hecho creerás vislumbrarlo- que no deberás distraerte con estas últimas opiniones.
Atravesarás un río repleto de pirañas, saltarás una alambrada y sortearás un campo de minas. Allí encontrarás un laberinto. Utilizarás toda tu concentración para salir de él sin volverte loco, no será nada fácil. En la salida del laberinto encontrarás un cofre, aquí estarán las opiniones más peligrosas, las que se basan en tu identidad. Son de muchos tipos, pero las más comunes se relacionan con tu sexo, tu raza y tu nacionalidad. Son inmunes al pensamiento crítico porque cuestionarlas supondría dejar de ser tú mismo en cierto modo. El cofre puede ser enorme o muy pequeño. El tamaño es lo de menos, deberás actuar exactamente igual: colocarás la dinamita, prenderás la mecha y echarás a correr. Correrás todo lo deprisa que puedas sin echar la vista atrás, pero te asegurarás de que la explosión se produce. Harás todo el camino de vuelta lo más rápido que te sea posible.
Salimos, vamos saliendo, vamos traspasando capas.
Uno. Dos. Tres. Ya.
Y así todos los días.




