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A Michael Phelps una profesora le dijo hace algunos años que no tendría éxito en la vida. El chico, hoy recubierto de oro en Pekín, se acuerda de ella y se imagina haciéndole un corte de mangas.

La profesora lee el comentario en la prensa y se reconoce a sí misma. Piensa entonces en la cantidad de veces que acertó con sus pronósticos: William el alcohólico, Kevin homeless, Jennifer pretty woman, y un largo etcétera. Se trata de un simple error de cálculo. Dentro de unos días volverá al trabajo, segura de sus capacidades y de su valía.

Paradójicamente, parece que las negativas expectativas depositadas en Phelps por parte de esta lumbrera le sirvieron de incentivo. Prueba de ello es acordarse de ella tras convertirse en un héroe mundial. No obstante, parece que no les ocurrió lo mismo a Willy, Kev y Jenny; desgraciadamente, responder con desánimo ante el desánimo suele ser la respuesta habitual tal y como confirma el Efecto Pigmalión.

Al pensar en Phelps, recuerdo numerosas experiencias más o menos cercanas de profesores que se erigían en jueces o incluso dioses; recuerdo, por ejemplo, una profesora de la extinguida EGB diciéndole a un compañero que no conseguiría el graduado escolar; y ciertamente le costó algún tiempo más lograrlo, mérito exclusivo de aquella incompetente maestra. También recuerdo a otros profesores, ya en el instituto, sentenciando acerca de quién estaba capacitado para ir a la universidad y quién no.

Lástima que todos estos profesores no escogieran profesiones más acordes con sus dotes adivinatorias tales como el tarot o la numerología.

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Hay algo en esta fotografía que no encaja.

Se supone que tenía que ser trágica; se supone que tenía que suscitar compasión por ese hombre que sufre como el toro en la plaza.

Y, sin embargo, hay algo que no encaja.

Algo que rompe la toma de perspectiva.

Un detalle estético, un detalle obediente con las normas del pudor y la corrección. Y es precisamente este detalle, ese absurdo slip negro, el que impide el efecto deseado, ya que olvidamos el mensaje y nos perdemos en una cómica prudencia estética. Un ridículo decoro que impide mostrarnos al hombre de la imagen desnudo pero que, por otra parte, no tiene reparo en mostrarnos a ese mismo hombre vomitando sangre.

En ciertas ocasiones en las que soy consciente de la supremacía androcéntrica, la cual frecuentemente pasa inadvertida al ojo ingenuo o despistado, me dedico a jugar al juego de Si las mujeres dominaran el mundo. Este juego, tal y como su propio nombre indica, consiste en imaginar situaciones en las que prima la necesidad, el deseo, etc. del hombre, e imaginarlas en modo inverso, de manera que prevalezcan las premuras o los ansias de la mujer sobre las del hombre.

Si las mujeres dominaran el mundo, en los hoteles regalarían compresas y tampones en vez de sets de afeitar.

Si las mujeres dominaran el mundo, no habría tanto tío feo en las pelis porno y para ser actor en el porno importaría algo más que el tamaño del pene.

Si las mujeres dominaran el mundo, no habría tanto coito y el periodo refractario desaparecería para permitirnos a nosotras tener orgasmos múltiples  y consecutivos.

Si las mujeres dominaran el mundo, el embarazo sería motivo de promoción laboral y personal, además de ser reforzado con múltiples incentivos económicos y sociales.

Si las mujeres dominaran el mundo, la poligamia sería sinónimo de poliandria.

Si las mujeres dominaran el mundo, no existirían violaciones ni ninguna forma de violencia machista.

Si las mujeres dominaran el mundo…

Quizá si las mujeres dominaran el mundo, después de todo, las mujeres no serían realmente mujeres ni los hombres verdaderos hombres. Ellos se convertirían en mujeres descafeinadas y ellas en hombres con menos pelo.

En cualquier caso, no puedo evitar a cada paso imaginar ese mundo paralelo que me permite hacer visible lo invisible.

Si las mujeres dominaran el mundo…

Hace varios años le robaron a mi hermana un abrigo en Nochevieja. Por azares de la vida, a través de una conocida común, la susodicha ladrona llamó por teléfono a mi hermana, con la esperanza de que ésta tuviese el abrigo que asimismo le habían robado a ella. Mi hermana, que no es aficionada a la sustracción de objetos ajenos, le contestó que desconocía el paradero de tal abrigo y le pidió encarecidamente que le devolviera el suyo, a lo cual la muchacha se negó rotundamente, creyendo que mi hermana mentía. De poco sirvió razonar con ella y hacerle entender lo absurdo de su proceder. Jamás volvimos a ver el abrigo.

Cuando me pongo a pensar en aquella chica y me preguntó: -”¿Por qué alguien hace algo así?”, me vienen a la mente algunas personas cercanas que funcionan guiadas por la misma extraña ley de la reciprocidad que aunque, estas mismas personas, reconocen que es absurda e incluso inmoral, sin embargo, les da cierto gustillo. Tengo una amiga que roba paraguas cuando le roban el suyo, y un amigo que roba antenas de coche cuando le roban la antena de su coche. Curiosamente esta ley no funciona en el sentido inverso, pues no regalan dinero indiscriminadamente cuando les toca la lotería o les suben el sueldo. Por lo demás son personas bastante normales.

Puedo aceptar una falta de coherencia que nos lleve a actuar según nuestra conveniencia y también la falta de sentido común en ciertas ocasiones, pero ambos déficits al mismo tiempo… eso ya no.

A veces es necesario hacer un alto en el camino. Una pausa. Un stop.
Detenerse mientras los demás siguen su rumbo, su rutina,… para, después, volver a empezar.
Sin darnos cuenta, en ocasiones, arrastramos maletas, mochilas y macutos que nos hacen caminar con dificultad. Y es precisamente en ese momento en el que hay que soltar pesos innecesarios y reforzar quiénes somos.

Quizás nuestros padres no sean los ideales.
Quizás nuestra pareja sea muy diferente de la que soñamos, o puede que ni siquiera tengamos pareja.
Quizás no seamos madres o padres cuando lo deseamos, o puede incluso que nunca tengamos hijos.
Quizás nuestro trabajo sea monótono y alienante, inestable y mal pagado.
Quizás nuestra vida no sea exactamente tal y como la habíamos planificado, pero lo cierto es que pocas vidas resisten al análisis. Sencillamente, hay muchas personas que no se detienen a mirar.

No pretendo predicar un conformismo extremo, pero a veces se nos olvida cuál era el fin último de todos esos sueños.
A veces nuestros sueños funcionan como objetivos que nos orientan y que al ser logrados nos premian con cierta satisfacción; pero otras veces funcionan como espejismos que nos impiden sentir la más nimia felicidad.
Hay cosas que se pueden cambiar. Otras, simplemente, no están en nuestra mano.
Y es importante saber que hay muchos caminos posibles. Algunos ni siquiera imaginados.
Pero si nos empecinamos en un único camino, si algo falla (lo cual es muy probable), tenemos una alta probabilidad de instalarnos en la frustración, y no merece la pena…

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Amo a la gente sencilla… a esos seres diáfanos, sin dobleces, sin letra pequeña.

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Les abro las puertas de mi casa y les invito a entrar.

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Huyo de los seres complicados, retorcidos y un tanto malvados.
En cuanto huelo su perfume me alejo tanto como me es posible.
Nunca muestran quiénes son, se esconden tras la palabra, tras la apariencia, tras un humo espeso.

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Amo a la gente sencilla…
Ellos sí muestran quiénes son.
Muchas veces no saben o no tienen nada qué decir y simplemente se quedan en silencio.
No intentan parecer estrellas de cine antiguo y a veces les huelen los sobacos.
Miran a los ojos cuando escuchan, pero también cuando hablan, y no hay cortina de humo.
Están por todas partes.

Y aún así… rechazo la visión maniquea de un mundo de sencillos y complicados.

Pero… no lo puedo evitar, no lo quiero evitar.

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Detente un momento a pensar en estas dos frases: “¡Quiérete más!” “¡Adelgaza!” “¡Adelgaza!” “¡Quiérete más!”

Al meditar sobre el significado profundo de estas dos grandes verdades de nuestros tiempos, mi mente entra en una dinámica casi esquizofrénica hasta perder el sentido de la realidad: ¿He de elegir entre quererme o adelgazar?, ¿he de quererme y por ello adelgazar?, ¿o he de adelgazar y después quererme?
¿Cómo no voy a abrazar la locura en un mundo tan obtuso como el que refleja esta fotografía?  Mujer bella, delgada, trabajadora liberada, pero que se ocupa de la casa, de los niños, de los padres, de los suegros y de quien haga falta. Esa es la mujer de hoy en día.
Estas dos frases inocentes unidas me enervan al tiempo que me repugnan. Y me recuerdan a todas esas patrañas que tenemos que soportar a diario, y que tan bien representan algunas revistas dirigidas a mujeres del estilo de Mujer de hoy. Esas revistas que son una petulante mezcla infame de dietas, fotografías de mujeres perfectas, consejos a trabajadoras exitosas, ensalzamiento de la libertad femenina, todo ello aderezado con cremas anti-arrugas y anti-edad hediondas y unos cuantos productos adelgazantes en el límite de la legalidad.

Para ser libre, la mujer que nos pintan está bastante jodida, permíteme la expresión.
Si puedo elegir, preferiría no llegar a ser una Superwoman.

Normalmente no me gusta comer sola. Para mí comer tiene un componente social importante, de modo que a una buena cena a solas siempre le falta un ingrediente esencial: la compañía. O casi siempre. Y digo casi, porque a veces escuchar las conversaciones ajenas y dejarse envolver por ellas mientras una se deleita con un buen plato es de lo más gratificante.
Estoy en el tren de vuelta a Donosti. He estado unos días en Madrid, sola. Y he comido y cenado varias veces sola. Sola, aunque no estrictamente en soledad.
Madrid, como toda gran ciudad, te da la oportunidad de ver un abanico más amplio de gentes, de ver aquello que en un Donosti no vemos. Y no es que en Donosti no exista más variedad de la que sugiere el aspecto clónico de sus gentes, pero muchas personas sencillamente no se atreven a expresarse y a ser quiénes son; y en una gran ciudad esto es diferente: pandillas de siniestros, una pareja lesbianas de 16 ó 17 años dándose un beso en pleno Paseo del Prado, en fin… más libertad, más anonimato, más… qué sé yo…
Ayer tuve una cena con compañías muy interesantes, aunque no se sentaban en mi mesa. Ayer fui a cenar a un garito del meollo madrileño donde tuve la oportunidad de degustar un fantástico pulpo a la gallega amén de escuchar conversaciones ajenas que engrandecieron tal acontecimiento culinario. Cuando llegué ya estaban pero no pude evitar quedarme hasta que se fueron. En un principio, las protagonistas de mi historia no parecía que fueran a ofrecer demasiado a mi cena; tendrían unos 25 años y eran bastante atractivas aunque con un aspecto un tanto mojigato. Una rubia, la otra morena. Una con ojos verdes, la otra con ojos castaños. Las dos altas con piernas largas y bronceadas. Me llegaban retazos de su conversación, nada interesante: que viajar te abre la mente, que París esto, que Ámsterdam lo otro… Después empezaron a hablar de algunos bares de los que yo no había oído hablar, por lo que intuí que apenas se conocían y que estaban tanteando un poco sus gustos. Cuando llegué estaban comiendo una ración de pulpito a la gallega y me dieron un poco de envidia, de este tipo de envidia tan agradecida que es de fácil contentar. Así pues, pedí a la camarera una ración de pulpo a al gallega.
Hastiada por la conversación intenté alienarme con una pareja en el fondo del bar que tenía todo la pinta de estar a punto de romper. Cinco minutos después de que me trajeran el pulpo llegó un chico a la mesa de las dos chicas y saludó a la rubia con un beso en los labios. “Más aburrimiento” pensé, “una pareja con una compañera del curro de ella o algo así”. Pero me equivoqué.
El tono y el contenido de la conversación cambiaron por completo, hasta tal punto  que ellas me parecían ahora personas distintas. La temperatura empezó a subir a su alrededor, que también era el mío, y eso a pesar del aire acondicionado. Hablaban de posturas sexuales, de juguetes, de filias y fobias en la cama… La morena comentó su aversión particular por el tabaco y acto seguido, los otros dos apagaron sus cigarrillos.
Por fin lo entendí. Estaban hablando de hacer un trío, ni más ni menos y, por lo que logré deducir, la morena atractiva se había citado con ellos para ver si les daba el visto bueno. Era algo así como un examen. ¡Qué oportunidad para mí, cenar con una compañía tan original! La morena no lo iba a poner fácil, les estaba poniendo nerviosos.
De repente, para mi desconsuelo, pidieron la cuenta y se marcharon. Valoré el seguirles y averiguar cómo terminaba la historia pero me pareció demasiado excéntrico incluso para mí.
Creo que cada vez me gusta más comer sola. Nunca sabes quién se sentará a tu lado…

Hay personas con tanto miedo que no salen a la calle.  Personas para las que subir al autobús, ir a trabajar o entrar en un bar, son acciones repletas de dificultades que les generan una angustia insoportable. Personas como el protagonista de La paloma, de Patrick Süskind.
Estoy en el topo observando a una de ellas. Se trata de un hombre pequeño y un poco calvo de unos cuarenta años. Va de pie, aunque casi todos los asientos están vacíos. No quiere que nadie roce su piel o su ropa; menos aún que alguien le dirija la palabra. Los miedos se agolpan en su mente mientras controla que nadie se le acerque a menos de dos metros de distancia.
Si alguien sube y coincide con él en el mismo metro cuadrado, se escurrirá al a unos tres metros, y si la cosa se pone fea se bajará en la siguiente parada.
Nuestro hombre jamás viaja en hora punta y normalmente va a pie a todas partes, lo cual limita bastante su capacidad de acción en el espacio.
Conoce tres pueblos, no más: el suyo y los dos colindantes, como nuestros ancestros que vivían toda su vida en el mismo pueblo y morían a 100 metros de distancia del lugar donde habían nacido.
Se va a bajar del topo. Me bajo con él. Intento simular y mantenerme lejos para que no sospeche. Camino despacio, despistada. No sabe que existo.
Entra en su casa. Yo le vigilo desde la ventana indiscreta. Transcurren las horas, largas y pegajosas en estas noches de verano.
Día tras día, le sigo de ventana en ventana esperando a que pase algo: un robo, un asesinato,…
El miedo le aterroriza pero yo no veo nada desde aquí.
Sigo insistiendo, descuido amistades, trabajo y familia… y nada.

Quizá si empezara a actuar como él…

Ayer sucedió por fin algo. No sé cómo he podido estar tan ciega. Ayer me miró y al instante me quedé petrificada. Miraba a través de sus ojos y todo me aterraba. Ayer… ayer tuve la visita inesperada de una paloma

Este fin de semana conocí a una afortunada de una VPO en una cena de cumpleaños de una amiga común. Fuimos a cenar a casa de la afortunada en cuestión (no a la de la homenajeada sino a la de la afortunada en el juego), en pleno centro de Donostia. Su pareja de hecho, amante del fútbol, se encontraba poniéndole los cuernos con mucha pasión en algún bar de txikiteros: con el fútbol, no piensen mal. Cuando mi amiga, Laura, me la describió unas semanas atrás, no pude más que mostrarme reticente: ella era, en realidad, jefa de Laura y, años atrás, ella y su novio habían comprado un piso que habían puesto solo a nombre de ella, por si acaso sacaban partido de la (ausencia de) política de vivienda; por si esto fuera poco, nada más conocerme me invitó a su boda por la iglesia con toda la parafernalia, sin que mediara ninguna droga. En fin, con esta lista de agravios la chica no me cayó demasiado simpática.
En cuanto abrió la puerta de su casa supe que la noche sería más larga de lo esperado en estas noches cortas de verano… La casa era… cómo diría… Yo, tan sencilla y tan discreta, no había visto una casa así nunca… Una casa que aparece en fotografías de revistas que yo no leo. Una casa decorada al detalle, como nuestra anfitriona: vestida, maquillada y animada también al detalle. Paredes rosas, muebles de diseño y cuadros rococó.
Una de las cenas más aburridas que recuerdo; aburrimiento que en ocasiones mutaba dando lugar a un hastío insoportable. Nuestra anfitriona se cambió de ropa tres veces a lo largo de la noche y tuve que soportar escucharle hablar acerca de sus planes de comprar una casita en Las Landas sin escupirle.
La noche fue degenerando. Hacia la 1 de la mañana ya empezó a hablar de: su obsesión por adelgazar, sus dietas, su preocupación por la celulitis, su pelo, su maquillaje… por cierto, por si cabe alguna duda, esta señorita bien parecida de metro sesenta pesa 53 kilogramos… No podía ser de otra manera…
Pensé en fingir un corte de digestión, todo por salir de aquel vacío infernal. Sentí deseos de volver a fumar incluso, tras 5 años sin probar un pitillo, y el vino no era suficiente consuelo.
Justo cuando estaba a punto de simular un desmayo con pérdida de conocimiento y golpe incluido, Laura, como si lo intuyese o lo temiese, se excusó y pudimos marcharnos de aquel planeta extraterrestre. Todavía hoy, miércoles, tengo escalofríos solo con recordarlo… Perdónanos Irma.

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