Jue 21 Ago 2008
A Michael Phelps una profesora le dijo hace algunos años que no tendría éxito en la vida. El chico, hoy recubierto de oro en Pekín, se acuerda de ella y se imagina haciéndole un corte de mangas.
La profesora lee el comentario en la prensa y se reconoce a sí misma. Piensa entonces en la cantidad de veces que acertó con sus pronósticos: William el alcohólico, Kevin homeless, Jennifer pretty woman, y un largo etcétera. Se trata de un simple error de cálculo. Dentro de unos días volverá al trabajo, segura de sus capacidades y de su valía.
Paradójicamente, parece que las negativas expectativas depositadas en Phelps por parte de esta lumbrera le sirvieron de incentivo. Prueba de ello es acordarse de ella tras convertirse en un héroe mundial. No obstante, parece que no les ocurrió lo mismo a Willy, Kev y Jenny; desgraciadamente, responder con desánimo ante el desánimo suele ser la respuesta habitual tal y como confirma el Efecto Pigmalión.
Al pensar en Phelps, recuerdo numerosas experiencias más o menos cercanas de profesores que se erigían en jueces o incluso dioses; recuerdo, por ejemplo, una profesora de la extinguida EGB diciéndole a un compañero que no conseguiría el graduado escolar; y ciertamente le costó algún tiempo más lograrlo, mérito exclusivo de aquella incompetente maestra. También recuerdo a otros profesores, ya en el instituto, sentenciando acerca de quién estaba capacitado para ir a la universidad y quién no.
Lástima que todos estos profesores no escogieran profesiones más acordes con sus dotes adivinatorias tales como el tarot o la numerología.


