Hace unos días recibí una feliz noticia. La ANECA, Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación, me concedió la acreditación de Profesora Contratada. Tremenda alegría. Para la persona ajena al mundo de la universidad resulta difícil de explicar. No mejoran mis condiciones laborales, seguiré ganando lo mismo, en la práctica todo sigue igual. Me queda un año y medio de contrato. Y aunque consiguiera la acreditación siguiente para Titular o Catedrática, todo seguiría igual. Pero nada es igual. En el pasado conseguir esta acreditación implicaba que la universidad sacaba una plaza (de contrato indefinido) a concurso público que, en general, hubiera conseguido yo. Pero la crisis se lleva por delante a muchos investigadores y profesores independientemente de su valía. En fin, mi parte del trato está hecho. El otro es el que no cumple.

En cualquier caso, estoy feliz. Estos días, coincidiendo con mi acreditación, ha habido un conflicto en mi Departamento que me ha recordado otros tantos. Y hoy me gustaría compartir una reflexión acerca del mundo de la universidad. En concreto, acerca del profesorado de la universidad.

Creo que ya he dicho más de una vez que considero que tengo una gran suerte con mi trabajo. Es flexible, permite trabajar desde casa, es creativo, continuamente se aprenden cosas nuevas, y aunque impartas la misma asignatura año tras año, siempre es mejorable tanto en relación con los contenidos como con los métodos. Los alumnos son siempre diferentes, por lo que con poco esfuerzo puede ser un trabajo realmente motivador y enriquecedor. En mi caso solo veo dos grandes pegas: el sueldo y la inestabilidad. Es por ello que no entiendo el comportamiento de algunos de mis compañeros que no sufren las contrariedades que sufro yo; es decir, que tienen un sueldo más que digno y que tienen un contrato indefinido o son funcionarios. Les miro y me parecen verdaderos extraterrestres. Seres que, teniéndolo todo, un trabajo lleno de privilegios, viven en lucha continua de poder, abusando del más débil, del que pueden o del que pasa por ahí, visualizan batallas épicas en medio de caóticas paranoias, y tejen artimañas para dejar fuera de combate a sus contrarios. Seres que no son conscientes de la que está cayendo, seres que no aprecian los privilegios de su trabajo, ¡pero qué digo!, ni tan siquiera los perciben como tales. Seres tristes que viven instalados en la queja constante, la frustración y la insatisfacción. Dentro de este grupo encuentro tres tipos fundamentalmente: los mezquinos, los inestables y los que son mezquinos e inestables al mismo tiempo.  Los mezquinos, personas ruines, mentirosas que no sienten respeto ni por sus compañeros ni por sus alumnos. Los inestables, personas que abusan o hacen daño a otros pero sin motivaciones sádicas necesariamente; personas que hieren o lastiman a otros y cuyo comportamiento se explica aludiendo a razones que se encuentran en su interior, un interior revuelto y amenazador, un interior lleno de conflictos mal gestionados y con una elevada dosis de hostilidad. Y, por último, aquellas personas que lo tienen todo para su desgracia: mezquindad e inestabilidad emocional.

Para un considerable porcentaje de la población no importa lo bien que les vaya en su vida. Estas personas de las que hablamos no pueden evitar arruinar todo aquello que tocan. Son ellas, no yo. Son ellas no el contexto. ¿Y qué podemos hacer? Mantenerlas a miles de kilómetros emocionales, a años luz.

Ana no sabía ser feliz. Le costó tiempo asumirlo, pero cuando lo logró asumir se quedó más tranquila. Ya no habría más presiones. Ya no se diría más aquello de que no sabía valorar lo que tenía en la vida. No más culpas.

Cuando le aterraba el miedo…  cuando sentía un desagradable enfado que se apoderaba de ella… cuando el sentimiento de culpa le arrancaba la piel a tiras y las uñas de cuajo…  cuando la vergüenza le hacía esconderse debajo de la cama… cuando los celos ante su hermana perfecta la carcomían y después se sentía un ser bajo y mezquino…  cuando sucedía cualquiera de estas cosas o varias de ellas a la vez, simplemente se dejaba hacer, se dejaba sentir.

Y justo en el preciso instante en que empezó a asumir que nunca sería feliz, se dio cuenta de que siempre había sido un quimera. De que se había pasado toda la vida tras una estúpida felicidad perfecta. De que ya se le agotaba el tiempo, y así poco a poco iba acercándose cierta calma. Con subidas y bajadas pero con un fondo en calma. No sabía que eso era la felicidad. Tampoco importaba.

Me ha costado pero por fin lo he conseguido. 34 años después. Ha sido un proceso lento y pausado, puede que incluso haya habido retrocesos en el camino y algunos altos de considerable importancia. Pero por fin, hoy, puedo decir que lo he conseguido. Que ya no hago ascos a ningún plato que se me ponga delante. Que ya no existe comida alguna con la que no disfrute. Hoy puedo decir que, en definitiva, he madurado.

Durante mi infancia y adolescencia, la mayor parte de los pescados quedaban destinados a la exclusión, así como numerosas verduras y algunas mezclas explosivas aborrecidas desde la más tierna infancia como la leche con galletas. Y, por supuesto, en la cima de lo más repugnante, lo detestable, lo abyecto, se hallaba el cocido y, en general, los garbanzos.

Poco a poco fui superando barreras. Después de todo, el rape, el gallo o el rodaballo no estaban nada mal; abrí la puerta a la coliflor, a las acelgas e incluso a la berza, y en este descubrimiento hubo verdaderos enamoramientos, como mi pasión por el calabacín o el flechazo que sentí al dar la primera oportunidad al aguacate.

Así, de forma pausada, tranquila, sin presiones, fui descubriendo sabores y placeres,  superando absurdas limitaciones que se fueron forjando en mi infancia; absurdas limitaciones que eran consecuencia de recelos frente a sabores y texturas nuevas, y supongo que también consecuencia de la necesidad que todo niño tiene de definirse a sí mismo a través de filias y fobias. Así, hasta llegar a la madre de todas las fobias, a la comida temida y odiada de todos los sábados del año: al cocido.

Hace algunos meses hice cocido por primera en mi propia casa: ¡y me encantó!

Ya no hay comida alguna que no me guste; la comida es para mí uno de los placeres más grandes de la vida, lo que es toda una suerte, porque es un placer que se disfruta todos los días.

Esta Nochebuena pasada mi cuñado y amigo M. me dijo que era la persona que conocía que más disfrutaba con la comida. No sé, nunca me había comparado con los demás en esos términos absolutos, pero lo cierto es que me siento muy afortunada por poder disfrutar tanto de ese gran placer. Y cada vez más. Y sin excepciones, sin exclusiones. Hoy quiero celebrar con todos ustedes por mi recién estrenada madurez. Y para celebrarlo una rica tortilla de patata. Gracias J. por la exquisita tortilla.

De niña me angustiaban innumerables preocupaciones. Miedos, miedos y más miedos que no sabía cómo gestionar (hoy tampoco, pero algo he aprendido…). Recuerdo uno en especial: el miedo a trabajar.

Mi padre trabajaba en una fábrica y salía todas las mañanas hacia las 6:30 al trabajo. Yo conocía la fábrica por fuera, la clásica factoría, con chimeneas y aspecto oscuro, a las afueras del pueblo en el que vivíamos. Al figurarme mi vida adulta, me imaginaba con la misma vida que mi padre. Qué curioso, nunca lo había pensado hasta ahora; no me imaginaba con la vida de mi madre, ama de casa… Esto queda para otra reflexión. Me imaginaba en un futuro con la responsabilidad de un trabajo como el de mi padre. Me descubría de repente adulta, con las mismas capacidades, habilidades y destrezas que la niña que era, una niña de apenas 7 años, entrando en la fábrica gris, ruidosa y sucia, con bombillas fundidas. Y la angustia se apoderaba de mí: ¡Yo no sabía cómo trabajar! ¿Cómo iba a poder hacerlo? No sabía, no entendía, que las responsabilidades, en general, llegan poco a poco, y que ese lento devenir del tiempo nos da cierta ventaja para ir preparándonos para lo bueno, para lo magnífico, para lo malo y para lo peor.

Nunca he vuelto a sentir tanto miedo. Qué pena no haber estado allí para tranquilizarla. Ahora que recuerdo… ¡sí he estado allí!

Es difícil imaginarlo. A todos los niveles, casi imposible. Quizá tampoco me había empeñado demasiado en entender qué significaba ser madre. Cómo me sentiría, qué pensaría…

Desde mi presente me resulta difícil haberlo imaginado (el presente) en mi pasado. Pero quizá, en mi caso, es por falta de imaginación.

Hay días con sus noches, en los que te sientes cansada, abatida, tus necesidades no importan a nadie, ni a él ni a ti. Solamente está él. Y te sientes impotente, frustrada, enfadada,… todo ello con una intensidad de moderada a elevada, a muy elevada.

Hay otros días junto con sus noches también, en los que te sientes feliz, feliz al mirarle, feliz al jugar con él, casi pletórica, eternamente agradecida al mundo por disfrutar de él y por una vida mejor de la que jamás soñaste. Todo ello con una intensidad de moderada a elevada, a muy elevada.

Y hay otros días con sus noches, en que alternas un estado de completa alegría, casi éxtasis, con un estado de abatimiento y frustración, casi ira, todo ello desde el apasionamiento más absoluto.

Contagiada por una forma de sentir irracional, irreflexiva, vehemente, agitada. ¡Estoy viva!

Y qué bien viene la meditación, observar desde la calma, cuando la pasión es sinónimo de angustia.

Hace tiempo que me pregunto qué significa la imagen que cada uno de nosotros elegimos para el perfil del Facebook. Supongo que la mayoría de las personas incluye una foto real, aunque tampoco estoy muy segura de ello. En cualquier caso, aquí encontramos algunas cuestiones dignas de atención como, por ejemplo:

-¿La foto es más o menos actual o de hace ya bastantes años?

-¿Es un primer plano o aparece de cuerpo entero?

-¿Se trata de una foto de cuando era niño?

-¿Hace constantes cambios de fotografía del perfil?

-¿Se trata de una fotografía en la que aparece con su pareja?

-¿Se trata de una fotografía en la que aparece con su hijo?

-¿… o directamente tan solo aparece su hijo o hijos?

¿Qué significa cada una de estas fotografías?, ¿qué tipo de persona hay detrás?, ¿qué nos dice de su autoestima o de su personalidad?

¿Y qué significa que no aparezca su foto? Y aquí también me planteo numerosos interrogantes:

-¿Aparece una fotografía de una mascota?

-¿Aparece sencillamente la fotografía de un animal?

-¿Es una caricatura?

-¿Se trata de un personaje animado?

No creo que todas estas cuestiones lleven a interpretaciones inequívocas de quién hay detrás, pero creo que, sin darnos cuenta, con unos datos adicionales ofrecemos importante información acerca de nosotros mismos a través de la foto del perfil.

Por ejemplo, creo que a menudo el que aparezca la fotografía real es indicador de una buena autoestima, pero también creo que en ciertos casos (poses, primeros planos provocadores, continuos cambios de la foto) nos hablan de cierto narcisismo.

También pienso que la ausencia de una foto real, el incluir una mascota o un dibujo, es a menudo un indicador de baja autoestima, aunque soy consciente de que frecuentemente esto no tiene nada que ver, queda descartada desde luego la vanidad, pero poco sabemos verdaderamente acerca de su nivel de autoestima.

En fin, que conociendo un poco a la persona y viendo su foto del perfil, podemos saber algo más de ella, pero que hacer inferencias de la foto del perfil sin conocer a la persona que hay detrás me parece un tanto petulante y absurdo, ya que cada una de las imágenes no tiene un único significado, sino varios.

Un hombre de un pequeño pueblo de la Castilla profunda llamado Horacio le pone a su bar el nombre  “Cool place”. Espera así ser original y moderno, al tiempo que supera la monotonía y el hastío por no poder haberse ido a la capital a vivir. Parece sencillo. Regentar un bar llamado “Cool place” y ser feliz, una cosa lleva a la otra. Para su desgracia, todo el mundo llama a ese bar “El Horacio”. Al cabo de unos años, Horacio, consciente de su fracaso vital, se suicida tras tatuarse el nombre de su amado bar en la cara.

Existe una fuerte tendencia por parte de las revistas científicas, que les lleva a publicar artículos cada vez más breves (ya saben, más es menos), a veces hasta un nivel preocupante. Esto se debe, desde mi punto de vista, principalmente a dos razones.

En primer lugar, hay una exigencia brutal sobre los investigadores, especialmente los más “jóvenes” (que con estas publicaciones se juegan las alubias: seguir en la universidad o irse al paro), para que publiquen sus trabajos de investigación en revistas de prestigio internacional, revistas de impacto. Y escribo “jóvenes” entrecomillado, porque éstos tienen en muchos casos cumplidos los 40 y no de forma reciente, pero aún no han conseguido estabilidad laboral. Publicar artículos más breves es una forma sencilla de dar cabida a un mayor número de artículos, y así responder a la incesante y apabullante cantidad de artículos que son enviados cada día.

En segundo lugar, el mundo en el que vivimos nos lleva a que cada vez la comunicación escrita sea más breve. Donde hubo relatos o artículos de opinión en los diarios, luego aparecieron entradas de blogs que muchas veces no superaban las quinientas palabras, y después, como máxima expresión de esta vida rápida sin demasiadas pausas, donde hay muchas fuentes, muchas miradas, mucho de multitarea y poco de profundidad, llegaron los tweets de 140 caracteres.

En este contexto, muchas revistas científicas exigen a los autores que publican en ellas que sus artículos no superen las 4000 ó 5000 palabras. ¿Qué repercusiones puede tener esto? ¿No se perderá en nivel de profundidad, no se hará más difícil replicar estudios publicados debido a la escasez de detalles, con la merma que esto supone para el avance de la ciencia? Al mismo tiempo, se le dará más cabida a muchos más trabajos que de otra manera no verían la luz…

En fin, la realidad se impone. ¿Hacia dónde vamos?, ¿qué será lo próximo? Bases de datos científicas que resuman los artículos en un tweet.

“Mi hijo me hace mejor persona”. Antes no entendía qué significaba esa frase. Pensaba que era una frase hecha, una de estas cosas que se dicen sin sentido, vacía de contenido.

Hace algún tiempo una amiga me dijo que creía que la gente que tenía hijos se volvía más egoísta, que no me lo tomara a mal, que era algo natural.

Y aunque estas dos ideas parecen contradictorias, creo que son ciertas y más o menos profundas. Me explico.

Antes de ser madre, si una amiga me necesitaba, enseguida estaba a su lado; ahora esto es bastante más complicado, mi disponibilidad de tiempo, mis prioridades,… Antes, si una persona con la que no tenía una relación demasiado cercana me pedía un favor que implicase algo de mi tiempo de ocio, fácilmente lo hacía… Ahora, desde luego la respuesta es no. De repente el tiempo ha cobrado un valor incalculable. Con un hijo pequeño el día es más corto; es un hecho irrefutable, tiene menos horas. Y ahí reside precisamente la esencia del egoísmo de la persona que es madre (o padre): en el tiempo.

Y ahora llega la explicación de la otra cuestión, explicar por qué mi hijo me hace mejor persona. Observo a los demás niños de otra manera, como si pudieran ser mis propios hijos en un momento dado. Y esto elevado hasta la locura, miro a las demás personas, jóvenes, adultos y viejos, como si pudieran reflejar el futuro de mi propio hijo. Un egocentrismo absurdo y delirante que me lleva a mirar con mejores ojos a todos aquellos que me rodean. Puede que sea filantropía.

Gracias, A. Te quiero muchísimo.

Mi pareja dice que saber quién ganó la liga de fútbol la temporada pasada es cultura. Aplico la misma lógica y pienso que, en ese caso, conocer los problemas personales de Rosa Benito también es cultura. Mis ojos dan vueltas haciendo chiribitas, y quedo en estado de “shock”. ¡Soy una completa inculta! He dudado sobre el campeón de la liga de fútbol y definitivamente desconozco el drama personal de Rosa Benito… No puede ser. No puedo ser una inculta. No puede ser. Rosa Benito y los resultados de la liga de fútbol no pueden ser cultura.

En mi reflexión, pienso en cómo se define la cultura. En qué ha llevado a mi pareja, normalmente muy juiciosa, a hacer tal afirmación. Creo que ha considerado la cultura como simple conocimiento. Y si el conocimiento de algo está en, digamos el 80% de la población, eso mismo lo convierte en cultura.

En mi búsqueda desesperada, leo la segunda acepción de cultura en el DRAE, confiando en que no me deje en muy mal lugar:

Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

Reflexiono sobre esta definición. Puede que saber algo, en concreto, quién ha sido el campeón de la liga y los entresijos familiares de Rosa Benito, lleven en sí mismos a una merma del juicio crítico. Con tal razonamiento, llego a la conclusión de que saber que el Real Madrid ganó la liga de fútbol o conocer la crisis de pareja que vive Rosa Benito pueden, paradójicamente, hacernos más incultos. Eso sí, nos dejan fuera de multitud de conversaciones, nos alejan del 80% de nuestros congéneres, lo que, a la larga, puede que implique un menor conocimiento y una menor capacidad para razonar de manera crítica.

Definitivamente, estoy hecha un lío…

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