marzo 2008


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¿Y por qué no entramos el lunes a trabajar una hora más tarde? Unos segundos de reflexión. Uno, dos, tres.
Ley no escrita: “En caso de duda, robar al obrero”.
Ni los que trabajan en los bares los sábados por la noche se benefician de una hora menos de trabajo, ya que todos los antros cierran una hora más tarde.
Nuevamente se aplica la ley sin variación: “En caso de duda, robar al obrero”.
Pero, ¿y por qué el cambio horario? ¿Realmente nos beneficia o es uno de esos hábitos sin utilidad alguna que se siguen haciendo por inercia, del mismo modo que los pollos siguen correteando aun cuando les falta la cabeza? ¿Qué hay del jet lag? ¿Por qué numerosos expertos cuestionan su utilidad respecto al ahorro energético? ¿Y qué ocurre con la luz que perdemos durante el invierno gracias al cambio de horario en otoño?
La luz perdida en invierno no es un tema anodino; muy al contrario, se trata de una cuestión de salud pública. ¿Han oído hablar de la luminoterapia? ¿Y de la depresión estacional que aparece en invierno, debido a los efectos perjudiciales de la falta de luz en el estado de ánimo ?
¿A referéndum la Constitución Europea? ¿Y a quién le importa eso?
¡El Cambio de Hora, a referéndum ya!

Para los que aprendimos el significado de la palabra “fama” con Fame, la fama era algo deseable, algo admirable, una consecuencia natural emanada del público, un aplauso continuado ante unas aptitudes extraordinarias; la fama era un reconocimiento y, por tanto, algo secundario, algo supeditado al ingenio. Lo verdaderamente valioso era el talento y también el sacrificio exigido para seguir manteniéndose fuera de los límites de lo mediocre.
Pero pasaron los años y todo esto empezó a cambiar. Desde hace varios años asistimos al descrédito y la devaluación de una maltratada y humillada fama. Una fama sin oficio que sólo busca el beneficio, una fama desgarbada e insolente, una especie de estupidez colectiva que tiene su origen en el idiota que todos llevamos dentro.
La consecuencia se separa de su efecto para perder así todo significado, y este despropósito toma forma en zombis malolientes y en caza-zombis que se pasean sin vergüenza por nuestras casas, a veces nos tocan la cabeza, hambrientos de neuronas, y les gritamos: ¡adelante, está abierto!

Yo de pequeña (aunque la verdad, he de decir que sigo siendo bastante pequeña), quería inventar la máquina del tiempo. A los 7 años, aunque ya me parecía que debía de ser algo bastante difícil, creía que, con el invento del casete que rebobina hacia delante y hacia atrás, me habían ahorrado mucho trabajo y que sólo se trataba, pues, de adaptar esa tecnología a la línea temporal.

Hoy es el día en el que me pueden colar bodrios cinematográficos insufribles si la temática versa sobre los viajes a través del tiempo. Todos tenemos nuestros defectillos…

Casi todos los niños piensan en el futuro y creen que éste les depara grandes cosas. Estos angelitos, al pensar en lo que quieren ser de mayores, sueñan sin limitación alguna: yo, médico; yo, astronauta; yo, piloto,… y un sinfín de ilusiones irreales que terminarán en: yo, profesora en un Euskaltegi desde hace 10 años a base de contratos temporales; yo, dependienta de una panadería; yo, profesora en el colegio donde estudié –por cierto sufro mobbing por parte de la directora, y mis compañeros pasan de todo…

En fin, sin ser tan dramática, las ilusiones que tenemos de niños, pues suelen ser eso, ilusiones y, sin embargo, a ningún adulto se le ocurre decirle al pobre niño: -Si se te dan mal las matemáticas en 2º de Primaria, ya puedes ir olvidándote de ser astronauta y empezar a conformarte con conseguir algún trabajo, en lo que sea…

Después de todo, parece que las ilusiones nos ayudan, si no a conseguir estas metas, por lo menos sí a mejorar nuestras potencialidades y eso siempre será bueno. Lo sorprendente es cómo somos capaces de adaptar las expectativas a los logros y además ser felices. Misterios de la vida.

No lo ven. Ellos no ven el techo de cristal, ni tampoco ellas. ¿Qué puedo hacer? Mis niñas, mis niños. Pero sólo soy una maestra de pueblo, feminista y solterona. ¿Quién inventó la palabra feminismo? Qué daño ha hecho a las mujeres y a su lucha… Cualquier palabra que hable de igualdad suele ser tan honrosa, tan digna y respetada… y sin embargo, feminismo suena a machismo, a fetichismo, a sadismo,… ¡qué gran error! Pero no es la palabra. No es la palabra.
No lo ven. Ellos no ven el techo de cristal, ni tampoco ellas. Pero yo sí lo veo y es por eso que dicen que estoy enferma. Enferma porque veo el techo de cristal; no es que lo vea, pero sé que está ahí. Todos lo llevamos sobre la cabeza, siempre, en cualquier lugar de la Tierra, en Reykjavik o en Wellington. Siempre. Y esto me preocupa. Me preocupa mucho. Me preocupa tanto que a veces no me deja dormir; a veces siento que no tengo fuerzas para trabajar. Pero luego entiendo el sentido de todo y me recupero. Voy a la clase, les miro y les enseño los números y las letras, la historia y las ciencias naturales, pero sin mi techo de cristal: con mi consciencia y mi fuerza de voluntad logro que mi techo de cristal se quede fuera del aula y poco a poco consigo, en ocasiones, resquebrajar los pequeños techos que traen mis niños y mis niñas. Son pequeñas fisuras pero es todo lo que puedo hacer…
No lo ven. Ellos no ven el techo de cristal, ni tampoco ellas. A pesar de las hendiduras. A pesar del ruido que hace el cristal. Luego, cuando salgo del aula, mi techo de cristal se apresura a colocarse en su sitio, y siento un ahogo, siento que me falta el oxígeno de la igualdad. Y vuelvo a palidecer. Y vuelvo a la rigidez habitual. Cada cierto tiempo enfermo por la falta de oxígeno, y es entonces cuando ya no puedo trabajar y me alejan de mi escuela. Me aumentan la medicación, me la cambian, y durante los primeros días me pierdo. No hay recuerdos, no hay verdadera vida, me he perdido. Y después vuelvo a mí y les veo a todos ellos con su techo: los médicos, las enfermeras, los pacientes,… pero no lo ven. Y tratan de convencerme de que no existe. Algunas veces hasta me hacen dudar, y es entonces cuando me dejan marchar. Luego en las calles todo es mucho más claro y nítido, y dejo de dudar.
No lo ven. Ellos no ven el techo de cristal, ni tampoco ellas. Después de las vacaciones en el mundo al revés, vuelvo a mi casa. Y vuelvo a enseñar. Entro en la clase y veo a mis queridos niños, todos ellos sonrientes, y me doy cuenta de que han desaparecido muchas de las hendiduras. Y entonces me convierto en lluvia enfurecida que golpea sus ventanas; a veces, incluso, en rayo que penetra y logra hacer tambalearse la azotea. Hacemos visible lo invisible; donde no había más que llanura se levantan montañas irregulares, y las escalamos. Cuando logro que los niños vean con mis ojos, empiezan a sonar los cristales. Les “desenseño” lo que les han enseñado y es entonces cuando se liberan de los demás y de mí, y son ellos los que aprenden. Niñas y niños empiezan a mirarse y se redescubren, sorprendidos ante la imagen; ligeros, olvidan el peso del prejuicio y la discriminación. El prejuicio y la discriminación pesan tanto, incluso cuando son invisibles… A veces me parece que algunos techos llegan a desaparecer durante algunos instantes… Pero llega otro día y veo que siguen ahí.
No lo ven. Ellos no ven el techo de cristal, ni tampoco ellas. Mis niñas creen que son iguales que los niños, y ellos también lo creen. Pero yo veo su presente y su futuro, soy tan vieja… No quieren ver que la pobreza, el analfabetismo, la violencia,… les afecta de manera muy especial, a ellas. Y yo, ¿qué puedo hacer? Les miro y veo todas sus potencialidades; ellos creen que pueden llegar hasta el infinito, pero yo veo la frontera, veo por encima de sus cabezas, y sé hasta qué altura pueden llegar a crecer. Hay niñas que se han quedado tan chiquitas… Y es que no lo ven.

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El reloj biológico no falla.
Por si, en un extraordinario caso, nuestro reloj biológico fallara o se le acabara la pila, ahí están los demás que hacen las veces del dichoso reloj.
En cualquier caso, llega un día en que, sin darnos cuenta, comienza un bombardeo brutal por todos los flancos: amigos, familia, conocidos,… Todos ellos nos impelen a reproducirnos sin cuestionarse el porqué y, por supuesto, sin darnos ningún tipo de explicación. Tener hijos, bien, pero, ¿por qué? Este asedio es aún más brutal en el caso de las mujeres, cuyo reloj hace tictac de manera más frenética.
Empezamos nosotros mismos a entrar en el juego formando parte de los asediados y de los que asedian, víctimas y verdugos al mismo tiempo, en un intento de manejar nuestra propia ansiedad. Empezamos a pensar cuándo, cómo, cuántos, sin pensar en el porqué. Normalmente reproducimos fielmente nuestra historia personal: los hijos únicos tienen hijos únicos, los que tienen hermanos normalmente no más de dos, y los ricos, los inmigrantes y los del piso de protección de compra, incluso tres.
Ayer discutía con unas amigas sobre las ventajas y las desventajas de ser hijo único o tener hermanos.
Fieles a todos los pronósticos, las que tenemos hermanos defendíamos los innumerables beneficios de crecer en compañía de los otros hijos de nuestros padres, y la que era hija única defendía las incuestionables ventajas de crecer siendo la reina de la casa. No es mi intención aquí entrar de lleno en la discusión que tuvimos. Si me permitís, me gustaría dejárosla a vosotros invitándoos a la reflexión con vuestros comentarios. Sin embargo, sí me gustaría comentaros la revelación que tuve, yo, la defensora de los hermanos: no todos los padres están hechos para tener más de un hijo. Hay padres que no saben tener más de un hijo, de la misma manera que no saben tener más de un hermano, ni más de un amigo. Personas que viven la vida como una competición en la que sólo puede haber un ganador. Personas que aprenden a valorar a los otros desvalorizando a los demás. Serán padres que no podrán cumplir el mandamiento moral de todo buen padre o buena madre de querer a todos los hijos por igual.
Quizá, después de todo, no esté tan claro que tener hermanos sea siempre mejor…