mayo 2008


Hay tantas cuestiones que nunca nos enseñaron en el cole, ni tampoco en el instituto, ni siquiera en la universidad, y que tuvimos que aprender en la calle a base de mamporros…, que a veces me cuestiono si realmente hubo algo de lo que nos enseñaran que nos valiese para vivir y que fuese mérito exclusivo de la educación formal.

Ya sabíamos que esto de vivir era harto complicado, pero yo creía que uno de los objetivos prioritarios de la escuela era precisamente ayudarnos a desenvolvernos mejor en lo extraño y lo absurdo de la vida.

Pero al parecer no fue así.

Las hipótecas, el trabajo… todo aquello de lo que casi nadie se libra nos pilló con el pie cambiado. Regateamos como pudimos en las cajas y los bancos (de lo que nunca nos hablaron en el cole), firmamos contratos de trabajo ilegales sin saber qué derechos teníamos, y todo ello, en muchos casos, con estudios universitarios.

Ante tal ya inevitable desastre, propongo arrojar algo de esperanza sobre las generaciones futuras y crear de inmediato una asignatura denominada “Lo que nunca enseñaron a vuestros padres“. Es necesario que la escuela deje de contribuir a aquello de que el más empollón sea el más pardillo; tampoco es que queramos hacer de él un “tengo el culo pelao“, pero por lo menos que el hecho de que sea un niño aplicado en la escuela no contribuya a convertirlo en un desaventajado en el arte de vivir.

Continuará.

Dicen que las princesas son cosa del pasado.

Y sin embargo… hoy seguimos leyendo los mismos cuentos, con los mismos príncipes y con las mismas princesas, a nuestras niñas y a nuestros niños. Los mismos que nos leyeron a nosotros: Blancanieves, La Bella Durmiente, Cenicienta y otros tantos que nos hablan de hermosas jóvenes de buen corazón que son rescatadas por apuestos jóvenes un tanto asépticos.

Dicen que las princesas ya no habitan en nuestros sueños, que tan solo son restos arcaicos de los anhelos de nuestras antecesoras.

Y sin embargo… hoy las niñas se disfrazan de princesas con vestido rosa almidonado y con corona.

Así, y casi sin darnos cuenta, alimentamos en todas y cada una de nuestras niñas la necesidad junto con su hermana, la esperanza, de ser rescatadas.

Porque solas no tenemos fuerza.

Porque solas somos débiles.

Les enseñamos que la seguridad proviene del exterior y que si son buenas, solo será cuestión de tiempo.

Todavía no se ha escrito ningún cuento que rompa esta transmisión de debilidad por vena a las niñas. Ni siquiera Shrek, que nos lo vendieron como el anti-cuento, rompe con los clásicos roles: él, un ser fuerte y autosuficiente; ella, una princesa a la espera de ser rescatada. Todas las demás florituras no ocultan la esencia que comparte este cuento con todos los demás, sencillamente lo enmascaran y lo convierten en algo más tolerable para las jóvenes modernas y feministas.

Pero algo sí ha cambiado.

Algunas mujeres se sienten cómodas o tienen demasiado miedo como para dejar de ser princesas; aunque sus príncipes sean peores que la madrastra de Cenicienta o la bruja de Blancanieves. Son princesas infelices con príncipes ridículos que no llegaron nunca al final del cuento. Pero otras…

Otras niñas/mujeres se rasgan las vestiduras y abandonan el sueño encantado.

Otras, en cambio, mantienen una lucha encarnizada con ellas mismas y puede que algún día logren liberarse de ataduras infantiles.

Cada vez hay menos princesas, cada vez menos príncipes con el duro desafío que supone un rescate.

Y sin embargo

Todavía quedan muchas princesas.

-Aita, ¿por qué todo el mundo me mira?

- Porque eres la más guapa, la que lleva el mejor vestido, la que tiene el peinado más bonito,… por todo eso, mi amor, la gente no puede evitar dejar de mirarte.

Se trata de una niña de unos 9 años vestida y maquillada como una novia. Ante la respuesta del padre, la niña, orgullosa, sonríe y se eleva unos centímetros por encima del suelo. Por la altura y por la seguridad con la que camina, nadie diría que es una niña.
Es domingo, paseo por las calles y por todas ellas veo novias en miniatura, marineritos y abogados de metro treinta.
Las iglesias, vacías el resto del año, están llenas a rebosar. Tan llenas que algunos se sacrifican y esperan en el bar de la esquina tomando una caña mientras transcurre el acto religioso. Son las comuniones de mayo. Las bodas en solitario de los menores de edad. Celebraciones que rara vez tienen algo que ver con el acto de comulgar y donde Dios no pinta nada porque nadie le ha invitado.

Los rituales se reinventan pero siguen cumpliendo alguna función, aunque ésta ya nada tenga que ver con aquella que fue. En cualquier caso, siguen siendo rituales tan necesarios en nuestra sociedad como lo fueron en el pasado. Los niños tienen que aprender desde bien pequeñitos una serie de cuestiones fundamentales para la vida moderna: algunos principios esenciales para vivir en sociedad, para tener éxito en la vida. Por ejemplo, lo importante que es ser el centro de atención aunque ni siquiera sepamos exactamente por qué; o la relevancia del tener: tener un vestido caro, tener muchos regalos,…

Lo sorprendente de todo este asunto de las comuniones, es que muchas personas siguen creyendo en su arcaica función y no llegan a ser conscientes de su significado actual; son personas que no saben qué están celebrando ni tampoco los valores que están transmitiendo.

Reconozco que siempre he sido un poco antisocial. Con el paso de los años me he dado cuenta de que, quizá, uno de sus orígenes resida en el hecho de que me cueste aprender algunos convencionalismos sociales.
Todo el mundo sabe lo que quiere decir, por ejemplo: “¿Qué tal?“. Hasta los niños más chicos. Les preguntan:

-¿Qué tal?

Y ellos responden con una sonrisa más o menos amplia:

-¡Bien!

Yo hasta hace pocos años creía que “¿Qué tal?”, significaba “¿Qué tal?” (¡de verdad que soy excéntrica!) y, en fin, cuando un tipo me hacía esa pregunta yo le contestaba de verdad cómo me encontraba. Lo que no entendía era por qué se alejaban cuando me extendía en mi respuesta; y lo que más me molestaba era que el tipo en cuestión se mostrase de lo más insensible y huyese con cualquier excusa, cuando en mi respuesta aludía a alguna clase de malestar o preocupación.
Me ha llevado cierto tiempo, pero al final he comprendido el significado. De hecho, en mi proceso de aprendizaje he llegado a algunas conclusiones acerca de cómo no espantar a un conocido con nuestra respuesta:

I. No se debe contestar “mal” o “regular“. Cualquier respuesta que no se sitúe en el polo positivo suele desencadenar la fuga o el pavor del conocido.

II. Aunque la respuesta sea optimista, si ésta contiene más de cinco palabras suele generar cierto hastío en nuestro interlocutor, claramente visible en su expresión facial.

III. “Bien“. Esta es la respuesta correcta.

IV. Si nos pasamos de listos con un “muy bien” también espantaremos al conocido. Esta respuesta puede resultar demasiado presuntuosa; se puede interpretar como “muy bien, mejor que tú”.

El problema de verdad surge cuando te detienes y piensas: “¿Cuántas personas al día me preguntan ¿Qué tal? con su significado literal?”