junio 2008


Hay personas con tanto miedo que no salen a la calle.  Personas para las que subir al autobús, ir a trabajar o entrar en un bar, son acciones repletas de dificultades que les generan una angustia insoportable. Personas como el protagonista de La paloma, de Patrick Süskind.
Estoy en el topo observando a una de ellas. Se trata de un hombre pequeño y un poco calvo de unos cuarenta años. Va de pie, aunque casi todos los asientos están vacíos. No quiere que nadie roce su piel o su ropa; menos aún que alguien le dirija la palabra. Los miedos se agolpan en su mente mientras controla que nadie se le acerque a menos de dos metros de distancia.
Si alguien sube y coincide con él en el mismo metro cuadrado, se escurrirá al a unos tres metros, y si la cosa se pone fea se bajará en la siguiente parada.
Nuestro hombre jamás viaja en hora punta y normalmente va a pie a todas partes, lo cual limita bastante su capacidad de acción en el espacio.
Conoce tres pueblos, no más: el suyo y los dos colindantes, como nuestros ancestros que vivían toda su vida en el mismo pueblo y morían a 100 metros de distancia del lugar donde habían nacido.
Se va a bajar del topo. Me bajo con él. Intento simular y mantenerme lejos para que no sospeche. Camino despacio, despistada. No sabe que existo.
Entra en su casa. Yo le vigilo desde la ventana indiscreta. Transcurren las horas, largas y pegajosas en estas noches de verano.
Día tras día, le sigo de ventana en ventana esperando a que pase algo: un robo, un asesinato,…
El miedo le aterroriza pero yo no veo nada desde aquí.
Sigo insistiendo, descuido amistades, trabajo y familia… y nada.

Quizá si empezara a actuar como él…

Ayer sucedió por fin algo. No sé cómo he podido estar tan ciega. Ayer me miró y al instante me quedé petrificada. Miraba a través de sus ojos y todo me aterraba. Ayer… ayer tuve la visita inesperada de una paloma

Este fin de semana conocí a una afortunada de una VPO en una cena de cumpleaños de una amiga común. Fuimos a cenar a casa de la afortunada en cuestión (no a la de la homenajeada sino a la de la afortunada en el juego), en pleno centro de Donostia. Su pareja de hecho, amante del fútbol, se encontraba poniéndole los cuernos con mucha pasión en algún bar de txikiteros: con el fútbol, no piensen mal. Cuando mi amiga, Laura, me la describió unas semanas atrás, no pude más que mostrarme reticente: ella era, en realidad, jefa de Laura y, años atrás, ella y su novio habían comprado un piso que habían puesto solo a nombre de ella, por si acaso sacaban partido de la (ausencia de) política de vivienda; por si esto fuera poco, nada más conocerme me invitó a su boda por la iglesia con toda la parafernalia, sin que mediara ninguna droga. En fin, con esta lista de agravios la chica no me cayó demasiado simpática.
En cuanto abrió la puerta de su casa supe que la noche sería más larga de lo esperado en estas noches cortas de verano… La casa era… cómo diría… Yo, tan sencilla y tan discreta, no había visto una casa así nunca… Una casa que aparece en fotografías de revistas que yo no leo. Una casa decorada al detalle, como nuestra anfitriona: vestida, maquillada y animada también al detalle. Paredes rosas, muebles de diseño y cuadros rococó.
Una de las cenas más aburridas que recuerdo; aburrimiento que en ocasiones mutaba dando lugar a un hastío insoportable. Nuestra anfitriona se cambió de ropa tres veces a lo largo de la noche y tuve que soportar escucharle hablar acerca de sus planes de comprar una casita en Las Landas sin escupirle.
La noche fue degenerando. Hacia la 1 de la mañana ya empezó a hablar de: su obsesión por adelgazar, sus dietas, su preocupación por la celulitis, su pelo, su maquillaje… por cierto, por si cabe alguna duda, esta señorita bien parecida de metro sesenta pesa 53 kilogramos… No podía ser de otra manera…
Pensé en fingir un corte de digestión, todo por salir de aquel vacío infernal. Sentí deseos de volver a fumar incluso, tras 5 años sin probar un pitillo, y el vino no era suficiente consuelo.
Justo cuando estaba a punto de simular un desmayo con pérdida de conocimiento y golpe incluido, Laura, como si lo intuyese o lo temiese, se excusó y pudimos marcharnos de aquel planeta extraterrestre. Todavía hoy, miércoles, tengo escalofríos solo con recordarlo… Perdónanos Irma.

dscn3804-50.JPG

Un gato jugando a ser humano haciendo de sádico con un pobre roedor.

Hay muchos tipos de sadismo.
El sadismo de los psicópatas, por ejemplo.
Los psicópatas tienen la desgracia de no ser capaces de sentir emociones, o de sentirlas con una intensidad leve, casi imperceptible; carecen por completo de la capacidad de sentir empatía, es decir, de sintonizar afectivamente con las emociones de los otros. Todo este engranaje hace que estas personas sean bombas de relojería andantes y, ya se sabe… bombas que se activan fácilmente con la interacción humana.

Pero hay sadismos mucho más comunes, más frecuentes, que todos practicamos en mayor o menor grado sin llegar al extremo de la psicopatía.
Hay algunos de estos pequeños actos sádicos que me enervan especialmente; por ejemplo, colarse. Tal es mi odio hacia los colones, que he desarrollado un sexto sentido que me permite detectarlos antes de que entren en acción. No sé qué será: los movimientos en pequeños círculos que les permiten avanzar con disimulo, su mirada esquiva, su falta de vergüenza ante cualquier llamada de atención… no sé, pero lo cierto es que casi he logrado un 98% de aciertos. Lo malo es que esta exitosa tasa de acierto no me ha servido de mucho, ya que hoy es el día en el que se me siguen colando, y todo a pesar de mi sentido paranormal.

dscn3803-50.JPG

Otro acto sádico que también me enerva en grado sumo es el de aquellas personas que se sientan en el asiento exterior en el autobús o en el tren, dejando libre el asiento interior al lado de la ventanilla, sin ningún motivo lógico aparente; rebuscando entre los motivos ocultos, encontramos el deseo del sádico de que ninguna persona se siente a su lado, y es por ello que dificultan el acceso al deseado asiento, en ocasiones ocupando éste con cualquier cachivache, sin importarles cuántas personas van de pie, ni cuántas de éstas son viejecitas y viejecitos cargados con bolsas y con bastón.
Hace algunos días, sin embargo, fui consciente de otro tipo de acto sádico propio de la era de la información y la comunicación que nos ha tocado vivir. Puede incluso que yo misma lo haya practicado alguna vez, mal que me pese decirlo. Lo llamo el sadismo de los anónimos. Este sadismo se manifiesta a través de todo un conjunto de críticas poco constructivas que lanzamos en la red a blogs, portales, noticias, etc., sin poner en práctica aquello que comentaba antes de la empatía; sin detenernos a pensar en la persona o personas que hay detrás, y sin tan siquiera imaginar que nuestro agrio reproche tiene realmente un interlocutor. Lanzamos críticas poco pensadas, huecas en argumentos, sin cuidar las formas, cuyo objetivo primordial es descargar nuestra rabia o frustración de la vida diaria.
No es que pretenda predicar un mundo de Oz (quitando a las brujas malas) o al estilo Mary Poppins, pero una cosa es el enfado, la ira, la rabia, etc., que son emociones muy valiosas que cumplen funciones importantes que nos ayudan a perseverar y a defender nuestros objetivos, y otra cosa muy distinta es el sadismo, que siempre está de más, y por tanto nunca es un invitado bienvenido.

dscn3802-50.JPG

El otro día caminaba por la calle y leí en un cartel pegado en alguna pared una invitación a una fiesta de impares, es decir, una invitación a personas solas que buscan pareja, de 25 a 40 años, creo recordar. Me paré a pensar si yo me atrevería a acudir a una fiesta así y me parece que concluí que sí; pero esta meditación me sirvió para darme cuenta de la cantidad de prejuicios que nos invaden en relación con el tema del amor, la pareja ideal, el romanticismo infinito y los cuentos de princesas y príncipes de los que ya hablamos.
Existen numerosos mitos sobre el amor y el enamoramiento que nos limitan y nos impiden ver con claridad. Podemos llegar a rechazar buenas oportunidades que a veces no se repiten por culpa de toda esa chatarra que solo hace ruido y que no guarda casi ninguna verdad. Aquí os presento algunos de estos mitos.

El mito de la naturalidad. Se supone que conocer a tu pareja ideal ha de darse de forma natural, en un contexto fortuito, sin artificios ni intenciones previas. Bien. En primer lugar, dudo que la naturalidad del encuentro garantice de algún modo que surja la atracción, el amor y una relación duradera y, por supuesto, no creo que la artificiosidad del encuentro impida que surja una atracción mutua genuina y todo lo demás. En segundo lugar, esos contextos naturales de los que hablamos como, por ejemplo, el sábado noche a las 4 de la mañana con ingentes cantidades de alcohol en sangre, tienen realmente muy poco de naturales (en el sentido en el que suelen ser definidos por los defensores de lo natural y espontáneo), y más bien se pueden describir en términos de cortejo animal (quizá a esto se refieren con natural): el acercamiento, las sonrisas, la distracción a través del alcohol u otras drogas, el baile, la invitación a una copa por parte del macho como pequeño presente a la hembra, etc.

El mito del flechazo. Este es otro de los grandes mitos que tanto daño ha hecho al amor. Se supone que el amor verdadero se reconoce al instante. Recuerdo alguna frase de algún lumbreras que pasó cerca: “La vi en el bar y al instante supe que era la mujer de mi vida”. En realidad, este topicazo, bajo una falsa apariencia de romanticismo extremo, esconde la mayor de las superficialidades, pues no hay flechazo con la chica fea del bar que lleva los sobacos sin depilar y los muestra con desparpajo.

El mito de la monogamia. Según este otro mito, una vez que nos enamoramos de una persona, ésta se convierte en la única receptora de nuestro amor y nuestra pasión, y las demás dejan de existir como por arte de magia ante nuestros ojos libidinosos. Esta gran mentira causa también mucha amargura e insatisfacción, sobre todo en aquellas personas sedientas que se enamoran por primera vez y que comprueban que, en contra de sus expectativas, los demás no dejan de existir ni dejan de ser fuente de sus deseos románticos o sus pasiones carnales.

Todos funcionamos más o menos con estos mitos en nuestra cabeza cuando hablamos, pensamos y sentimos (sobre) el amor romántico. No obstante, puede que el hecho de ser conscientes de todas las mentiras que encierran dichos mitos nos ayude a ser un poco más libres y encarar la búsqueda del amor con menos cadenas.

tienda.jpg

Al meditar sobre el temario de esta asignatura (y mejor que no sea transversal porque ya sabemos que al final eso de la transversalidad se traduce en “nos ocupamos todos, o sea nadie”), aparece en mi mente un tema imprescindible: enseñar a descifrar aquello que está oculto antes de que sea demasiado tarde, es decir, enseñar a leer entre líneas.

Porque a veces las palabras no significan lo que aparece en el Diccionario de la Real Academia. Porque a veces las palabras en vez de utilizarse para comunicar se utilizan para distraer. Y es aquí donde actúa el valioso tema “Leer entre líneas” de la asignatura de la que os hablaba la semana pasada: “Lo que nunca enseñaron a vuestros padres.

En este tema se analizarán, por ejemplo, numerosos anuncios que nos podemos encontrar en revistas, periódicos, tiendas, supermercados, etc. Estos análisis ayudarán al escolar a conocer y afrontar mejor las mentiras de las convenciones sociales.

El ámbito del trabajo ofrece numerosos ejemplos. Analicemos dos ejercicios del manual:

1. Anuncio que aparece en el periódico y que contiene más de 20 palabras.
Muy probablemente, se trate de ventas o prostitución. Si en este anuncio se ofrece trabajo “a mujeres inteligentes”, entonces es seguro que se trata de prostitución. No traten de buscar ninguna explicación lógica, simplemente memorícenlo para el futuro.

2. “Se busca chica de 18 a 20 años para trabajar en esta tienda”. He aquí una posible traducción del citado anuncio: “se busca mujer joven que no haya trabajado nunca para explotar a gusto, amparados en su ignorancia total y absoluta de lo que son los derechos laborales y confiando en que un sueldo miserable le resulte altamente gratificante”.

A través de estos sencillos y prácticos ejercicios el estudiante, en sus inicios en el mundo laboral, no tendrá la necesidad de descubrir el significado oculto de tales anuncios por sí mismo, y podrá sortearlos con maestría o incluso aceptar lo que ofrecen pero conociendo previamente el engaño.

Continuará. Otra vez.