julio 2008


Hace varios años le robaron a mi hermana un abrigo en Nochevieja. Por azares de la vida, a través de una conocida común, la susodicha ladrona llamó por teléfono a mi hermana, con la esperanza de que ésta tuviese el abrigo que asimismo le habían robado a ella. Mi hermana, que no es aficionada a la sustracción de objetos ajenos, le contestó que desconocía el paradero de tal abrigo y le pidió encarecidamente que le devolviera el suyo, a lo cual la muchacha se negó rotundamente, creyendo que mi hermana mentía. De poco sirvió razonar con ella y hacerle entender lo absurdo de su proceder. Jamás volvimos a ver el abrigo.

Cuando me pongo a pensar en aquella chica y me preguntó: -”¿Por qué alguien hace algo así?”, me vienen a la mente algunas personas cercanas que funcionan guiadas por la misma extraña ley de la reciprocidad que aunque, estas mismas personas, reconocen que es absurda e incluso inmoral, sin embargo, les da cierto gustillo. Tengo una amiga que roba paraguas cuando le roban el suyo, y un amigo que roba antenas de coche cuando le roban la antena de su coche. Curiosamente esta ley no funciona en el sentido inverso, pues no regalan dinero indiscriminadamente cuando les toca la lotería o les suben el sueldo. Por lo demás son personas bastante normales.

Puedo aceptar una falta de coherencia que nos lleve a actuar según nuestra conveniencia y también la falta de sentido común en ciertas ocasiones, pero ambos déficits al mismo tiempo… eso ya no.

A veces es necesario hacer un alto en el camino. Una pausa. Un stop.
Detenerse mientras los demás siguen su rumbo, su rutina,… para, después, volver a empezar.
Sin darnos cuenta, en ocasiones, arrastramos maletas, mochilas y macutos que nos hacen caminar con dificultad. Y es precisamente en ese momento en el que hay que soltar pesos innecesarios y reforzar quiénes somos.

Quizás nuestros padres no sean los ideales.
Quizás nuestra pareja sea muy diferente de la que soñamos, o puede que ni siquiera tengamos pareja.
Quizás no seamos madres o padres cuando lo deseamos, o puede incluso que nunca tengamos hijos.
Quizás nuestro trabajo sea monótono y alienante, inestable y mal pagado.
Quizás nuestra vida no sea exactamente tal y como la habíamos planificado, pero lo cierto es que pocas vidas resisten al análisis. Sencillamente, hay muchas personas que no se detienen a mirar.

No pretendo predicar un conformismo extremo, pero a veces se nos olvida cuál era el fin último de todos esos sueños.
A veces nuestros sueños funcionan como objetivos que nos orientan y que al ser logrados nos premian con cierta satisfacción; pero otras veces funcionan como espejismos que nos impiden sentir la más nimia felicidad.
Hay cosas que se pueden cambiar. Otras, simplemente, no están en nuestra mano.
Y es importante saber que hay muchos caminos posibles. Algunos ni siquiera imaginados.
Pero si nos empecinamos en un único camino, si algo falla (lo cual es muy probable), tenemos una alta probabilidad de instalarnos en la frustración, y no merece la pena…

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Amo a la gente sencilla… a esos seres diáfanos, sin dobleces, sin letra pequeña.

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Les abro las puertas de mi casa y les invito a entrar.

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Huyo de los seres complicados, retorcidos y un tanto malvados.
En cuanto huelo su perfume me alejo tanto como me es posible.
Nunca muestran quiénes son, se esconden tras la palabra, tras la apariencia, tras un humo espeso.

No lo puedo evitar, no lo quiero evitar.
Amo a la gente sencilla…
Ellos sí muestran quiénes son.
Muchas veces no saben o no tienen nada qué decir y simplemente se quedan en silencio.
No intentan parecer estrellas de cine antiguo y a veces les huelen los sobacos.
Miran a los ojos cuando escuchan, pero también cuando hablan, y no hay cortina de humo.
Están por todas partes.

Y aún así… rechazo la visión maniquea de un mundo de sencillos y complicados.

Pero… no lo puedo evitar, no lo quiero evitar.

superwoman.JPG

Detente un momento a pensar en estas dos frases: “¡Quiérete más!” “¡Adelgaza!” “¡Adelgaza!” “¡Quiérete más!”

Al meditar sobre el significado profundo de estas dos grandes verdades de nuestros tiempos, mi mente entra en una dinámica casi esquizofrénica hasta perder el sentido de la realidad: ¿He de elegir entre quererme o adelgazar?, ¿he de quererme y por ello adelgazar?, ¿o he de adelgazar y después quererme?
¿Cómo no voy a abrazar la locura en un mundo tan obtuso como el que refleja esta fotografía?  Mujer bella, delgada, trabajadora liberada, pero que se ocupa de la casa, de los niños, de los padres, de los suegros y de quien haga falta. Esa es la mujer de hoy en día.
Estas dos frases inocentes unidas me enervan al tiempo que me repugnan. Y me recuerdan a todas esas patrañas que tenemos que soportar a diario, y que tan bien representan algunas revistas dirigidas a mujeres del estilo de Mujer de hoy. Esas revistas que son una petulante mezcla infame de dietas, fotografías de mujeres perfectas, consejos a trabajadoras exitosas, ensalzamiento de la libertad femenina, todo ello aderezado con cremas anti-arrugas y anti-edad hediondas y unos cuantos productos adelgazantes en el límite de la legalidad.

Para ser libre, la mujer que nos pintan está bastante jodida, permíteme la expresión.
Si puedo elegir, preferiría no llegar a ser una Superwoman.

Normalmente no me gusta comer sola. Para mí comer tiene un componente social importante, de modo que a una buena cena a solas siempre le falta un ingrediente esencial: la compañía. O casi siempre. Y digo casi, porque a veces escuchar las conversaciones ajenas y dejarse envolver por ellas mientras una se deleita con un buen plato es de lo más gratificante.
Estoy en el tren de vuelta a Donosti. He estado unos días en Madrid, sola. Y he comido y cenado varias veces sola. Sola, aunque no estrictamente en soledad.
Madrid, como toda gran ciudad, te da la oportunidad de ver un abanico más amplio de gentes, de ver aquello que en un Donosti no vemos. Y no es que en Donosti no exista más variedad de la que sugiere el aspecto clónico de sus gentes, pero muchas personas sencillamente no se atreven a expresarse y a ser quiénes son; y en una gran ciudad esto es diferente: pandillas de siniestros, una pareja lesbianas de 16 ó 17 años dándose un beso en pleno Paseo del Prado, en fin… más libertad, más anonimato, más… qué sé yo…
Ayer tuve una cena con compañías muy interesantes, aunque no se sentaban en mi mesa. Ayer fui a cenar a un garito del meollo madrileño donde tuve la oportunidad de degustar un fantástico pulpo a la gallega amén de escuchar conversaciones ajenas que engrandecieron tal acontecimiento culinario. Cuando llegué ya estaban pero no pude evitar quedarme hasta que se fueron. En un principio, las protagonistas de mi historia no parecía que fueran a ofrecer demasiado a mi cena; tendrían unos 25 años y eran bastante atractivas aunque con un aspecto un tanto mojigato. Una rubia, la otra morena. Una con ojos verdes, la otra con ojos castaños. Las dos altas con piernas largas y bronceadas. Me llegaban retazos de su conversación, nada interesante: que viajar te abre la mente, que París esto, que Ámsterdam lo otro… Después empezaron a hablar de algunos bares de los que yo no había oído hablar, por lo que intuí que apenas se conocían y que estaban tanteando un poco sus gustos. Cuando llegué estaban comiendo una ración de pulpito a la gallega y me dieron un poco de envidia, de este tipo de envidia tan agradecida que es de fácil contentar. Así pues, pedí a la camarera una ración de pulpo a al gallega.
Hastiada por la conversación intenté alienarme con una pareja en el fondo del bar que tenía todo la pinta de estar a punto de romper. Cinco minutos después de que me trajeran el pulpo llegó un chico a la mesa de las dos chicas y saludó a la rubia con un beso en los labios. “Más aburrimiento” pensé, “una pareja con una compañera del curro de ella o algo así”. Pero me equivoqué.
El tono y el contenido de la conversación cambiaron por completo, hasta tal punto  que ellas me parecían ahora personas distintas. La temperatura empezó a subir a su alrededor, que también era el mío, y eso a pesar del aire acondicionado. Hablaban de posturas sexuales, de juguetes, de filias y fobias en la cama… La morena comentó su aversión particular por el tabaco y acto seguido, los otros dos apagaron sus cigarrillos.
Por fin lo entendí. Estaban hablando de hacer un trío, ni más ni menos y, por lo que logré deducir, la morena atractiva se había citado con ellos para ver si les daba el visto bueno. Era algo así como un examen. ¡Qué oportunidad para mí, cenar con una compañía tan original! La morena no lo iba a poner fácil, les estaba poniendo nerviosos.
De repente, para mi desconsuelo, pidieron la cuenta y se marcharon. Valoré el seguirles y averiguar cómo terminaba la historia pero me pareció demasiado excéntrico incluso para mí.
Creo que cada vez me gusta más comer sola. Nunca sabes quién se sentará a tu lado…