agosto 2008


Ayer me encontré este fantástico cortometraje en el blog sobre televisión de Hernán Casciari:

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Y me ha dado por reflexionar acerca de este tipo de personas que nacieron, vivieron y murieron como Martín.
Personas sumisas y obedientes con la autoridad, que nunca cuestionan las órdenes y siempre son dóciles, dispuestas a acatar lo que haga falta.

Dentro de este tipo de personas, encontramos dos clases que a veces son difícilmente distinguibles:
- En primer lugar, encontramos aquellos que obedecen motivados por un erróneo sentido de la responsabilidad; erróneo ya que muchas veces responsabilidad y obediencia resultan incompatibles.
-En segundo lugar, hallamos aquellos que obedecen con el objetivo de lograr una recompensa. Son seres grises que nunca rompen las reglas, los que se arriman al sol que más calienta, los que creen que el éxito llegará si obedecen por encima de todo y de todos. Personas que cuando llegan al poder, cosa que ocurre con cierta frecuencia, son déspotas y despiadados con el débil. Es un mundo de superiores y de inferiores.

Las altas esferas están plagadas de personas irreflexivas que siempre hicieron lo que les decía primero el profesor y después el jefe. Es nuestro encargado, el decano, el diputado. Es el director, el jefe, la presidenta. La mayor parte de los que pensaban por sí mismos y tenían cierto sentido de la dignidad y del respeto se quedaron en el camino.

Ya lo dijo Sabina:

El más capullo de mi clase (¡qué elemento!)
llegó hasta el Parlamento
y, a sus cuarenta y tantos años,
un escaño
decora con su terno
azul de diputado del gobierno.
Da fe de que ha triunfado
su tripa, que ha engordado
desde el día
que un ujier le llamó su señoría
y cambió a su mujer por una arpía
de pechos operados.

Y sin dejar de ser el mismo bruto
aquel que no sabía
ni dibujar la “o” con un canuto.

El super-clase de mi clase (¡qué pardillo!)
se pudre en el banquillo
y, a sus cuarenta y cinco abriles,
matarile,
y a la cola del paro
por no haber pasado por el aro.
Vencido, calvo y tieso
se quedó en los huesos
aquel día
que pilló a su mujer en plena orgía
con el miembro del miembro (¡qué ironía!)
el más tonto del Congreso.

(…)

michael-phelps.JPG

A Michael Phelps una profesora le dijo hace algunos años que no tendría éxito en la vida. El chico, hoy recubierto de oro en Pekín, se acuerda de ella y se imagina haciéndole un corte de mangas.

La profesora lee el comentario en la prensa y se reconoce a sí misma. Piensa entonces en la cantidad de veces que acertó con sus pronósticos: William el alcohólico, Kevin homeless, Jennifer pretty woman, y un largo etcétera. Se trata de un simple error de cálculo. Dentro de unos días volverá al trabajo, segura de sus capacidades y de su valía.

Paradójicamente, parece que las negativas expectativas depositadas en Phelps por parte de esta lumbrera le sirvieron de incentivo. Prueba de ello es acordarse de ella tras convertirse en un héroe mundial. No obstante, parece que no les ocurrió lo mismo a Willy, Kev y Jenny; desgraciadamente, responder con desánimo ante el desánimo suele ser la respuesta habitual tal y como confirma el Efecto Pigmalión.

Al pensar en Phelps, recuerdo numerosas experiencias más o menos cercanas de profesores que se erigían en jueces o incluso dioses; recuerdo, por ejemplo, una profesora de la extinguida EGB diciéndole a un compañero que no conseguiría el graduado escolar; y ciertamente le costó algún tiempo más lograrlo, mérito exclusivo de aquella incompetente maestra. También recuerdo a otros profesores, ya en el instituto, sentenciando acerca de quién estaba capacitado para ir a la universidad y quién no.

Lástima que todos estos profesores no escogieran profesiones más acordes con sus dotes adivinatorias tales como el tarot o la numerología.

anti-taurino.jpg
Hay algo en esta fotografía que no encaja.

Se supone que tenía que ser trágica; se supone que tenía que suscitar compasión por ese hombre que sufre como el toro en la plaza.

Y, sin embargo, hay algo que no encaja.

Algo que rompe la toma de perspectiva.

Un detalle estético, un detalle obediente con las normas del pudor y la corrección. Y es precisamente este detalle, ese absurdo slip negro, el que impide el efecto deseado, ya que olvidamos el mensaje y nos perdemos en una cómica prudencia estética. Un ridículo decoro que impide mostrarnos al hombre de la imagen desnudo pero que, por otra parte, no tiene reparo en mostrarnos a ese mismo hombre vomitando sangre.

En ciertas ocasiones en las que soy consciente de la supremacía androcéntrica, la cual frecuentemente pasa inadvertida al ojo ingenuo o despistado, me dedico a jugar al juego de Si las mujeres dominaran el mundo. Este juego, tal y como su propio nombre indica, consiste en imaginar situaciones en las que prima la necesidad, el deseo, etc. del hombre, e imaginarlas en modo inverso, de manera que prevalezcan las premuras o los ansias de la mujer sobre las del hombre.

Si las mujeres dominaran el mundo, en los hoteles regalarían compresas y tampones en vez de sets de afeitar.

Si las mujeres dominaran el mundo, no habría tanto tío feo en las pelis porno y para ser actor en el porno importaría algo más que el tamaño del pene.

Si las mujeres dominaran el mundo, no habría tanto coito y el periodo refractario desaparecería para permitirnos a nosotras tener orgasmos múltiples  y consecutivos.

Si las mujeres dominaran el mundo, el embarazo sería motivo de promoción laboral y personal, además de ser reforzado con múltiples incentivos económicos y sociales.

Si las mujeres dominaran el mundo, la poligamia sería sinónimo de poliandria.

Si las mujeres dominaran el mundo, no existirían violaciones ni ninguna forma de violencia machista.

Si las mujeres dominaran el mundo…

Quizá si las mujeres dominaran el mundo, después de todo, las mujeres no serían realmente mujeres ni los hombres verdaderos hombres. Ellos se convertirían en mujeres descafeinadas y ellas en hombres con menos pelo.

En cualquier caso, no puedo evitar a cada paso imaginar ese mundo paralelo que me permite hacer visible lo invisible.

Si las mujeres dominaran el mundo…