septiembre 2008
Archivo mensual
Vie 26 sep 2008
Publicado por pepita grilla en la categoría
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Ayer pinté un cuadro. Estaba tan fumada que hoy creía que lo había soñado. Ha resultado ser una auténtica basura.
Esta mañana me he despertado musitando, ¿existe el dopaje en el arte?
Ayer soñé que iba en mi bici plegable por un bidegorri. Me sentía sola y desorientada. De repente se acabó el bidegorri y no supe adónde ir… Esta mañana, al recordar el sueño empecé a imaginar carreteras que se acaban en ninguna parte y coches desorientados sin saber qué hacer…
Ayer soñé que era un hombre con un gran pene. Me sentía tan extraña al mear… Allí de pie, mirando fijamente el aparato. Esta mañana me desperté sin saber si seguía siendo una mujer y al ir al cuarto de baño se despejaron las dudas.
Ayer soñé que una amiga me tiraba los tejos. Era todo tan romántico y tan rocambolesco. Sentía que podía amarla, quizá para siempre. Esta mañana al despertar seguía teniendo la misma sensación. Con el ambiente adecuado creo que podría haber sido bisexual.
Demasiados sueños para una sola noche. Demasiadas crisis para una sola persona. Realidad y ficción, alguna droga blanda, cierta desorientación, y por si la crisis de identidad sexual fuera insuficiente añadimos a todo esto una bonita crisis de orientación sexual.
Mi inconsciente necesita un psicoanalista.
Jue 18 sep 2008
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Siempre que puedo me acerco al Festival de Donostia, que se celebra precisamente ahora, aprovechando lo cerca que me ha tocado vivir.
Procuro ver una película al día, quizá dos, no más, ya que es lo que mi cabecita me permite asimilar. Realmente “una” es el ideal pero tanta es la avaricia, que me puede, y a veces, he de confesarlo, veo incluso tres.
Disfruto al poder ver películas que, de otra manera, jamás conocería. Disfruto al poder escuchar a sus directores, actores, actrices, etc., que me obligan a reinterpretar lo que vi e incluso lo que sentí, con la autoridad moral que les concede su rol.
Pero también hay cosas que no me gustan tanto. Y una de esas cosas es la necesidad de las grandes estrellas, la necesidad del glamour, de la apariencia, de la alfombra roja.
Para superar mi pequeño trauma, hace algunos años me hice a mí misma una especie de cura. La cura consistía, precisamente, en convertirme en una gran estrella, desconocida, pero grande al fin y al cabo. No podía ser tan malo eso de ser estrella; tenía pues que meterme en el papel, disfrutar de mis fans y abrazar la vida glamourosa.
Fui a una boutique de San Sebastián a la que jamás había entrado y a la que, por supuesto, no volveré a entrar, y me compré un vestido escarlata con unos zapatos de charol con tacón de aguja a juego. Vestido de gala, maquillaje, peluquería y toda la parafernalia. Pero esto no era suficiente, necesitaba dos ganchos, dos amigos que accedieran a ir vestidos de traje, y yo en el medio, protegida de todos y de todas.
Así que allá fui, con mis dos galanes, a doce grados y con los hombros y la espalda al aire. Eso sí que es ser una gran estrella.
La respuesta no se hizo esperar, a medida que nos dirigíamos al cubo grande del Kursaal, la gente miraba y algunos se acercaban. Yo me hacía la huidiza, estratégicamente colocada entre mis hombres. Algunos paseantes me sacaban fotos. Fue entonces cuando me empezó a dar la risa; en ese momento de risotada se me acercó una delicada señora que alabó mi gran carrera profesional. No daba crédito. El resultado estaba superando con creces mis propias expectativas. Una vez dentro, un señor de pelo cano me preguntó si podía fotografiarme para regalarle la foto a su nieta. La risa se convirtió en vergüenza y le dije que no podía ser. Al parecer, la negativa causó más sensación entre el público asistente que se agolpaba en torno a mí haciendo parecer a mis hombres más bien hombrecillos. La vergüenza pasó a convertirse en miedo: ¿cómo desaparecer?, ¿cómo disiparse?, ¿cómo escapar con aquellos increíbles zapatos de tacón de aguja?
El timbre sonó, y la gente fue poco a poco acercándose hacia las entradas, para mi alivio y para alivio también de mis hombrecillos que volvían a recuperar su tamaño original.
Tuvimos que coger un taxi. Ninguno de los tres tenía fuerzas para seguir con la farsa. Al salir del taxi el taxista me estaba haciendo una foto con el móvil.
Jue 11 sep 2008
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Si Dios existe, ciertamente llevo demasiado tiempo sin ir a la iglesia.
Con lo creyente que yo he sido… parece mentira cómo he llegado a ser tan descreída, tan crítica, tan inconformista…
Cuando era niña iba a misa todos los domingos por iniciativa propia, ante la perplejidad de mis padres, los cuales eran ateos o creyentes, según la conveniencia. Creo que era la única persona en la iglesia que escuchaba lo que decía el cura. Quería ser una niña buena. Después le confesaba al cura borracho mis pecados infantiles; y el idiota de él los daba por válidos, aumentando en mí el sentimiento de pecado original y las culpas irracionales.
Hacia los 13 años, tuve mi primer enfrentamiento con Dios. Dejé de ir a la iglesia, dejé de rezar y dejé de tener fe. Estaba asesinando con mis propias manos a Dios y es por ello que me apasionaba discutir sobre la religión y defender mis teorías ateas con cualquiera que se me pusiera a tiro. Con el tiempo Dios simplemente murió, y ya me parecía todo fruto de un cuento infantil, de manera que el tema suscitaba en mí el mismo interés que hablar de Pokémon o de Los Lunnis. Finalmente, me llegó el equilibrio, en parte propiciado por la lectura de San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. Seguía siendo igual de atea, pero respetaba las creencias religiosas, por algunos de sus efectos positivos en algunas personas. En cualquier caso, coexistían en mí las tres actitudes hacia Dios: a veces apasionadamente homicida, a veces desinteresada y otras veces comprensiva.
Hace algunas semanas hubo una especie de reunión religiosa cerca de donde yo vivo. Gente joven bailaba y cantaba al Señor. No pude evitar acercarme y observarles, e incluso sacarles algunas fotografías.

Era como ver en televisión a una tribu de una pequeña aldea en algún país africano alabando al sol. Ajenos, extraños, divertidos. En el ensimismamiento, no me di cuenta de que una joven que no tendría más de 21 ó 22 años me acechaba. De repente allí estaba ella delante de mí, con sus panfletos dispuesta a convertirme, a enseñarme la luz:
-¿Has oído alguna vez la palabra del Señor?
No sé por qué, pero me salió decir la verdad. En estos casos normalmente suelto alguna evasiva y me alejo rápidamente con cualquier excusa. Pero las palabras salieron de mi boca antes de poder darme cuenta siquiera:
-Sí, pero eso fue hace mucho tiempo.
Inmediatamente me percaté de la cagada. Acababa de dar bola a la chica y se me ponía más difícil escapar de esa situación. No quería hablar de Pokémon, y tampoco quería ofender a aquella joven que por lo visto había sido rescatada de las drogas por el propio Jesucristo.
La pobre chica repetía palabras huecas para mí y llenas de significado para ella, y tal choque me daba cierta risa. No sabía qué hacer y ella tampoco. Para mi suerte, la chica era nueva en esto de las artes de la persuasión, por lo que no fue demasiado difícil zafarme de ella a pesar de mi torpeza.
Cuando me alejaba, como en un grito ahogado, con cierta desesperación, me preguntó:
-Pero, ¿y si Dios existe?
Y no pude evitar soltar el chiste.
Sab 6 sep 2008
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Hace 10 años la persona que llevaba móvil y hablaba a través de él en la calle, en el autobús, en un bar,… era una persona extraña y despertaba cierta aversión.
Hoy el que no tiene móvil es un tipo raro, desfasado y un tanto sospechoso.
Hace 15 años fumábamos como carreteros en los aviones, en los restaurantes, en el trabajo,…
Hoy te pueden multar por fumar en algunos bares y en las pelis estadounidenses solo fuman los malos.
Hace 30 años las universidades fueron copadas por licenciados de la misma generación, muchos de ellos profesionales de medio pelo que pasaban por allí.
Hoy en las universidades se hacen contratos basura a personas con 15 ó 20 años de formación post-universitaria.
Hace 50 años se tenían 4, 5 ó 6 hijos. Estábamos en plena dictadura, éramos pobres y los hijos eran mano de obra barata.
Hoy muchas parejas no tienen hijos y las que tienen normalmente no más de dos. Si a los que hoy tenemos 30 años nos dijeron que éramos una generación que lo tenía todo, la de ahora es la del infinito + 1.
Cómo hemos cambiado…
¿Cómo augurar lo que sucederá en 10, 15, 30 ó 50 años?
Hay cambios tan absurdos y difíciles de prever…
¿Realmente mejoramos con el paso del tiempo? Basta pensar en varios ejemplos al azar para darse cuenta de la mejora es solo ilusión. Hacia atrás, hacia delante, un poco a la derecha y otro poco a la izquierda: y es aquí donde estamos.