Cómo acabar de una vez por todas con la cultura
Woody Allen
La cultura es peligrosa. Sumamente peligrosa.
Los libros han hecho tanto daño…
¿Y la ciencia?, ¿qué me dicen de la ciencia? La filosofía, la moral,… Y entre todas ellas la psicología destaca por su poder altamente pernicioso.
Ante el muestrario de horrores que nos presenta la historia de la psicología al narrar con detalle los planteamientos de psicólogos nefastos tanto en la ciencia como en su vida privada, debemos, cuando menos, sospechar de cualquier psicólogo efusivo con sus planteamientos. En los casos más extremos en los que incluso lleguen a tratar de aplicar los conocimientos a sus relaciones más íntimas, recomiendo encarecidamente la huida sin tentaciones de mirar atrás, pues corremos el riesgo de convertirnos en estatuas de sal.
“Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.”
J. B. Watson fue el artífice de esta célebre frase. Watson fue uno de los psicólogos americanos más importantes del siglo XX, conocido por haber fundado la Escuela Conductista. Recomendaba limitar al máximo las expresiones emocionales en la educación de los niños, y así lo hizo con sus hijos, pobres infelices, víctimas de un padre culto pero rematadamente idiota.
Watson se casó en dos ocasiones. Fruto de estos matrimonios tuvo cuatro hijos, dos en su primer matrimonio y otros dos del segundo; a todos ellos los educó bajo las enseñanzas de la psicología conductista.
Mary, hija de su primer matrimonio, intentó suicidarse a varias ocasiones a lo largo de su vida.
Tras una escandalosa aventura amorosa con una estudiante, Rosalie Rayner, Watson se divorció de su primera esposa y se casó con Rosalie, con la que tuvo dos hijos: Billy y Jimmy. Billy se rebeló contra el conductismo defendido por su padre y se convirtió en un exitoso psicoanalista. Lamentablemente, Billy acabó suicidándose.
Hoy en día también existen numerosos Watson que salen de las Facultades de Psicología y se forman con algún Máster, doctorado, etc. Se trata de tipos peligrosos, tontos que se creen muy listos, ignorantes en el sentido amplio del término, que creen que suplen sus carencias con libros y teorías que pueden aplicar a su antojo a sus vidas y llegar a ser así mejores que todos los demás.
La cultura es peligrosa. Sumamente peligrosa.
La cultura en personas que carecen de sentido común puede llegar a ser letal: para ellas y para aquellos que les rodean. Esta ausencia de sentido común junto con el desprecio por la sabiduría de nuestros padres y abuelos que no tuvieron nuestro acceso a la cultura, les hace especialmente estúpidos e incapaces de responder ante el absurdo o la infelicidad.
Acabemos, pues, de una vez por todas con la cultura.

Mucho ánimo y un abrazo a todas aquellas mujeres que estén sufriendo las consecuencias de la violencia machista.
A los que hoy rondamos los 30 años, nuestros padres nos dijeron que lo teníamos todo. No había hambre, todos teníamos televisión en color, con los años llegó el vídeo Beta, luego el VHS, teníamos algunas zapatillas de marca después de haber suplicado con esmero, y teníamos posibilidades de estudiar para poder convertirnos así en “personas con carrera universitaria a las que todas las puertas se les abrirían”.
Hoy miramos a los nuevos niños del presente y nos damos cuenta de que lo nuestro fue una broma. Estos niños tienen más juguetes que los que siquiera alcanzamos a soñar, manejan el dinero con soltura y despreocupación, y a los 10 años muchos ya tienen móvil. Han crecido pensando que el ordenador o Internet son tan naturales como el sol que sale cada mañana, y se ríen de nosotros cuando contamos alguna historia de nuestra infancia que les suena a Paleolítico.
Nos engañaron. Nos hicieron creer que lo teníamos todo, que ya no se podía más.
Y luego llegó la generación del “Infinito + 1″.
Y luego nos desfasamos.
Puede resultar extraño que yo hable de baloncesto. No es mi pretensión. Perdón si el título de la entrada ha podido confundirle, pero como puede ver soy honesta y le aviso para que pueda dejar de leer libremente. De hecho, la mayoría de los deportes me aburren soberanamente.
Y sin embargo, hoy he ido a Illumbe a ver el partido entre el Bruesa y el Joventut. Y por iniciativa propia. Contradicciones que tiene una. Y a pesar de que hemos perdido hasta me he divertido, ¡qué lástima, casi siempre con el equipo perdedor!
Pero en fin, yo quería escribir para mostrar una indignación nada nueva. Una humillación que se repite en todos los partidos de baloncesto. Un insulto, un escupitajo, un vituperio para todas las Irenes, Saioas, Leires, Amaias, Ainaras, Sonias, etéctera, etcétera. Sí, hablo de las animadoras. Esa presencia femenina a través de cuerpos bonitos y danzas acompañadas de pompones. No puedo soportarlo. Unas diez veces han salido al campo aprovechando los descansos o los tiempos muertos. Y yo miraba a mi alrededor y nadie parecía alarmado. Cada vez que salían a la cancha dentro de mí se hacía el silencio, y pensaba: “hay que hacer visible lo invisible”.
Un 0 para el Bruesa. Otro 0 para el Joventut.

¡Ánimo!, ¡aúpa chavales!, aupa neskak!
Así transcurre la Behobia desde el otro lado. Manos calientes. Rojas. Doloridas de tanto aplaudir.
Nos ilusiona verles, queremos animarles y hacerles la carrera un poco más ligera. Desde las 11 de la mañana hasta casi las 2 de la tarde.
Pero a la 1 y cuarto el público, ya cansado, se marcha a tomar el vermut y deja de aplaudir. La mayoría pasea ya indiferente ante los corredores que continúan la carrera dejándose la piel. Esos últimos, que quizá ni siquiera lleguen a la meta, se quedan sin fotos en los diarios, corren sobre un asfalto lleno de agua y vasos rotos y, lo más importante, no reciben el aplauso y el cariño del público. Desde aquí deseo homenajearles y recibirles como se merecen. Aupa neskak!, aupa mutilak!