Enero 2009


Hoy en día está muy de moda eso de no arrepentirse de nada, eso de desterrar los sentimientos de culpa a un país lejano e inhóspito. Aquellos que afirman no sentir culpa ni remordimiento alguno, argumentan que fueron ellos los que dijeron, hicieron lo que deseaban, pensaban, etc. en aquel momento, y es por ello que interpretan la culpa como una emoción negativa que les lleva a negar quienes son. No importa el daño que hagan ni lo responsables que sean de dicho daño, ser ellos mismos les exime de cualquier atisbo de remordimiento. Porque, ante todo, estos seres tan poco especiales, son altamente narcisistas: “Me quiero demasiado como para criticarme siquiera”, podría ser el lema. Y son tan egoístas que no van a dejar que las consecuencias dañinas de sus actos tengan efecto negativo alguno en ellos.

Pero, por otra parte, no se dan cuenta de que, al mismo tiempo, con esta filosofía de vida tan corta de miras, es muy difícil cambiar, mejorar, evolucionar. Porque la culpa… la culpa… la culpa puede ser también maravillosa. No voy a caer en el error de afirmar que todo en la culpa es hermoso. No. La culpa duele. La culpa puede ser irracional, estúpida; puede hacernos sentir miserables sin razón alguna, por arcaísmos de la educación infantil (“¿culpa por masturbarme?”) o por taras sociales de las que somos víctimas inocentes (“¿culpa por ser homosexual?”). Pero no siempre es así. A pesar de que sentirla siempre duele, como he dicho antes, nos ayuda a salir un poco de nosotros mismos, a preocuparnos por el otro y a veces incluso a hacer algo positivo al respecto.

¡Maldita culpa por no dejarme ser yo misma, por no aceptarme, por no quererme!

¡Bendita culpa por ayudarme a ser mejor persona!

Hace unos días asistí a la lectura de tesis de una amiga. Ya había asistido a varias, pero el vivirlo tan de cerca, conocer el protocolo, toda la parafernalia y padecerlo con mi amiga ha sido toda una experiencia.
Para los que no estén familiarizados con la materia, en primer lugar deben saber que la lectura de una tesis suele ser la culminación de un trabajo de investigación de no menos de 4 años, que habilita para desarrollar la carrera universitaria, es decir, para ser profesor en la universidad.
Pero hay letra pequeña, mucha letra pequeña.
Una cosa es la tarea laboriosa de la tesis doctoral, y otra cosa el espectáculo, muchas veces bochornoso, a través del que se evalúa y se aprueba la tesis.
Dicho espectáculo puede resultar de gran interés desde el punto de vista antropológico e incluso etológico: los rituales, la vestimenta, las danzas pomposas de los miembros del tribunal a través de palabras que bien podrían asemejarse a las gotas de orina del gato que marca el territorio, las conductas de sumisión-dominancia, etc.
Un pequeño detalle: el doctorando o la doctoranda se ve obligado/a a pagar una comida en un restaurante de cierto caché a los miembros del tribunal tras la lectura de la tesis; poco importa si el doctorando en cuestión está en paro o sufre del empleo precario del que tanto adolece nuestra querida universidad; tampoco importa que los miembros del tribunal sean catedráticos con sueldos mensuales que superan con creces todos los ahorros del doctorando. Es una ley no escrita.
La lectura transcurre en un contexto de absoluta formalidad en el que en ocasiones se ve al rey desnudo, es decir, a los catedráticos lanzando críticas mordaces tras las que se esconde una lectura superficial de la tesis o, peor aún, una ausencia de lectura y de conocimiento por tanto de lo que están hablando. Todos se hablan de usted, los miembros critican duramente como una manera de dejar claro quién la tiene más larga, el doctorando va encajando los golpes y sometiéndose confirmando que, efectivamente, la tiene muy pequeña.
Después, todos a comer, ya se hablan de tú, le sablean al ex doctorando y algunos hasta se permiten risas y bromas a costa del novato, porque hay algunos que siempre parecen tenerla más larga.
Y al final, cuando ya se van los miembros, y se queda el doctorando, ya doctor, a solas consigo mismo, siente una sensación extraña y absurda al mismo tiempo, alegría y tristeza, satisfacción e inquietud. Mira al mañana y ve que ser doctor no le exime de trabajar por cuatro duros. Maravillosa UPV. Bendita UPV.

Odio el frío. Pero, ¿realmente se puede odiar el frío? Frío en casa, frío en la calle, frío en mis sueños. Definitivamente, odio el frío. La calefacción y el nórdico no son suficientes. El abrigo y la bufanda palidecen ante un frío que se burla y se cuela por las esquinas.

En estos días de frío gélido, me emociono ante la imagen de verme a mí misma tumbada en el sofá arropada con mi manta y con la calefacción a tope. Es lo bueno del malestar: en algún momento dado llega el bienestar y eso nos sabe a gloria. La imagen de felicidad se completa con un libro o con una gran serie.

El libro: “La ladrona de libros” de Markus Zusak. Aún no lo he terminado, voy por la página 287 pero busco cada rato libre que tengo para leer unas cuantas páginas. Alemania, Segunda Guerra Mundial. Una niña, Liesel Meminger y a la Muerte misma como narradora. Interesante, entretenido y original.

La gran serie: “A dos metros bajo tierra”. Este placer lo perdí hace tiempo ya que terminé la última temporada hace algunos meses, pero aun recuerdo las sensaciones: afortunados aquellos que no hayáis disfrutado todavía de este inmenso placer. Buena interpretación, magnífico guión, originalidad en la trama con un marco algo siniestro amén de personajes excéntricos y encantadores.

Después de todo resulta que el frío no va a ser tan malo…

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Queridos Reyes Magos:

Este año he sido una niña buena, muy buena diría yo. He sido buena con mi papá, con mi mamá y con mis hermanitos.

He salvado de la muerte a una polilla que entró en mi dormitorio.

He intentado salvar al naranjo del balcón, aunque creo que está muerto…

Le dejé azúcar a mi vecina de abajo, y eso a pesar de que siempre tiene la televisión a tope y me obliga a ver el mismo canal que ve ella. Punto extra.

He aguantado a un jefe insufrible con tres ojos y rabo.

He soportado con paciencia la lectura de artículos en los periódicos en los que el Gobierno Vasco se da bombo con su universidad sin que esto me produzca urticaria.

Tras este año de buenas acciones, algunas buenas por omisión, solo os pido una cosa. Una sola cosa nada más. He intentado conseguirla por mis propios medios, pero no me ha sido posible.

He esperado cada martes con estoicismo su llegada. Pero, o no acudía a mi encuentro o huía cuando me veía. Cada martes, pegada a la ventana, esperando algún signo, alguna señal. Pero hoy tengo el temor de que nunca llegue. La pila de platos se amontona, y mi higiene personal se ve amenazada…

Es entonces cuando pienso en ustedes, en la magia y en todo eso, y me armo de valor y les escribo. ¡Por favor, piedad! ¡Quiero una bombona de butano!