Hace unos días asistí a la lectura de tesis de una amiga. Ya había asistido a varias, pero el vivirlo tan de cerca, conocer el protocolo, toda la parafernalia y padecerlo con mi amiga ha sido toda una experiencia.
Para los que no estén familiarizados con la materia, en primer lugar deben saber que la lectura de una tesis suele ser la culminación de un trabajo de investigación de no menos de 4 años, que habilita para desarrollar la carrera universitaria, es decir, para ser profesor en la universidad.
Pero hay letra pequeña, mucha letra pequeña.
Una cosa es la tarea laboriosa de la tesis doctoral, y otra cosa el espectáculo, muchas veces bochornoso, a través del que se evalúa y se aprueba la tesis.
Dicho espectáculo puede resultar de gran interés desde el punto de vista antropológico e incluso etológico: los rituales, la vestimenta, las danzas pomposas de los miembros del tribunal a través de palabras que bien podrían asemejarse a las gotas de orina del gato que marca el territorio, las conductas de sumisión-dominancia, etc.
Un pequeño detalle: el doctorando o la doctoranda se ve obligado/a a pagar una comida en un restaurante de cierto caché a los miembros del tribunal tras la lectura de la tesis; poco importa si el doctorando en cuestión está en paro o sufre del empleo precario del que tanto adolece nuestra querida universidad; tampoco importa que los miembros del tribunal sean catedráticos con sueldos mensuales que superan con creces todos los ahorros del doctorando. Es una ley no escrita.
La lectura transcurre en un contexto de absoluta formalidad en el que en ocasiones se ve al rey desnudo, es decir, a los catedráticos lanzando críticas mordaces tras las que se esconde una lectura superficial de la tesis o, peor aún, una ausencia de lectura y de conocimiento por tanto de lo que están hablando. Todos se hablan de usted, los miembros critican duramente como una manera de dejar claro quién la tiene más larga, el doctorando va encajando los golpes y sometiéndose confirmando que, efectivamente, la tiene muy pequeña.
Después, todos a comer, ya se hablan de tú, le sablean al ex doctorando y algunos hasta se permiten risas y bromas a costa del novato, porque hay algunos que siempre parecen tenerla más larga.
Y al final, cuando ya se van los miembros, y se queda el doctorando, ya doctor, a solas consigo mismo, siente una sensación extraña y absurda al mismo tiempo, alegría y tristeza, satisfacción e inquietud. Mira al mañana y ve que ser doctor no le exime de trabajar por cuatro duros. Maravillosa UPV. Bendita UPV.