Hoy en día está muy de moda eso de no arrepentirse de nada, eso de desterrar los sentimientos de culpa a un país lejano e inhóspito. Aquellos que afirman no sentir culpa ni remordimiento alguno, argumentan que fueron ellos los que dijeron, hicieron lo que deseaban, pensaban, etc. en aquel momento, y es por ello que interpretan la culpa como una emoción negativa que les lleva a negar quienes son. No importa el daño que hagan ni lo responsables que sean de dicho daño, ser ellos mismos les exime de cualquier atisbo de remordimiento. Porque, ante todo, estos seres tan poco especiales, son altamente narcisistas: “Me quiero demasiado como para criticarme siquiera”, podría ser el lema. Y son tan egoístas que no van a dejar que las consecuencias dañinas de sus actos tengan efecto negativo alguno en ellos.

Pero, por otra parte, no se dan cuenta de que, al mismo tiempo, con esta filosofía de vida tan corta de miras, es muy difícil cambiar, mejorar, evolucionar. Porque la culpa… la culpa… la culpa puede ser también maravillosa. No voy a caer en el error de afirmar que todo en la culpa es hermoso. No. La culpa duele. La culpa puede ser irracional, estúpida; puede hacernos sentir miserables sin razón alguna, por arcaísmos de la educación infantil (“¿culpa por masturbarme?”) o por taras sociales de las que somos víctimas inocentes (“¿culpa por ser homosexual?”). Pero no siempre es así. A pesar de que sentirla siempre duele, como he dicho antes, nos ayuda a salir un poco de nosotros mismos, a preocuparnos por el otro y a veces incluso a hacer algo positivo al respecto.

¡Maldita culpa por no dejarme ser yo misma, por no aceptarme, por no quererme!

¡Bendita culpa por ayudarme a ser mejor persona!