febrero 2009
Archivo mensual
Mie 25 feb 2009
Siempre he tenido la sospecha de que existe una elevada correlación entre el deseo de poder y el deseo de abusar de él. Es por ello que, por norma general, desconfío del que llega lejos, especialmente en determinados ámbitos en los que se centraliza el poder por excelencia.
Me resulta muy difícil imaginarme, por ejemplo, a un presidente estadounidense honrado, respetuoso o generoso, sea negro, mujer o incluso no estadounidense. Y sin llegar a tales ejemplos de poder casi absoluto, puedo extraer de mi día a día ejemplos que muestran cómo algunos rasgos tales como la capacidad de manipulación, la maldad y la envidia, son características altamente valiosas para ascender en los puestos de poder, sean estos cuales sean.
Reconozco que he conocido a alguna rara avis, pero incluso en los ámbitos más carentes de poder en los que simplemente se proporciona algún incentivo económico o de estatus, como por ejemplo el mundo del ajedrez, aquel que se erige jefe, presidente, director, etc., suele ser una persona más bien miserable y mezquina, mentirosa y bastante mangante.
Pero esto que os muestro aquí… incluso para una descreída como yo, esto hace que una se atragante con el café, con la tostada y hasta con el agua. No por el hecho de que suceda. Después de lo que he dicho no es para escandalizarse. Pero esa falta de vergüenza…
Mar 24 feb 2009
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Jaime dice que le doy demasiada importancia a los sueños, y yo digo que nos pasamos precisamente concediendo excesiva importancia a la realidad, y nos quedamos cortos con los sueños.
Él apenas recuerda sus sueños. Yo casi siempre recuerdo los míos.
El recuerdo me hace afortunada, o eso quiero creer, ya que me permite vivir una especie de doble realidad: la del mundo exterior y la del interior. Por el día vivo una vida y por la noche otra.
La vida durante el día tiene continuidad, lo que sucede hoy no desaparece mañana.
La vida durante la noche va a saltos: a veces sueño con un niño de 8 años que resulta ser mi hermano, y otras sueño con un sorprendente futuro en el año 2028.
Al fin y al cabo, si es verdad que estamos solos en este mundo, no está de más aprovechar todos los recursos que se encuentran a nuestro alcance para tratar de conocernos mejor y de querernos más. Y no olvidemos que soñar es también vivir: amar, sufrir, llorar, reír…
Hay un tema verdaderamente apasionante en relación con los sueños que me gustaría investigar: los sueños lúcidos. En estos sueños uno es consciente de que está soñando y por lo tanto, puede aprender a intervenir en los eventos que transcurren en su mente durante la noche. Yo tuve hace algunos años una temporada en que ansiaba el momento de irme a dormir para poder así disfrutar de mis sueños lúcidos.
A veces volaba, otras viajaba en el espacio, y en ocasiones me convertía en el Bart Simpson que todo lo puede y convertía en muñecos o juguetes indefensos a personas que se cruzaban en mi camino.
Hace tiempo que no tengo sueños lúcidos, años quizá…
Puede que esta noche.
Ondo lo egin.
Sab 14 feb 2009
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Nunca me ha gustado el día de San Valentín.
Ni tan siquiera cuando era una princesa (sí, es cierto, hubo un día en que fui princesa con príncipe, castillo, hechizo y encantamiento).
Ni tan siquiera cuando veía la entrañable serie “Aquellos maravillosos años” y observaba a Kevin meter la pata con su postal de San Valentín.

(Es lo más cerca que estuve…)
Ni siquiera enamorada.
Ni siquiera después de relativizar las filias y las fobias que fui desarrollando durante mi adolescencia.
Busco razones para odiarlo y justificar así mi animadversión. Y la verdad, no encuentro demasiadas…
Odio San Valentín por los anuncios, esos de joyas y diamantes que me resultan tan repugnantes.
Odio San Valentín por la dosis de anti-americanismo que llevo dentro.
Odio San Valentín porque se dice que esta fiesta la introdujo en España El Corte Inglés.
Odio San Valentín, en definitiva, porque significa algo para mí, algo asociado a lo hortera, lo artificial y al consumismo en el vacío.
Happy Valentine’s Day.
Dom 8 feb 2009
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Hay personas que niegan la existencia de cualquier forma de altruismo. Argumentan que cualquier conducta es egoísta, ya que responde siempre a necesidades o deseos personales. Así, en la conducta altruista los deseos egoístas permanecerían ocultos ante la mirada ingenua. Por ejemplo, una conducta que normalmente es considerada altruista como dar dinero a un mendigo, puede ser interpretada de una forma diferente a la habitual: se puede pensar que la motivación de la persona que ofrece su dinero sin pedir nada a cambio, es mantener una visión positiva de sí misma, alimentar una imagen de buena persona, etc.
En definitiva, el negar la existencia de altruismo se basa en la convicción de que la motivación en toda conducta altruista es siempre egoísta, aunque haya egoísmos que sean socialmente más deseables que otros. Según estos defensores del egoísmo a ultranza, incluso morir por otra persona es egoísta ya que, aunque la persona ya esté muerta, es la proyección de su acción generosa en el futuro antes de morir la que alimentó su motivación.
Reflexiones más o menos retorcidas aparte, creo que este debate se agota fácilmente. Incluso aceptando la tesis del egoísmo, estaremos de acuerdo en que, en tal caso, existirían diferentes grados de egoísmo, egoísmos que favorecen al otro y egoísmos que le perjudican seriamente, por lo que es bien pequeña la diferencia.
En realidad, creo que negar la existencia de altruismo y proclamar la omnipresencia del egoísmo denota sencillamente una visión negativa del ser humano, una visión que se caga y se mea al mismo tiempo en todo lo que suene a compasión y generosidad.
El sábado pasado mi hermana R. se enfrentó a un pequeño dilema en la charcutería de Alcampo. R. se encontraba en su turno ante la mirada cansada y aburrida de unas cuantas señoras y algún señor despistado. Cuando estaba a punto de acabar su turno, una chica se le acercó y le rogó encarecidamente que le pidiera 50 lonchas de jamón cocido, ya que tenía que irse antes de las 6 y no le iba a dar tiempo a llegar. Mi hermana vaciló, miró a su alrededor. Todos los clientes lo habían escuchado, y era evidente que ya no estaban aburridos. Para visualizar mejor la situación, recordemos que era sábado en hora punta en una charcutería en un hipermercado con buena afluencia de gente. Tras vacilar durante unos instantes, R. decidió hacerle el favor a la chica ante el espanto de varias señoras que contemplaban atónitas la escena. Algunas de ellas empezaron a escupir una serie de improperios contra mi hermana y contra aquella chica. La escena era grotesca: había una mujer a la que estaba a punto de salírsele el corazón por el pecho, y otras le gritaban que “menudo par de listillas”, “ojalá te pase a ti cuando estés esperando en una cola con prisa”, “¿y si todos hiciéramos lo mismo?” (ésta fue la que más gracia me hizo…).
Yo no sé si el altruismo existe, y tampoco me importa. Sólo sé que nuestra motivación no redide únicamente en nosotros mismos, aunque no niego que siempre haya algo de nosotros. Esa fue una conducta altruista. No niego que sacara algún beneficio personal, pero el coste fue suficientemente alto como para poder incluir el beneficio de aquella chica anónima. Sobre el comportamiento de esta chica, también me gustaría hablar. Quizá otro día.