Coincidiendo con la subida de Edurne Pasaban al Kangchenjunga, vi el documental Tocando el vacío. En el documental se relatan las experiencias de dos jóvenes escaladores, Joe Simpson y Simon Yates, que en el año 1985 se enfrentaron al reto de escalar el Siula Grande en Perú, por la virgen y peligrosa cara occidental.
A partir de entonces, he vivido durante unas semanas un sorprendente apasionamiento por el mundo, para mí absolutamente desconocido, de la escalada.
Nunca he entendido cómo es posible que una persona se someta voluntariamente a un sufrimiento extremo y asuma igualmente un alto riesgo para su vida. Aunque sigo sin comprenderlo, a través de las letras de Simpson en La llamada del silencio, creo que he llegado a intuirlo levemente… “Las montañas tocan el alma”, “Las montañas me hicieron egoísta”, “El dolor impetuoso y agridulce del éxtasis, y la pérdida”, “Parecía que, a veces, de manera efímera, se pudiera llegar al inefable borde de la perfección”, “Era vivificante. Era pura emoción”.
Creo que las montañas ejercen en ciertas personas el efecto de una poderosa droga aceptada y venerada socialmente. Y como droga que es, la montaña les resta libertad, les impide disfrutar de otras cosas, además de provocar numerosas secuelas cuando no la muerte. Aun a riesgo de resultar altamente impopular, creo que no se deberían financiar con dinero público (tampoco privado) los chutes de estos héroes enganchados a esta droga verdaderamente dura.
He aquí el comienzo del despertar, de la desintoxicación de Joe Simpson (La llamada del silencio, página 57):
“Cuando escribí Este juego de fantasmas, en 1994, lo hice para tratar no sólo de explicar por qué escala la gente, sino para explorar también la extraña paradoja que supone la escalada. A fin de cuentas, para mí era una pasión, algo que me encantaba y, sin embargo, me había dejado importantes lesiones y me había hecho pasar mucho miedo, además de haberse llevado a muchos amigos por delante.”








