agosto 2009


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Todas las personas tenemos una tendencia innata a valorar positivamente todo lo que hacemos así como las decisiones que tomamos. Si, por ejemplo, me debato entre dos amores, A y B, y finalmente elijo a B, le amaré y defenderé que fue la decisión correcta, al igual que si escojo a B… Si, por ejemplo, tengo serias dudas acerca de la carrera que estudiar, Magisterio o Psicología, elija la que elija, siempre será el camino correcto. Es imposible equivocarse. Hablamos de dilemas relevantes, evidentemente, no de insignificancias como elegir una película en la cartelera que pueden incluso implicar una tendencia opuesta. En decisiones relativamente importantes, en las que nos definimos a nosotros mismos o nos presentamos ante los demás de una u otra forma, no hay manera de errar; excepto en el caso de los obsesivos-compulsivos que siempre vuelven sobre el paso dado…

Es por esta tendencia que cuesta tanto encontrar análisis verdaderos de las decisiones tomadas.

Es por esta tendencia que al preguntar a los amigos y conocidos sobre algún lugar para disfrutar de las vacaciones, éstos tienden inevitablemente a recomendar los lugares que ellos visitaron, incluso aquellos que no les agradaron especialmente. Y si además, ya hemos pensado algún país o ciudad en concreto, y preguntamos a aquellos que ya estuvieron allí de vacaciones, magnificarán sus recuerdos y se mentirán a sí mismos tanto o más que a nosotros.

Después de esta reflexión me encuentro atrapada, sin saber cómo afrontar esta paradoja. ¿Qué debo preguntar para saber realmente qué opinan o qué opinaron y sintieron? Y de repente me veo preguntando: -¿A dónde no has ido de vacaciones?

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Efectivamente, nos lo aprendimos mal en la escuela porque nos lo enseñaron mal. El año en nuestro país solo tiene 11 meses: enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, septiembre, octubre, noviembre y diciembre.

Por eso, si tienes la desgracia de tener que trabajar durante el mes de agosto, olvídate de que los pedidos lleguen o de que contesten en los teléfonos, muy especialmente los de las administraciones públicas. Y si no trabajas pero no te has ido al extranjero o a algún lugar turístico, olvídate también de la civilización tal y como la has conocido. Ir a comprar algo que no sea el pan y el periódico puede convertirse en toda una odisea excepto por los centros comerciales, esos grandes amigos, siempre fieles.

A ver si de una vez por todas ofrecen a nuestros hijos una educación digna y, sobre todo, útil para la vida moderna: “El año tiene 11 meses  o lo que es lo mismo, 334 días”.

No sé por qué, este tipo de iniciativas fariseas que se disfrazan de altruistas, amigas del medio ambiente, despiertan una agresividad desconocida en mí.

Quizá porque resulta demasiado evidente que esta iniciativa sólo busca incrementar los ingresos en una época de crisis en la que ya no saben qué inventar.

Quizá porque, en vez de hablar a las claras y afirmar a los cuatro vientos que no están dispuestos a gastar ni un céntimo más en bolsas, nos engañan y nos manipulan.

Y si es cierto que Carrefour quiere “echarle una mano al medio ambiente”, ¿por qué no ofrece desde hace tiempo a sus clientes bolsas biodegradables en vez de meternos el rollo de inducción a la culpa para cegarnos ante sus simples motivaciones?

En estos tiempos en los que todo el mundo ansía la fama y cada vez son más variopintas las maneras en que ésta se consigue, una de mis peores pesadillas, la cual se repite de vez en cuando, es entrar en Gran Hermano. Ser famosa me aterra, esta idea me atenaza al tiempo que me paraliza. Me da miedo que mis amigos me engañen y me hagan aparecer en algún estúpido programa de televisión o publicar una novela y hacerme tan famosa como J. K.  Rowling. Por eso, procuro evitar todos los caminos que pueden llevar a la fama y tengo diversas identidades secretas. Por eso, cambio de aspecto y de ciudad con frecuencia. Por eso, procuro abrazar la mediocridad en todo lo que hago.

No podría soportar encontrar en la Wikipedia mi nombre y apellidos junto al año de mi nacimiento y un guión esperando el año de mi muerte…

Parece mentira que en un contexto donde existen tantas dificultades para los jóvenes (no tan jóvenes, maduros y ancianos) a la hora de adquirir una vivienda, existan programas como el de Bizigune que se caracterizan por una falta total de transparencia.

En primer lugar, me gustaría decir que no tengo constancia de que el nepotismo sea la filosofía que rige este programa. No obstante, desde lo que yo conozco, si en algún ámbito relacionado con la política actual de vivienda (si es que se la puede denominar así) dicha filosofía puede campar a sus anchas es en este programa.

En segundo lugar, me gustaría añadir que hace un año y medio a mi pareja y a mí  nos adjudicaron una vivienda que finalmente decidimos rechazar. Esta experiencia me sirvió para conocer información adicional que, aunque no aclara en nada el panorama, sí confirma que, como solicitante, no existe ninguna garantía de que las adjudicaciones se estén realizando conforme a la necesidad o la justicia social, ni siquiera conforme a la legalidad.

¿Por qué Bizigune no es transparente? ¿Por qué puede ser pasto para el enchufismo, las irregularidades y el mamoneo? He aquí algunas de las razones.

Uno de los parámetros que rigen la adjudicación de una vivienda es el siguiente: “Correlación entre ingresos de la unidad convivencial y renta tasada de la vivienda”.  Lo interesante del asunto es que los datos de los ingresos de los que disponen suelen estar más que obsoletos (por ejemplo, en mi caso tienen los datos referentes al 2003). Por otra parte, ¿este parámetro indica que el que más dinero ingresa más probabilidad tiene de que se le adjudique una vivienda (dados los elevados precios del alquiler)? Si alguien conoce la respuesta le animo a responder. Otro misterio: ¿se tiene en cuenta el número de personas de la unidad convivencial? En teoría sí se tiene en consideración el número de personas de dicha unidad, pero teniendo en cuenta mi propio caso, me entran serias dudas: según sus datos afortunadamente desfasados éramos 2 personas las que conformábamos la unidad convivencial y ambos comíamos de una beca de poco más de 900 euros al mes; en esta presunta situación nos adjudicaron una vivienda por 333 euros mensuales.

Como el funcionamiento de este Programa era tan poco claro, tan opaco, tan difícil de descifrar, cuando nos adjudicaron a mi pareja y a mí la vivienda, aproveché para bombardear a preguntas a la trabajadora de Bizigune a ver si conseguíamos ver luz al final del túnel. En teoría, al estar inscritos como pareja teníamos más probabilidades de que se nos adjudicara una vivienda; el caso es que no nos supo decir de qué forma se hacía esta ventaja efectiva. Lo que sí quedaba claro al sentido común es que a las parejas inscritas por separado se les aplican unos alquileres muy inferiores ya que se parte de un único salario y no de dos.

Por otra parte, no existen listas. Yo entiendo que las adjudicaciones son complicadas y que no haya una lista única, pero ¿ninguna lista? ¿Y cómo puede haber algún tipo de orden sin listas?

Y por último, por poner fin en algún momento a esta queja desesperada en forma de entrada, no había posible rectificación por parte de Bizigune en el importe del alquiler asignado, de manera que si se equivocan en el cálculo no hay modo alguno de solventar el error, ya que simplemente no se contempla.

Se podía rechazar una única vez la vivienda adjudicada y esto no suponía penalización alguna. En nuestro caso es por ello que decidimos seguir en la casa de alquiler en la que vivimos y rechazar la que nos adjudicaron.
Llamé hace un par de meses para comprobar que seguíamos inscritos. Por lo visto es lo único sobre lo que, como solicitante, uno puede obtener cierta certeza. Todo lo demás es misterio, leyenda, suerte, azar o el destino quizá.

P.D. Prometo un poco más de ligereza para la próxima entrada.