Octubre 2009


Hace unos días escuché una entrevista en la radio a un tal Paco de la Fuente, un hombre que ha alcanzado cierta notoriedad al decidir a partir de un determinado día empezar a respetar los límites de circulación. En esta entrevista hablaba de sus nuevas experiencias, de las dificultades de ir en algunos tramos de vía urbana a menos de 30km/h, del empeoramiento de las relaciones con los demás conductores, etc. A mí todo esto me recordó a mis inicios en la conducción. Son tantos los recuerdos que acuden a mi mente…

Recuerdo mis clases de conducir. Recuerdo cuando iba a 40 km/h por el tramo que lleva de la variante a Amara y que marcaba máximo 50km/h, y mi profesor de autoescuela alarmado me decía que aumentara la velocidad; yo me negaba a ceder, fiel a las señales, y ante mi perplejidad él terminaba diciéndome: “la señal indica 50-60″. Recuerdo cuando iba por la variante a 70 km/h (la máxima es 80) y mi sabio profesor se alteraba y gritaba que iba a velocidad anormalmente reducida.

También acuden a mi pensamiento mis primeros pasos en la carretera, cuando ya tenía el carnet. Me recuerdo nuevamente en la variante a la altura de Andoain con camiones pegados a mi trasero, algunos de ellos incluso me pitaban y hacían gestos perturbadores… Me recuerdo en vía urbana cumpliendo escrupulosamente los límites de velocidad, avanzando a 20 ó 25 km/h  cuando la señal marcaba 30 km/h (que es la máxima en condiciones ideales);  en esta escena casi siempre aparecía un conductor malhumorado que me adelantaba por la derecha, a la vez que presionaba la bocina y me dedicaba algunas palabras que no alcanzaba a escuchar aunque sí a adivinar.

Hasta que un día… un día la presión pudo conmigo y empecé a incumplir las normas y los límites de velocidad, haciendo el camino inverso al que ha hecho Paco de la Fuente. Ahora, como decía mi profesor de autoescuela, interpreto las señales de velocidad añadiéndoles diez kilómetros por encima y aún así me paso un poco para ir acorde con mis compañeros. Ahora, emulando a todos los demás, reduzco la velocidad en las zonas donde hay radares. Los demás conductores ya no me insultan ni me miran con desprecio, me he convertido en una más, integrada en este sistema falso y absurdo.

¡Lo que hay que leer!

Me gustaría hacer varias matizaciones a los desafortunados comentarios del rector de la UPV, Iñaki Gorizelaia, en la entrevista publicada en el Diario Vasco el día 18 de octubre de 2009.

En primer lugar, NO hay que apostar por que los alumnos estudien un doctorado. Aquellos que conocemos de cerca la UPV, sabemos que ésta no ofrece apenas oportunidades laborales. Y las que ofrece, frecuentemente, ni siquiera plantean unas condiciones dignas.

En segundo lugar, al contrario de lo que el rector asevera, la Universidad del País Vasco SÍ contrata personas no doctoras. Eso sí, a través de becas mal pagadas y de contratos de sustitución peor pagados si cabe.

Por último, sobre el tema del aparcamiento en Ibaeta que tan acertadamente le pregunta un alumno. No le vamos a conceder todo el mérito del desastre al Sr. Gorizelaia, pero desde hace más de 10 años que se vienen observando problemas en este sentido, y año tras año se da un empeoramiento de la situación sin que se haya hecho NADA al respecto.

No me creo que el rector no esté al tanto de todas estas cuestiones, por lo que solo me queda concluir que no tiene ninguna vergüenza y que miente descaradamente.

Una última recomendación: si lo que te motiva para estudiar un doctorado en la UPV son las expectativas laborales que ésta ofrece, dada mi experiencia como alumna que estudió un doctorado en dicha universidad debo recomendarte encarecidamente que NO lo hagas.

Aunque estoy cansada de escuchar eso de “Yo no soy racista“, he de reconocer que prefiero este comentario a su antagonista: “Yo soy racista“. Presuponemos que el que se declara como no racista, en general, es racista, lo que sucede es que no es consciente de ello. En el caso de la persona que afirma ser racista, no hay ningún tipo de censura, sino todo lo contrario: en estas personas se da una exaltación del odio a otras razas y, probablemente, del odio a todo aquel que es diferente.

La pregunta entonces es: ¿cómo es posible que una persona se catalogue a sí misma como no racista cuando tras sus conductas y pensamientos cotidianos se deduce que percibe que otros grupos son inferiores por una u otra razón? Probablemente esta falsedad se mantenga ya que no despreciamos a todos los grupos por igual, y al pensar en el racismo pensamos en aquellos grupos que nos resultan más simpáticos o más lejanos. Por otra parte, aunque despreciamos a algunos grupos atribuyéndoles todo tipo de defectos (por ejemplo, a los gitanos o a los marroquíes de nuestro barrio), sin embargo, entendemos que eso no tiene nada que ver con el racismo, ya que el racismo sería algo así como un odio al otro sin contexto, con lo cual nunca nos vemos a nosotros mismos como racistas.

En Euskadi está muy mal visto criticar a una persona negra por su raza (ya que pertenece a un grupo más bien lejano o desconocido y puede también que simpático). No obstante, hay un tipo particular de racismo, bastante antiguo, muy presente en todas las generaciones y que, con frecuencia, pasa desapercibido con disfraces poco sutiles. Me estoy refiriendo aquí al racismo hacia los ciudadanos de origen español (normalmente de un entorno rural) que se afincaron en Euskadi durante la posguerra o la dictadura franquista en busca de un mejor porvenir. Las normas prescriptivas acerca de este tipo de racismo son bastante laxas, especialmente cuando el mismo se teje con un manto de burla relativa al origen cultural y social humilde. Y he de reconocer que con este tipo de racismo encubierto he llegado al hartazgo. Creo que no voy a poder tolerar un comentario más al respecto…

Quizá lo más prudente sería decir “Yo intento no ser racista“. Creo que es lo más sensato que puedo decir de mí misma.

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Existe una emoción cuyo nombre en alemán es Schadenfreude y para la que no existe vocablo en el castellano. Esta emoción es sentida cuando experimentamos placer ante el sufrimiento o la desgracia ajenos. A pesar de que parece una emoción propia de las malas gentes, lo cierto es que es experimentada con frecuencia por gentes morales, inmorales y amorales. De hecho, precisamente a través de esta emoción en numerosas ocasiones manifestamos nuestro deseo de restaurar cierto equilibrio moral, el cual ha sido resquebrajado. En estas situaciones valoramos que el sufrimiento ajeno es merecido y podemos llegar a invocar incluso aquello de “justicia divina”.

Ayer sentí nítidamente Schadenfreude. Caminaba como otro día cualquiera sin pretender llegar a ninguna otra parte. Mis pensamientos eran tan silenciosos que ni siquiera yo era capaz de descifrarlos. Me detuve por un momento para poner atención a ver si conseguía escuchar algo. Y entonces la vi. Y en ese momento me embargó la emoción. Aquella jefa del pasado que coqueteaba continuamente con el mobbing a sus empleados, aquella jefa que se presentaba ante mí a cualquier hora y cualquier día a través del móvil, aquella misma jefa se encontraba en aquel momento en una cola de una oficina del INEM. Bendita Schadenfreude. ¿Quién dijo inmoral?