Aunque estoy cansada de escuchar eso de “Yo no soy racista“, he de reconocer que prefiero este comentario a su antagonista: “Yo soy racista“. Presuponemos que el que se declara como no racista, en general, es racista, lo que sucede es que no es consciente de ello. En el caso de la persona que afirma ser racista, no hay ningún tipo de censura, sino todo lo contrario: en estas personas se da una exaltación del odio a otras razas y, probablemente, del odio a todo aquel que es diferente.

La pregunta entonces es: ¿cómo es posible que una persona se catalogue a sí misma como no racista cuando tras sus conductas y pensamientos cotidianos se deduce que percibe que otros grupos son inferiores por una u otra razón? Probablemente esta falsedad se mantenga ya que no despreciamos a todos los grupos por igual, y al pensar en el racismo pensamos en aquellos grupos que nos resultan más simpáticos o más lejanos. Por otra parte, aunque despreciamos a algunos grupos atribuyéndoles todo tipo de defectos (por ejemplo, a los gitanos o a los marroquíes de nuestro barrio), sin embargo, entendemos que eso no tiene nada que ver con el racismo, ya que el racismo sería algo así como un odio al otro sin contexto, con lo cual nunca nos vemos a nosotros mismos como racistas.

En Euskadi está muy mal visto criticar a una persona negra por su raza (ya que pertenece a un grupo más bien lejano o desconocido y puede también que simpático). No obstante, hay un tipo particular de racismo, bastante antiguo, muy presente en todas las generaciones y que, con frecuencia, pasa desapercibido con disfraces poco sutiles. Me estoy refiriendo aquí al racismo hacia los ciudadanos de origen español (normalmente de un entorno rural) que se afincaron en Euskadi durante la posguerra o la dictadura franquista en busca de un mejor porvenir. Las normas prescriptivas acerca de este tipo de racismo son bastante laxas, especialmente cuando el mismo se teje con un manto de burla relativa al origen cultural y social humilde. Y he de reconocer que con este tipo de racismo encubierto he llegado al hartazgo. Creo que no voy a poder tolerar un comentario más al respecto…

Quizá lo más prudente sería decir “Yo intento no ser racista“. Creo que es lo más sensato que puedo decir de mí misma.