Sab 19 dic 2009
A pesar de que trato de afrontar el día a día con optimismo y alegría,
a pesar de que trato de pensar que las personas son buenas en general,
a pesar de que trato de creer que todo el mundo puede cambiar y que toda persona merece una segunda oportunidad,
a pesar de todo ello, he de reconocer hoy un oscuro secreto.
Un secreto acerca de algo lúgubre y sombrío,
un secreto acerca de algo contrario a la bondad y la esperanza.
Se trata de un secreto muy reciente, pero ya siento la necesidad de compartirlo…
Tan solo hace algunas semanas hice algo terrible. Hace tan solo algunas semanas inauguré un cementerio dentro de mí, un cementerio emocional (Amado, A., 1992, Navegación de cabotaje, pág. 22).
Tras un tiempo en construcción, una vez que todo estuvo listo, corté la cinta roja. Acto seguido, empezaron a aparecer muertos que buscaban un sitio donde ser enterrados. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Me da miedo lo rápido que han llegado a buscar un sitio. Me da miedo que puedan llegar demasiados y no tener sitio para alojarlos. Pero he de reconocer que me siento realmente feliz de poder ofrecer a estas personas el sitio que se merecen dentro de mí, el cementerio. Son personas por las que un día sentí cierto aprecio, respeto, puede que incluso amor. Personas que me han hecho daño en repetidas ocasiones, personas egoístas, déspotas e incluso crueles. Algunas de ellas han sido desterradas de mi vida, pero otras se mantienen presentes, quizá un vecino, un cuñado o un compañero de trabajo. Estas personas creen que siguen vivas para nosotros, ya que no les negamos el saludo e incluso les preguntamos acerca de su familia o sus preocupaciones. Pero estos extraños seres no se dan cuenta de que para nosotros ya son fantasmas, muertos que hablan y respiran, pero muertos al fin y al cabo. No tienen ninguna capacidad para hacernos sufrir y tampoco para hacernos felices. Sus halagos son tan indiferentes como sus reproches y desprecios. Para nosotros ellos están muertos y enterrados.
Y así es como trato de afrontar el tener que soportar que personas viles formen parte de mi vida: las mato y las entierro en mi cementerio emocional.



20 diciembre 2009 a las 11:04
Está bien el concepto. ¿Los que están en el cementerio emocional pueden resucitar? Eso le quitaría cierta gracia.
20 diciembre 2009 a las 13:55
[...] Cementerio emocional [...]
23 diciembre 2009 a las 10:33
Escéptico:
No, los muertos, como en la vida real, no pueden resucitar. Por ello es muy importante asegurarnos de que están bien muertos antes de enterrarlos…
Un abrazo.
23 enero 2010 a las 11:11
[...] menos lo esperas los muertos del cementerio emocional intentan por todos los medios [...]