enero 2010


Cuando menos lo esperas los muertos del cementerio emocional intentan por todos los medios resucitar.

¡Me cuesta tanto asumir su muerte! ¡Me cuesta tanto creer que su sonrisa, que sus atenciones… son restos ya putrefactos!

¿Por qué no puedo entender que no hay nada que yo pueda hacer para devolverles a la vida?

¿Por qué no asumo de una vez por todas que los demás son como son, independientemente de como yo sea o actúe?

En estos días atrás un muerto ha estado merodeándome. El maquillaje y el perfume no logran camuflar sus hediondas intenciones.

Y es mi quehacer ahora tomar de nuevo la pala y enterrarlo.

Hoy me siento especialmente apegada a lo esencial.

No anhelo tener una casa en propiedad ni siquiera un piso en alquiler sin horno de leña.

No anhelo un contrato fijo, tan solo un sueldo con el que poder llevar una vida sencilla.

No anhelo un coche nuevo, ni uno mejor, ni más grande.

Hoy, como he dicho, me siento especialmente apegada a lo esencial.

Consciente de tener las necesidades básicas cubiertas, de tener a mi alrededor personas tan valiosas… no quiero nada más. Bueno sí, he de rectificar: solo quiero una cosa más. Seguir apegada a lo esencial.

time

Hace unos días un amigo preocupado por la duración del tiempo me comentaba esperanzado su deseo de que este año 2010 nos durara algo más que sus años precedentes. Yo, aunque comparto su preocupación, no puedo compartir su esperanza.
Los años son cada vez más cortos. Se trata de un hecho irrefutable. Tan irrefutable como el que el sol sale cada día y se despide al atardecer. Tan irrefutable como el que la lluvia cae de arriba abajo. Tan irrefutable como la muerte misma.
Con nueve años, a un paso de la adolescencia, los minutos caminan tan despacio… ¿Un año? ¡Quién pudiera volver a tener un año de los de entonces? Un año largo y diverso, con sus cuatro estaciones, con sus meses que transcurren pausados y tranquilos.
Normalmente vivimos engañados pensando que un año de aquellos tiene la misma duración que un año a los treinta. Pero, ¿acaso para una mosca que vive apenas unos días el día dura lo mismo que para nosotros que podemos llegar a vivir 90 años, es decir, 32850 días? Pero, ¿acaso para un dios tan inexistente como eterno puede existir el tiempo?
Así, llegamos a una conclusión inequívoca en forma de pregunta (¿puede una pregunta ser una conclusión?): “¿Y cuánto dura el tiempo?
Dado que el tiempo es subjetivo, para calcular su duración (D) necesitamos, además de la medición objetiva en forma de minutos, días, meses, años… (t), la referencia de la que parte el sujeto en cuestión, es decir, hemos de tener en cuenta la edad del sujeto (ed). La edad del sujeto se calcula a partir de la diferencia entre su edad reconocida y los primeros años de vida, durante los que aún no se han almacenado recuerdos ni se tiene una idea del tiempo, que son aproximadamente 4. Así, la duración del tiempo se calcula del siguiente modo:
D = t/ ed(edad – 4)
Para un niño de 9 años la duración de 1 año sería 1/5 (9 – 4), es decir 0,20; en cambio, para un hombre de 40 años la duración de 1 año sería 1/36, es decir, ¡tan solo 0,028!
Así, creer que a los 40 años se está en la mitad de una vida de 80 es una mera ilusión.
Así, el deseo de que este año nos dure algo más que los anteriores es vano e inútil, tan vano como desear rejuvenecer al cabo de este año.
Y sin embargo, hay algo que podemos hacer para lograr que los años nos duren algo más. Pero esto será en otra entrada.
Nuevamente, feliz año 2010, aunque éste sea un poco más corto…