febrero 2010


El buen ciudadano no se cuela en el metro ni en el tren.

El buen ciudadano siempre espera, educado, en la barra de un bar atestado de gente y siempre es el último en ser atendido.

El buen ciudadano declara todos sus ingresos a Hacienda, y todo su patrimonio, si lo tuviera.

El buen ciudadano para su coche ante los pasos de cebra con peatones esperando.

El buen ciudadano hizo reformas en su bar para cumplir la ley del tabaco.

Pero el buen ciudadano no tiene una paciencia ilimitada. Ayer, tras quedarse encerrado en casa un día de asueto haciendo caso a las autoridades pertinentes, se perdió el día más caluroso y soleado de los últimos meses. Y es por ello que hoy, la ciclogénesis ha explosionado en su propio interior, haciendo añicos al buen ciudadano que llevaba dentro.

Conoce nuestros temores, nuestras flaquezas, nuestras peores perversiones y nuestros secretos más inconfesables…
No importa cuánto intentemos disimular, tampoco importan lo sofisticados que sean nuestros disfraces.

Él siempre está ahí, vigilante, a veces hasta parece que sonríe maliciosamente…
Él nunca duerme, ni siquiera durante nuestros sueños pierde detalle de lo que sucede, y en las circunstancias adecuadas está dispuesto a utilizar cualquier información contra nosotros, ¡el muy miserable!
Él es nuestro peor enemigo, un ser que habita dentro de nosotros mismos, un ser del que jamás nos podremos desprender sin que ello mismo suponga nuestra propia muerte.

Y siendo este ser, abominable y absurdo, un ciudadano de nuestro propio ser, sólo nos queda desarmarlo. ¿Y qué haremos para desarmarlo? Le distraeremos y le contaremos algún chiste. Nos reiremos un poco de su solemnidad haciéndole partícipe de esta risa. Relativizaremos nuestras flaquezas y aceptaremos nuestros miedos. E incluso comentaremos con él nuestros más oscuros secretos. Y por último, ¡cómo no!, le presentaremos a nuestro mejor amigo…

cemetery1La escuela se plantea como preparación para la vida, pero, ¿qué es la vida para la escuela?

Una vida extraña, sin duda alguna. Una vida poco común.

Una vida caracterizada por la ausencia de muchas cuestiones importantes, ineludibles.
Una vida, entre otras cosas, sin trastornos mentales. Más aún, una vida sin enfermedades. En definitiva, una vida sin muerte.

Pero la vida, más allá de la escuela, ignorando las enseñanzas de ésta, hace mella en todos y cada uno de nosotros, ocasionándonos a nosotros mismos o algún familiar cercano un trastorno mental, una enfermedad más o menos grave, puede que la muerte. Sin excepción. ¿Y qué nos ha enseñado la escuela acerca de la depresión, de la anorexia o de los ataques de ansiedad? ¿Y qué nos ha enseñado del cáncer, del Alzheimer…? ¿Y qué nos ha enseñado de la muerte? Silencio. Vacío. La nada. Los conocimientos adquiridos y las actitudes que hemos desarrollado al respecto han sido construidos a pesar de la escuela. Si nosotros estamos mejor preparados para comprender los trastornos mentales que nuestros padres o nuestros abuelos, por ejemplo, si tenemos menos prejuicios al respecto, ello no es gracias a la escuela, si no a pesar de ella.

Y en esta negación de la realidad, la mayoría de los padres le sigue el juego a la escuela: en un intento burdo por evitar a sus hijos el sufrimiento, pretenden dar esquinazo a la enfermedad y a la muerte. Pero las damas negras se burlan de todos estos miedos y de esos vanos esfuerzos; irrumpen en nuestra vida, sonríen, y nosotros nos quedamos petrificados ante la visión de lo imposible, ante la escucha de lo inefable.

arbol-21Desde hace algún tiempo ha aparecido en mí un deseo inmenso de reencontrarme con mi pasado o, mejor dicho, con mis antepasados. Estos días me viene a la memoria el maravilloso libro Orígenes de Amin Maalouf, en el que describe la búsqueda de la elaboración de su propia historia familiar…

Quiero saber quién soy más allá de mí misma. ¿Quiénes fueron  mis bisabuelos?, ¿y mis tatarabuelos? ¿Dónde nacieron?, ¿y dónde vivieron?

Resulta difícil desentrañar ese pasado. Más aún teniendo en cuenta el origen humilde de mi familia y la consecuente ausencia de documentos escritos que me puedan dar pistas para deshacer el camino andado.

Apenas he empezado a esbozar mi árbol genealógico y ya me he empezado a sentir diminuta, casi insignificante en mi propia familia. Generaciones y generaciones, individuos que van y vienen, y al final casi no queda rastro de quiénes fueron… Si no fuera por los que ahora estamos aquí, vivos…

Después de pensar en el pasado, de forma casi inevitable empiezo a pensar en el futuro. ¡Cuánta información escrita sobre nuestras vidas presentes para nuestros descendientes! Sin perder detalle… Toda nuestra vida en palabras y en imágenes, incluso en muchos casos dejaremos como legado algún blog donde se reflejará lo que pensábamos, lo que soñábamos… Y sin embargo, ¿a quién le interesará tal cantidad ingente de información? Imagino a las futuras generaciones tan desconectadas de su historia como nosotros hoy. Imagino a las futuras generaciones ignorando una espesura de datos sobre sus ancestros, indiferentes antes éstos, como nosotros hoy.

Precisamente hoy yo me desmarco de esta pauta y me acerco a mis orígenes.

Discúlpenme si en los últimos tiempos les he tenido un tanto descuidados, pero tengo una buena excusa. Hace algunos días, más de los que me parece, defendí mi Tesis Doctoral.

En otra ocasión ya les hablé del ritual de la defensa de una tesis. Si bien parece un acontecimiento propio de la cumbre de la intelectualidad, guarda estrechas similitudes con algunos rituales animales que no conviene precisar.

En mi caso, el ritual transcurrió con normalidad. Con la normalidad a la que nos tienen acostumbrados todos los buenos rituales. Para mi fortuna, los bailes pomposos fueron breves y escasos, y en pocas horas me encontraba yo sola conmigo misma, enfrentada al círculo que ante mis ojos se estaba cerrando.

Las personas que se acercan al mundo de la universidad no dan crédito a lo que contemplan. Y no me extraña. Yo a veces me sorprendo de no haber tomado otro camino… Y como muestra, un botón. Sepan ustedes que la persona que defiende la tesis doctoral, es decir, el doctorando o doctoranda, suele encontrarse muy frecuentemente en el paro (sin ningún tipo de subsidio muchas veces) o en algún empleo precario para cuando llega a la defensa. Sepan ustedes que el doctorando ha de pagar más de 300 euros en matrícula y título y unos 800 euros en los ejemplares de la tesis, por lo general, sin ningún tipo de ayuda. Sepan ustedes que en la normativa del doctorado no escrita, existe una ley que obliga al doctorando a invitar a un restaurante más o menos elegante a los miembros del Tribunal que han evaluado su tesis. Y no conozco persona alguna que haya osado quebrantar dicha ley…

Y a pesar del maltrato y de la desconsideración de la universidad con los jóvenes (y no tan jóvenes) investigadores…

A pesar de los depredadores universitarios…

A pesar de que el paro me acecha a la vuelta de la esquina…

A pesar de todo… hoy estoy feliz por haber llegado hasta aquí.